La madrugada en que la NASA comenzó a sacar de su hangar el cohete más potente jamás construido no fue solo un movimiento logístico: fue una declaración de intenciones. Más de medio siglo después de que el ser humano orbitara por última vez la Luna, el programa Artemis vuelve a encender una carrera que ya no es únicamente científica, sino también tecnológica, industrial y política. El lento desplazamiento del SLS —una mole equivalente a un edificio de 32 plantas— simboliza algo más profundo: el intento de recuperar el liderazgo en el espacio en una nueva era marcada por rivales globales y empresas privadas.

La misión Artemis II será la primera prueba tripulada del sistema que Estados Unidos quiere convertir en la base de su regreso permanente a la Luna. Cuatro astronautas —Reid Wiseman, Victor Glover, Christina Koch y Jeremy Hansen— viajarán durante diez días en una trayectoria que los llevará a orbitar el satélite, cruzar su cara oculta y regresar a la Tierra. No habrá alunizaje, pero sí algo igual de simbólico: la confirmación de que la humanidad puede volver a ese territorio olvidado desde la misión Apollo 8, en plena Guerra Fría.

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El contexto actual, sin embargo, es muy distinto. La carrera ya no enfrenta a dos superpotencias ideológicas, sino a un ecosistema híbrido donde gobiernos y multimillonarios compiten y colaboran al mismo tiempo. El objetivo es claro: instalar presencia humana en la Luna de forma sostenida y convertirla en un laboratorio para el siguiente gran salto, Marte. Pero el relato oficial esconde tensiones: plazos ajustados, fallos técnicos recientes y una dependencia creciente de empresas privadas.

El propio cohete SLS, eje central de esta misión, encarna esa contradicción. Es, al mismo tiempo, una maravilla de ingeniería y un símbolo de los problemas estructurales del programa. Sus críticos lo consideran demasiado caro, lento de producir y poco adaptable a una estrategia de lanzamientos frecuentes. Sus defensores, en cambio, recuerdan que hoy por hoy es el único sistema capaz de enviar astronautas más allá de la órbita terrestre con garantías.

Una misión cargada de simbolismo

La puesta en marcha de Artemis II, prevista a partir del 1 de abril si no surgen nuevos contratiempos, llega tras semanas de incertidumbre técnica. Fugas de combustible y de helio obligaron a devolver el cohete al hangar en dos ocasiones, alimentando las dudas sobre su fiabilidad. Sin embargo, la agencia insiste en que todos los sistemas han sido revisados y están listos para un momento que puede redefinir el futuro de la exploración espacial.

Más allá de su dimensión técnica, Artemis II está diseñada como un gesto político y social. Por primera vez, una mujer y una persona afroamericana viajarán hacia la Luna, en una clara señal de apertura en un programa históricamente dominado por perfiles muy homogéneos. La inclusión del canadiense Hansen refuerza además el carácter internacional de una misión que ya no pertenece exclusivamente a Estados Unidos.

Este cambio de narrativa no es casual. La exploración espacial del siglo XXI necesita legitimidad pública y alianzas globales. Y en ese sentido, Artemis busca presentarse como un proyecto de toda la humanidad, aunque en la práctica funcione también como instrumento de poder.

Europa entra en la carrera lunar

Uno de los aspectos más novedosos de la misión es el papel de la Agencia Espacial Europea. Por primera vez, elementos críticos como el sistema de soporte vital o la propulsión de la cápsula Orion dependen de un módulo desarrollado fuera de Estados Unidos. El llamado Módulo Europeo de Servicio, en el que han participado empresas de varios países —incluida España—, será clave para mantener con vida a la tripulación en condiciones extremas.

Este giro refleja una realidad cada vez más evidente: ninguna potencia puede afrontar sola los retos de la exploración profunda. La Luna, lejos de ser un destino, se ha convertido en un campo de pruebas para nuevas formas de cooperación y también de competencia.

Musk, Bezos y la batalla por el futuro

El éxito de Artemis no depende únicamente de la NASA. Empresas como SpaceX y Blue Origin juegan un papel decisivo en el desarrollo de módulos de aterrizaje y sistemas de transporte. La incógnita es si llegarán a tiempo.

Detrás de esta colaboración late una pugna empresarial de enormes dimensiones. Elon Musk y Jeff Bezos no solo compiten por contratos, sino por definir el modelo de negocio del espacio: ¿será un territorio dominado por agencias públicas o por corporaciones privadas?

El regreso a la Luna como ensayo para Marte

En última instancia, Artemis II no es más que el primer paso de una estrategia mucho más ambiciosa. El verdadero objetivo es establecer una presencia permanente en la Luna antes de 2030, con bases en el polo sur y misiones recurrentes. Desde allí, la humanidad ensayará las tecnologías necesarias para viajar a Marte.

Pero el tiempo apremia. China avanza con su propio programa lunar y ha fijado esa misma década como horizonte para sus primeras misiones tripuladas. La carrera ha vuelto, aunque con reglas diferentes. @mundiario