La medicina intensiva española lleva años sosteniendo una presión creciente sin que varios de sus problemas estructurales encuentren todavía una respuesta definitiva. Mayor actividad, pacientes cada vez más complejos, plantillas sometidas a turnos prolongados y una organización asistencial que, según los intensivistas, necesita adaptarse con urgencia a una realidad clínica muy distinta a la de hace dos décadas.
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