Desde hace algunos años tengo la tendencia de observar a cualquiera que pase la mediana edad imaginando que el niño que fue está encarcelado en su interior. Pensando que esa persona que grita en el coche, que maltrata a compañeros o que mira por encima del hombro a su familia fue un día inocente.

En lo rápido que olvidamos y en lo fugaces que somos. Porque todos, para unos o para otros, somos y seremos una carga. Luego recuerdo que la crueldad es innata e inherente a nosotros y se me pasa.

En ese espacio —entre lo que fuimos, lo que somos y lo que seremos— se mueve 53 domingos, la nueva película escrita y dirigida por Cesc Gay para Netflix. Una historia que parte de una decisión práctica para exponer esa crueldad.

Con fórmulas dinámicas del cine de plataformas tendente a la sobreexposición nos lleva una obra casi teatral con una reflexión subrepticia de la que ni personajes ni espectadores podrán huir.

El lenguaje de las plataformas

Tres hermanos (Javier Cámara, Carmen Machi y Javier Gutiérrez) se obligan a reunirse para decidir qué hacer con su padre, un octogenario con pérdidas cognitivas que lo hacen cada día más imprevisible.

Cada uno tiene su propia solución: desde la típica jugada de la residencia hasta la de la ingenua ignorancia de restarle importancia a la situación. Responsabilidades de adulto de las que el niño se desprende encendiendo la luz para evitar a los fantasmas.

53 domingos utiliza una de las confrontaciones clásicas e inevitables de las familias para exponer una realidad aún más incómoda: la de enfrentarse a todo aquello que llevan años evitando decirse.

Y así, entre reproches y sarcasmo, la película convierte la reunión familiar en un campo de batalla emocional donde hasta quien les dio la vida acabará rendido al ego por simple falta de utilidad.

Cesc Gay lleva toda su filmografía trabajando este tipo de historias: conflictos emocionales de grupos cercanos como Truman o En la ciudad. Personajes que son incapaces de decir lo que sienten o que, cuando lo hacen, ya es demasiado tarde o directamente la pifian.

La película ni siquiera llega a los 90 minutos; ahí entra en juego el personaje de Alexandra Jiménez, una suerte de narrador omnisciente que romperá la cuarta pared para contextualizar personajes y contexto en el primer tramo de la película.

Y también entra en escena, porque ya digo que es una película de corte teatral, la sobreexposición. Un pecado contemporáneo que no parece terminar de confiar en su propio material o en la calidad de sus espectadores.

Porque, al menos yo, no he podido disfrutar del todo de ese perfil de narrador. Es excesivo y contradictorio para añadir ritmo. Por contra, sirve como puente con el espectador, casi como conciencia. Pero también es redundante porque lo que cuenta lo podemos descubrir.

Su historia tiene los diálogos como cimientos; depende casi exclusivamente de ellos. Añadir más palabras no ayuda a entender el mensaje, la vuelve reiterativa y más pesada. Nos convierte en el personaje de Javier Cámara siendo juzgado por su hermano.

Ese exceso verbal —que se suma, ya digo, a una batalla inclemente de líneas de diálogo de los tres protagonistas— ralentiza su primera mitad en la insoportable y reconocible tendencia del lenguaje de plataforma.

Subrayar, remarcar, explicar la imagen. Porque, y aquí los datos lo avalan, el espectador no presta toda su atención. Pero aquí aún menos hace falta: si algo tiene 53 domingos es talento para sostenerse.

Lo demuestra en el tercer acto, en el último tramo de la película. Cuando se libera de la necesidad de explicarse y confía en el conflicto, todo fluye de fábula. El partido a tres entre los hermanos, coreografiado en cámara como una escena teatral exquisita, es el que hace emerger sus temas con claridad.

Hablan del ego, de la falta de empatía, de la familia como espacio de abandono compartido y de la vejez de los padres que pasan de ser figura para ser problema.

El guión de Gay no expone villanos, sino distintas formas de crueldad y egoísmo en las que todos nos podemos ver reflejados. Aquí nadie sale bien parado; esa es la honestidad de la película.

La familia como zona de destrucción

La película funciona, sobre todo, por su reparto. Con tres espadas como Cámara, Machi y Gutiérrez, darles un espacio reducido en el que exponer a sus personajes es un acierto absoluto.

Mi debilidad esta vez es por Javier Cámara: su precisión y capacidad para extraer comedia desde la contención, desde la voz y el timbre, la mínima inflexión vocal o corporal es una delicia. No necesita líneas para dominar la escena, solo un gesto.

Carmen Machi y Javier Gutiérrez construyen el equilibrio perfecto, ofreciendo contraste y similitudes que hacen sentir su duelo como una realidad cotidiana que todos hemos visto de cerca.

Esa es la broma macabra de la película: utilizar la comedia como microscopio social familiar. Cada puya y cada sarcasmo con los que sonríes, volviendo al teatro, tienen tradición de sainete donde el humor alivia para evitar decir la verdad.

Aquí es donde mejor funciona, cuando la cámara no busca espectacularidad y comprime el espacio para hacer lo que tan bien hizo Álex de la Iglesia en Perfectos desconocidos: encerrarnos sin escapatoria visual porque tampoco la hay en el plano emocional

53 domingos es una película desnuda, desprendida de artificio y en manos del texto y de sus intérpretes. Mejor cuando fluye que cuando intenta funcionar y se desprende de esa necesidad excesiva de explicarse.

El cierre vuelve a pecar de sobreexponer con ingenuidad para alimentar el impacto emocional, pero nos transporta a la misma sensación de sus personajes: incómodos en el sofá viendo cómo la carga del padre es, en realidad, la de sus propios egos.

Valoración

Nota 70

53 domingos es una película que funciona mejor cuando confía en lo que ya tiene: un reparto excelente y un conflicto tan incómodo como reconocible.

Lo mejor

El reparto en el tercer acto y la persecución teatral del conflicto son tan incómodos como brillantes.

Lo peor

La tendencia a la sobreexplicación ralentiza la primera mitad y peca de una desconfianza que no le toca.