La película es, en sí misma, una carta de amor al hogar. La historia de la casa arranca con Karin Irgens, que en los años 30 fue miembro de la resistencia noruega durante la Segunda Guerra Mundial. Posteriormente, la vivienda pasó a manos de Edith, la hermana de Karin, siendo heredada tras su muerte por Gustav, director de cine que se mudó a la misma con su esposa Sissel, y sus dos hijas: Nora y Agnes. Así, un mismo espacio recoge el eco de diferentes historias y se convierte en el hilo conductor del destino de sus protagonistas, como un halo eterno procedente del pasado.

Más allá de sucumbir a un interiorismo estático, a lo largo de la película vemos diversas proyecciones fieles a la época en la que se desarrollan las diferentes historias, documentadas por Jørgen Stangebye Larsen a partir de archivos de museos, álbumes familiares, y más de 5000 diapositivas de su abuelo tomadas con una Leica. Papeles pintados con patrones en los años 30; tonos neutros a partir de madera clara y tapizados amarillos en los años 50, el eclecticismo de las décadas de los 60 y 70 y, finalmente, unos años 90 en los que el interior está pintado de blanco y se mantiene en gran parte minimalista.

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La carga emocional de las vivencias de la familia queda plasmada a través de la selección de objetos que vemos en pantalla. De un simple vistazo es posible reconocer que estamos ante un lugar que ha presenciado tanto momentos buenos como malos. La casa es, en definitiva, un miembro más del clan.

© MER Film y Eye Eye Picturesvalor sentimental oscar interiorismo ikea noruega estilo dragon diseño interiores

Aunque la película refleja el cambio decorativo en Oslo a lo largo de las décadas, su manera de narrar el paso del tiempo puede aplicarse a cualquier otro lugar del mundo.

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