Bien mirado, hubiera sido un puntazo que allá por los años 30 del siglo XX ya se estilara el grafitismo, y que a aquel viajero llegado a Burgos de incógnito le hubiese dado por estampar en cualquier muro de la ciudad una de aquellas creaciones suyas tan increíbles. Hoy esa ‘pintada’ -de haberse conservado hasta nuestros días- constituiría uno de los hitos turísticos de la ciudad. Porque el discreto viajero no era un artista cualquiera. Se llamaba Pablo Ruiz Picasso y hacía ya décadas que había revolucionado la historia de la pintura para siempre. Y es que sí: se sospechaba que el universal genio malagueño había pasado por Burgos en 1934, año en el que pisó por última vez España, quizás intuyendo que, poco tiempo después, una guerra fratricida primero, y el régimen que siguió después, complicaría sobremanera su presencia en la tierra que lo vio nacer. Ahora hemos tenido la confirmación de que, en efecto, el creador de varias de las obras más importantes del arte contemporáneo mundial estuvo en la Cabeza de Castilla. Y se ha sabido porque lo está ahora también, en esa prodigiosa y extraordinaria exposición que acoge la sala Valentín Palencia de la Catedral de Burgos.
El espléndido catálogo de la muestra ‘Picasso. Raíces bíblicas’ incluye sendas instantáneas que acreditan lo que sus principales biógrafos intuyeron siempre: que el autor de Las señoritas de Avignon, en la incursión que desde Francia hizo en coche en la vieja piel de toro, no sólo se detuvo en la Caput Castellae, sino que se alojó en ella. Se sabía que, en esa época, Picasso estaba obsesionado con el mito del Minotauro, por lo que procuró asistir a cuantas corridas de toros pudo; y que jamás dejó de admirarse por el arte sacro, con especial interés en la representación de Jesús crucificado. Pocas efigies del nazareno enclavado en el madero atesoran tanta leyenda como el Cristo de Burgos que domina la capilla del mismo nombre en el primer templo metropolitano.
No extraña, así, que una de las dos imágenes que se conservan (y que eran inéditas) del artista en la capital castellana sea frente a la gran joya del gótico español. En aquel último viaje a su tierra natal Picasso quiso pasar de todo punto desaparecido.Todavía hoy, pese a la revelación y constatación gráfica, sigue siendo uno de los capítulos más misteriosos de su rica y compleja biografía. Se sabía que viajó por España con su entonces su esposa Olga Jojlova y su hijo Paulo, acompañados por la institutriz de éste. Y que lo hicieron a bordo de un lujoso Hispano-Suiza, vehículo que se aprecia en la imagen que les tomaron en la plaza de Santa María.
En aquella década, el pintor estaba obsesionado con la figura mítica del minotauro, temática que exprimió de forma hasta la obsesión en: series, grabados, pinturas e incluso esculturas. Además, el artista era un gran aficionado a los toros, pasión que había heredado de su padre. «El motivo de este itinerario era no solo intentar apaciguar la crisis que atravesaba el matrimonio desde que la joven Marie-Thérèse Walter había entrado en la vida del artista, sino también ver monumentos y museos y asistir a algunas corridas de toros», escribe Paloma Alarcó, comisaria de la exposición, en el catálogo de la misma. Desde que se afincara en Francia, lo que más añoraba de su país de origen era la fiesta, así que constituía algo habitual verle asistiendo a corridas de toros que se celebraban en Nimes, Arlés y otras plazas francesas de tradición taurina. Picasso entró en España por Irún, realizando su primera parada en San Sebastián. Allí, invitado por Giménez Caballero, Picasso asistió a la inauguración de GU, una sociedad cultural y gastronómica impulsada por intelectuales de ideología conservadora. Según los biógrafos del padre del cubismo, en aquel acto Picasso tuvo contacto con un joven de mirada reconcentrada, pelo engominado y discurso vehemente: se llamaba José Antonio Primo de Rivera y era líder de Falange Española. Según los autores que han escrito sobre la vida del genio andaluz, en aquel encuentro el futuro Ausente le confesaría, sin ambages, que al único español al que le había oído elogiar su obra había sido a su padre, Miguel Primo de Rivera.
De San Sebastián pasó a Burgos, donde no sólo hizo parada y fonda.Como ha contando el hispanista neerlandés Gijs van Hensbergen en su obra Guernica, el malagueño quería estudiar con detenimiento el Cristo de Burgos. Tenía el pintor un amplio conocimiento sobre aquella talla, de la que sabía que atesoraba una aureola de leyendas: una figura que sangraba, a la que le crecían las uñas, el pelo… Picasso quería contemplarla, inspirarse. Le resultó «impresionante», en palabras de Rafael Inglada, principal biógrafo del universal artista andaluz. Para Alarcó, el conocimiento que de esta talla articulada tenía Picasso podría deberse a la relación del pintor con los escritores Rafael Alberti y María Teresa León. «Desde comienzos de los años treinta, Alberti visitaba con cierta regularidad a Picasso junto con su mujer, María Teresa León, que era de Burgos. Quién sabe si fueron ellos quienes le sugirieron al artista que visitara la ciudad para contemplar el dramático Cristo».
Aunque este viaje es uno de los capítulos más nebulosos de la vida de Picasso (también estuvo en Toledo, El Escorial y Barcelona) sí parece probado que vio toros en cada ciudad que visitó, así que es muy probable que en aquellos días, entre los meses de agosto y septiembre, Picasso pudo asistir en el coso de Los Vadillos de Burgos a un festival taurino impulsado la Peña Taurina Burgalesa. Aquel festejo, celebrado el 9 de septiembre, contó con la presencia de los diestros Pepe Gallardo, Antonio Posada, el mexicano Jesús Solórzano y Mariano Rodríguez, que torearon morlacos de la divisa de Manuel Santos. Con todo, resulta imposible confirmar este extremo, y menos aún si hizo noche en Burgos. Si Picasso y sus acompañantes se alojaron en algún establecimiento de Burgos, todo apunta a que lo hizo en el Hotel Norte y Londres: otra de las fotografías que se han conocido ahora muestra a Pablo, Olga y Paulo frente al Hotel Norte y Londres. Ya no hay ninguna duda, pues. Picasso estuvo aquí.
*’Picasso. Raíces bíblicas’. Sala Valentín Palencia.Catedral de Burgos. De lunes a domingo, de 09,30 a 18,45 horas. Hasta el 29 de junio.