Zeta es una película que solo puede surgir de la ambición global de una plataforma de streaming. De ahí salen todas sus virtudes, en este caso abundantes, y también algunos de sus defectos, que en este caso serían más bien renuncias. Porque este thriller de espionaje y acción dirigido por Dani de la Torre toca todos los palos del género (el film empieza, quizá sin saberlo, como Commando de Schwarzenegger, para a continuación sumergirse en una búsqueda internacional) de una manera meticulosa, aun a costa de abdicar de cierta personalidad propia. Pero eso no quita para que haya una búsqueda del concepto de base contundente: podríamos decir que es un film que mezcla el latido y la tensión de un Ridley Scott con componente emocional, visceral e individualista de un Tony Scott, visible en la relación entre padre e hijo que lo vertebra.
Una relación familiar como la que mantienen Mario Casas y Luis Zahera en el film, que para sorpresa de nadie se adueña del mismo en cuanto pisa el escenario, que sin embargo está adecuadamente maquillada y difuminada por los acontecimientos a los que se enfrentan. Dani de la Torre filma todas las modulaciones de la aventura aprovechando y exprimiendo los, asumimos, abundantísimos medios de Prime Video: el escenario es exótico, bien aprovechado, y la acción constante (la persecución en Río hace sombra a la de cualquier blockbuster americano).
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Pero Zeta se gana al espectador a la mitad del film, cuando Dani de la Torre y Luis Zahera se descuelgan con una larga escena de suspense fundamentada en el puro diálogo y el control del actor para cambiar el equilibrio de poder de un interrogatorio. Después, el film, trepidante, no afloja el ritmo pese a que en su último tercio se suceden las revelaciones más inverosímiles: en este punto no importa, pues podemos admitir barco como animal acuático aproximando la saga Bourne a un marco más europeo y luego a alguna variedad autóctona ( colombiana) del folletín.
Zeta vende la moto con ganas e intensidad. Su factura visual es convencional pero sobresaliente, De la Torre abre el plano para dejar respirar los distintos ambientes que recorren sus personajes, y el equilibrio entre acción e investigación se sostiene gracias a la aparición progresiva de secundarios de lo más coloridos. Es más, consigue ocultar el excesivo uso de flashbacks para contar más allá de lo necesario, corriendo la narrativa y ofreciendo la impresión de que todo va hacia delante. Uno no puede decir que esté ante una obra maestra, pero su contundencia, falta de complejos y extrema convicción obligan a postrarse ante ella.