A las 19:10 de la tarde del miércoles, Miribilla aún no rugía. El Bilbao Arena estaba en ese punto extraño en el que todo … parece detenido antes de un partido. En apenas 50 minutos, arrancaría un choque que podía dar el pase a una nueva semifinal. Pero entonces todavía había silencio, pasillos vacíos y una promesa en el aire. En ese instante comenzó la visita.
Siete suscriptores de EL CORREO, siete miradas distintas, pero una misma curiosidad. No sabían exactamente qué iban a ver, y eso lo hacía mejor. Había niños, adultos, personas mayores. Un pequeño retrato de la grada del Surne Bilbao, comprimido en un grupo reducido y expectante. Todos dispuestos a cruzar esa línea invisible que separa al aficionado del escenario real del partido. Porque el baloncesto, antes de jugarse, se prepara. Puede que la gente no lo vea normalmente. Pero todo ello forma parte de un proceso meticuloso que estos suscriptores tuvieron la oportunidad de presenciar.
La primera parada fue la sala de prensa. Ese espacio donde los entrenadores explican lo que ha pasado. Allí, los visitantes se convirtieron en protagonistas por unos segundos. Fotos tras la mesa, con el micrófono delante. La sensación de estar en el lugar donde, minutos después, se sentaría Jaume Ponsarnau.
De la comodidad de la sala de prensa, la visita se desplazó al vértigo. El recorrido siguió hacia arriba. La ‘zona hospitality’. Un espacio acogedor, casi ajeno al ruido que se genera unos metros más abajo. Y después, el vértigo. Una puerta. Un cambio de perspectiva. Y de repente, el Bilbao Arena a los pies. «Está alto de narices», soltó uno, medio en broma, medio en asombro. «Se ve más grande desde aquí que desde abajo», respondió otro.
El descenso devolvió al grupo a la tierra. O mejor dicho, al parqué. A pie de pista, el baloncesto ya empezaba a latir. Quedaba media hora para el inicio y los jugadores estaban a punto de salir. Entonces, los suscriptores se dirigieron al túnel. De pronto, suena el archiconocido grito de los hombres de negro: «Bat, bi, hiru… ¡Bilbao!» Los jugadores irrumpen, chocan manos, cruzan miradas. Durante unos segundos los suscriptores no son espectadores. Son parte del ritual. Parte de ese instante previo en el que el equipo se activa.
La visita continuó hacia dentro. Más adentro. Camino a los vestuarios. Y en un parpadeo, lo inesperado. Darrun Hilliard cruzando deprisa, como quien se ha olvidado algo en su taquilla antes del partido. Un instante breve, pero revelador. La sensación de estar donde no suele estar nadie. Y finalmente, los vestuarios. Ahí, el silencio es distinto. Las miradas se detienen en los detalles. En las zapatillas de Hlinason, gigantes, casi irreales. «Ahí entran dos de los nuestros», bromea uno.
El espectáculo
De vuelta a la pista, el ambiente ya había cambiado. La calma había desaparecido. Miribilla empezaba a latir de verdad. Arrancaba el momento previo de cada partido. Luces fuera. Y entonces, la música. ‘Berghain’, de Rosalía. Esa introducción casi operística que ha acompañado al Surne durante toda la temporada. Las imágenes, la presentación. El espectáculo. El grito de todo al pabellón al unísono para alentar a cada uno de sus jugadores. Y el partido. Victoria cómoda ante el Petkimspor. Clasificación para semifinales. Pero para estos siete suscriptores, hubo algo más.. Fue un viaje. Una forma de entender que el baloncesto no empieza cuando suena el silbato. Empieza mucho antes. Empieza en los pasillos. En el túnel. En el silencio previo. Empieza donde casi nadie mira. Ahora lo saben. Y por eso, quizá, nunca lo olvidarán.