El pasado lunes, 16 de marzo, una noticia de gran impacto sobre los últimos años de vida de la querida artista Raffaela Carrà veía la luz en Italia y, a los pocos minutos, zarandeó los medios de comunicación a nivel internacional: tuvo un hijo adoptivo, de 60 años, llamado Gian Luca.

Este hombre, natural de Ferrara y residente en Roma, fue, según informó Corriere della Sera, su asistente personal, confidente y también hizo las veces de representante de la artista. Su persona de máxima confianza, su sostén emocional en su peor momento.

Sabido es que la intérprete de Caliente, caliente no tuvo descendencia, aunque siempre manifestó en vida que sus sobrinos, Matteo y Federica Pelloni, hijos de su malogrado hermano, eran como sus propios vástagos; así los crió. No obstante, nombró heredero universal a Gian Luca.

Ahora, EL ESPAÑOL puede confirmar, en primicia, que Gian Luca fue el último amor, la pareja sentimental que acompañó a Raffaela en su tramo de vida final. Ambos, Carrà y Gian Luca, vivieron, pues, una historia de amor marcada por la discreción más absoluta.

Raffaella Carrà

Raffaela Carrà en una instantánea tomada en Milán, en 2016.

Raffaela Carrà en una instantánea tomada en Milán, en 2016.

Gtres

Así lo plasmó, además, el biógrafo español de la diva italiana, Pedro Ángel Sánchez, en el libro biográfico Nada es eterno salvo la Carrà. Un volumen en el que se repasa la alargada y exitosa trayectoria de Carrà. También se recogen en la obra sus luces, sombras y secretos.

Raffaela fue una mujer apasionada. Que vivió el amor de forma intensa. No podría haber sido de otra manera habiéndolo cantado, con tanta pasión y garra, en esa poderosa canción de 1978, Hay que venir al sur. El capítulo 11 de la obra de Pedro Ángel se titula Sin amantes, esta vida es infernal.

En él, se aborda el amor. Recién estrenados los años ochenta, Raffaela se adentra en una aventura amorosa que marcará por siempre su calendario. Su primer gran amor fue Gianni Boncmpagni, pero, se relata en el libro, sus giras, larguísimas y agotadoras, disolvieron aquel sentimiento. 

Desliza Sánchez en su obra: «La estrella pasaba demasiado tiempo fuera de casa, a lo que se sumaba que Gianni nunca la quiso acompañar en sus tours internacionales«. Pronto llegaría a su vida, sin ser llamado, un hombre que le haría recobrar la ilusión: Sergio Japino.

«Hombres en su vida hubo muchos, pero ninguno significó nada serio, si exceptuamos al fotógrafo Gianni Boncompagni. En cualquier caso, Raffaella siempre se mostró reacia a casarse y, en ocasiones, no ocultó su ‘alergia’al matrimonio», se recoge en la biografía.

Gian Luca, sonriente, en una imagen de sus redes sociales.

Gian Luca, sonriente, en una imagen de sus redes sociales.

Se añade: «En realidad, siempre dedicó más tiempo e interés a su fulgurante carrera que al amor«, se decía en uno de los muchos artículos referidos a la enigmática vida sentimental de la italiana.

En 1984, Raffaela se sinceró en la revista Pronto sobre su amor por Japino: «Sergio y yo no necesitamos casarnos. Vivimos a gusto así, cada uno con su libertad, si la desea. (…) Naturalmente que discutimos, pero a solas, cerrando puertas y ventanas para que no nos oiga nadie».

«Luego, aclarados los conceptos, fumamos la pipa de la paz y nos damos un beso«, concluyó la diva su explicación. «Raffaella siempre contó con cierta gracia, ya finalizada la relación con sus dos grandes amores, que Japino vivía en la casa de al lado», escribe Pedro Ángel Sánchez.

«Y que su otro ‘marido’, Boncompagni, residía justo al otro lado. Se puede decir que vivían juntos, pero no revueltos. Era muy normal verlos reír y conversar a los tres en una de las cafeterías a las que solían acudir en el Argentario, su paraíso italiano particular», apostilla el autor de la obra.

Portada de 'Nada es eterno salvo la Carrà'.

Portada de ‘Nada es eterno salvo la Carrà’.

Cedida a EL ESPAÑOL

En este punto de la historia, aparece en la vida -y en el libro de Sánchez- la figura de un discretísimo Gian Luca Bulzoni. Raffaela queda prendada de él. «Durante los últimos años, también era muy usual que en esas fotografías se colara el siempre discreto Gianluca Bulzoni».

Sobre la naturaleza de esa relación, el escritor Pedro Ángel despeja: «Gianluca fue la última pareja de Raffaella«

«Aunque su relación sentimental nunca se hizo pública hasta después del fallecimiento de la artista, Bulzoni estaría muchos años a su lado ejerciendo de secretario personal y protector«.

«Su silencio y discreción son su bandera, siendo a día de hoy, sin duda alguna, su mayor demostración de amor y respeto«.

«Tanto Sergio como Gianluca estuvieron a su lado durante sus últimos meses de vida y fueron quienes compartieron, a pie de cama, la lucha contra la enfermedad que nos la arrebataría en menos de un año», adjunta el autor. Dicho de otro modo, Carrà amor hasta el final.

Murió como vivió: envuelta en amor. «Cuando le preguntaban por ‘el amor eterno’, Raffaella respondía que ‘el amor es algo muy difícil de explicar. Dura lo que tiene que durar'», se cuenta en la mencionada obra.

Raffaela y el amor

En la vida sentimental de Raffaella Carrà hay dos nombres que se repiten siempre como sus grandes amores: Gianni Boncompagni y Sergio Japino.

El primero fue el productor y guionista que no solo impulsó su carrera televisiva y musical en Italia, sino que también se convirtió en su primer amor profundo.

Gianni y Raffaela estuvieron cerca de una década juntos, convivieron con las tres hijas de él y firmaron algunos de los grandes éxitos de la artista, como Fiesta o Tuca tuca.

Aunque la relación terminó, nunca rompieron profesionalmente ni en lo afectivo: Carrà habló de Boncompagni siempre con enorme gratitud y estuvo muy presente cuando él falleció en 2017.

Imagen de la artista Raffaela Carrà lanzando un beso a su público.

Imagen de la artista Raffaela Carrà lanzando un beso a su público.

El segundo gran amor fue Sergio Japino, coreógrafo y director de televisión, 11 años más joven, al que conoció a principios de los años 80 y con quien mantuvo una relación de unas tres décadas, entre idas y venidas.

Japino dirigió muchos de sus programas en Italia y España y la acompañó hasta el final; fue él quien anunció su muerte en 2021 y quien la cuidó durante la enfermedad. Por último, Gian Luca; el amor maduro y la discreción hecha persona.

Raffaella solía decir que Sergio era «un faro al que mirar«, y ambos defendían un modelo de pareja libre, sin boda ni convivencia estricta, pero con una complicidad que se mantuvo intacta incluso cuando dejaron de ser pareja formal.