Cientos de veces. La secuencia de Andy Sachs recorriendo Nueva York mientras sus looks transicionan al ritmo de Vogue la hemos visto cientos de veces. Ahí supimos que aquello de “Todo el mundo quiere esto. Todos querrían ser nosotras”, que decía Miranda Priestly en la escena final desde su limusina, era totalmente cierto. Ya han pasado 18 años de su estreno e innumerables reposiciones desde el sofá de nuestra casa, pero sí, lo seguimos confirmando: querríamos ser ellas. Y sí, es verdad, también querríamos —necesitaríamos— una segunda parte de El diablo viste de Prada.

Y a pesar de que lo primero sea un poco más complicado, lo segundo ya es una realidad. Tras casi 20 años, finalmente se ha confirmado la secuela de esta ya icónica película que hizo temblar al mundo de la moda y enseñarnos a todos lo que era el color azul cerúleo. Una de las películas más queridas y admiradas, sobre todo por aquellos amantes de la moda y por los que apreciamos una buena chick flick. 

Desde luego, esta futura segunda entrega no lo va a tener nada fácil, pues las expectativas y exigencias por parte de los fans acérrimos están a la altura de las de la propia Miranda. Pero, mientras tanto, recordemos que “Hay un millón de chicas que matarían por tu puesto”, y también por conocer las curiosidades más jugosas que han convertido a la película con el vestuario más caro de la historia en verdadero cine de culto.

Nada fue lo que pudo ser

A modo de consuelo se suele decir que todo pasa por algo. En el caso de Anne Hathaway no solo sirvió de consuelo para ella, sino para nosotras, ya que la actriz que finalmente se convirtió en Andy Sachs estuvo bastante lejos de serlo. Y es que, a estas alturas, cuesta imaginarse a alguien más en el papel de la protagonista de El diablo viste de Prada, pero lo cierto es que Hathaway fue, nada más y nada menos, que la novena opción. Así lo contó la oscarizada actriz en plena videollamada durante la entrega de RuPaul’s Drag Race en 2021.

De hecho, la primera persona en la que se pensó para llevar a cabo el trabajo fue en la tan entonces popular Rachel McAdams, pero rechazó la oferta hasta en tres ocasiones. Finalmente, fue Meryl Streep la que tuvo la última palabra en esta decisión. El primer día de rodaje, le dijo a Hathaway: «Creo que eres perfecta para el papel. Estoy muy feliz de que vayamos a trabajar juntas». Luego, tras una pausa, le dijo muy seria: «Esta es la última cosa agradable que te voy a decir». Y así fue.

Pero no solo fue Rachel McAdams la que se quedó a las puertas de participar en el filme de David Frankel. Por increíble que parezca, Javier Cámara estuvo cerca de encarnar a Nigel. El actor español era la opción, pero la barrera del idioma impidió que lo viéramos siendo la mano derecha de Meryl Streep. «Mira, yo no sé inglés, me he preparado esta prueba, pero he sudado sangre», desveló Javier Cámara en el pódcast de Alberto Rey.

Por el contrario, a Emily Blunt fue precisamente su perfecto acento británico lo que le valió para ganarse el papel de Emily (exacto, su tocaya) Charlton. Más de 100 actrices se presentaron para interpretar a este personaje.

El de Nigel también tiene su historia. Stanley Tucci fue contratado tan solo 72 horas antes de que el rodaje diera comienzo. Según cuentan, nadie llegaba a encajar del todo en la piel de Nigel. Nadie, excepto Tucci, que sin duda es de lo mejor de la película y uno de los personajes más carismáticos.

Detrás del personaje de Miranda

A punto estuvimos de quedarnos sin ver a Meryl Streep en el papel de Miranda. Todos querían que fuera ella, pero el sueldo de la galardonada actriz pudo haberlo impedido. Para Streep, «la oferta era insuficiente, por no decir insultante» y «no reflejaba el valor real del proyecto», contó en su día la propia actriz a la revista Variety. Naturalmente, terminaron cediendo y doblaron la oferta. Meryl Streep tenía 55 años y con esta película la nominaron a un Globo de Oro y a un Oscar a Mejor Actriz, llevándose el primer galardón.

Bien es sabido que el personaje de Streep es considerado un trasunto de la archiconocida editora de la poderosa revista de moda Vogue. Sin embargo, a la hora de prepararlo, la protagonista de Mamma Mia! no la tomó como referencia. Muy al contrario, asegura que se inspiró en Clint Eastwood y en su particular modo de hablar, con el que nunca alza la voz. «La voz la tomé de Clint Eastwood. Él nunca, nunca levanta la voz y todo el mundo se siente obligado a escucharle. Él se convierte en la persona más poderosa de la sala», comentaba la actriz en una entrevista.

Cualquier parecido con la realidad… es real

El filme se basa en una novela que, a su vez, se basa en una experiencia real. El guion de El diablo viste de Prada es trabajo de Aline Brosh McKenna y estuvo basado en el libro homónimo escrito por Lauren Weisberger (que, en realidad, se trataba de una saga formada por tres novelas). Lo curioso es que Weisberger realmente pasó casi un año trabajando en Nueva York como asistente de la propia Anna Wintour. Una experiencia breve pero intensa que le sirvió para la creación de su saga. 

Según explica la propia Lauren Weisberger, trabajando para Vogue se familiarizó con «el lenguaje de los tacones de aguja y de Starbucks», dos grandes pasiones de Wintour que se observan en el documental The September Issue, donde se puede escuchar a la editora hacer comentarios como: «Este tipo de letra es enorme y pretencioso, parece que sea para ciegos», «todo esto es horrible» o «parece embarazada», mientras revisa las fotografías para el número de septiembre de 2007.

Sin duda, unas observaciones que perfectamente podrían asociarse al personaje de Miranda Priestly. Además, curiosamente, la idea tan instaurada de que Priestly se inspira en Wintour se ve fortalecida al comprobar que la oficina del personaje en la película es sorprendentemente similar a la de Wintour en Vogue.

Casting de estrellas y cameos de lujo

A pesar de ser un largometraje ambientado en el mundo de la moda, El diablo viste de Prada no pudo contar con la participación y el apoyo de muchas de las personalidades destacadas del ámbito, porque prefirieron no aparecer como ellos mismos por temor a disgustar a la editora de Vogue, Anna Wintour. La productora de la película, Wendy Finerman, habló al respecto, asegurando que tuvieron «problemas con gente que no estaba dispuesta a cooperar como esperábamos» porque estaban «asustados».

No obstante, sí es cierto que otros muchos referentes de la moda decidieron hacer pequeños cameos. De este modo, vemos al diseñador italiano Valentino Garavani haciendo una breve aparición estelar, gracias a la propia Finerman, o a algunas top models del momento como Bridget Hall, Heidi Klum o Gisele Bündchen, siento esta última una más de la redacción de Runway Magazine.

Un vestuario millonario

Esta película puede presumir de haber tenido el presupuesto para vestuario más caro de la historia. Patricia Field, la estilista del filme, contó con la friolera de un millón de dólares para llevar a cabo el estilismo, y a la vista está que fueron muy bien empleados. La Academia de Hollywood la nominó también al Oscar en esta categoría.

Todos los looks de la película fueron subastados, y los fondos obtenidos se destinaron a la investigación del cáncer de mama. Anne Hathaway adquirió el abrigo verde, mientras que Meryl Streep se quedó con las gafas de sol, las cuales utilizó años después en Mamma Mia!.

¿Quién no querría ser ellas?