A Merckx no bastaba con ganar; quería neutralizar toda la Milán-San Remo
Siete veces.
Se dice pronto, pero en el ecosistema de la Milán-San Remo, donde el azar y el milímetro dictan sentencia, tal cifra bordea lo paranormal.
La historia de Eddy Merckx con «La Classicissima» no es solo una sucesión de victorias, es la crónica de una tiranía ejercida con una precisión tal que hoy parece de otro planeta.
Merckx no solo ganaba; Merckx anulaba cualquier atisbo de rebelión antes incluso de que esta se gestara.
Ganador ya de tres ediciones en los sesenta, entendió que su dominio se cimentaba sobre una ambición que no entendía de cortesías.
Ya en 1971, tras un periodo donde los ciclistas italianos intentaban recuperar su hegemonía, el belga llegó a Milán con el cuchillo entre los dientes.
No le bastaba con ganar; quería neutralizar cualquier movimiento desde el inicio.
Aquel año, el “Caníbal” dejó claro a la prensa que no permitiría que las escapadas tomaran la autonomía del pasado.
Dicho y hecho: junto a su equipo, el Molteni, destrozó la carrera bajo una lluvia gélida, reduciendo el pelotón a una mínima expresión antes de llegar a los “Capi”.
En el Poggio, su terreno de caza predilecto, Merckx simplemente ejecutó su plan: un ataque seco, un descenso vertiginoso y una entrada triunfal en solitario que dejó a los locales sumidos en la melancolía.
Sin embargo, la grandeza de su palmarés en San Remo reside en su capacidad para sobreponerse a la fragilidad física.
En 1975, pocos apostaban por él tras un inicio de temporada marcado por problemas de salud y una caída en París-Niza que le dejó secuelas en los riñones.
Pero Merckx, movido por un orgullo que a veces rozaba lo temerario, desafió las órdenes médicas.
Se presentó en la salida como campeón del mundo y, en una demostración de poderío que dejó a sus rivales en una encrucijada psicológica, lanzó un ataque a 14 kilómetros de meta.
No fue una victoria más; fue un mensaje al pelotón: incluso mermado, el belga seguía siendo el rey de la manada.
El cierre del círculo llegó en 1976.
Con el récord de seis victorias de Costante Girardengo ya en el bolsillo, Merckx cambió su preparación, optando por la Tirreno-Adriático para endurecerse.
En una llegada que hoy se recuerda por la astucia táctica, aprovechó el trabajo ajeno para, en los últimos 250 metros, desatar un sprint que nadie pudo contestar.
Siete títulos.
Una cifra que hoy permanece como un monumento a la voracidad de un corredor que nunca necesitó conjeturas para demostrar que, en el camino hacia San Remo, él era la única ley absoluta.


