Si bien es cierto que para la mayoría de las personas la jubilación comienza a los 65 años, también lo es que esa edad no marca, necesariamente, un antes y un después en la vida de la gente. Al menos, no desde el punto de vista biológico. Dicho de otro modo: indefectiblemente, llega un momento en que decimos “ayer fue mi último día en la oficina”. Pero eso no hace que nuestra salud pegue un quiebro y comiencen a aparecer los mil y un achaques relacionados con la década de los 60.

Por tanto, no hay por qué pensar que los 65 años son un punto de inflexión desde la perspectiva de la salud, aunque sí lo es en lo profesional y en lo personal, e incluso en lo social. “No hay ningún motivo médico o fisiológico que establezca un hito a esa edad”, asegura la doctora Sonia Tejada Solís, del departamento de Neurocirugía y acondicionamiento físico y mental de Olympia Quirónsalud.

Ahora bien, donde sí ve la experta una clara línea divisoria es en el caso de las mujeres. Para ellas, la menopausia sí es una frontera que separa dos etapas vitales muy distintas, pero esta partición no está tan marcada en la población masculina, ya que, en el caso de los hombres, “la caída hormonal es progresiva, se produce a medida que pasan los años, no en una década concreta”.

Revisiones ajustadas en cada caso

Para la doctora, revisar de arriba abajo el funcionamiento del organismo a los 65 es una gran idea, y aún lo es más hacerlo unos años antes. Eso sí, determinar con cuánta antelación “dependerá del estilo de vida de cada persona, los accidentes o problemas vividos, la carga genética y las enfermedades que haya padecido”, apunta la experta, quien remarca que a partir de los 40 años sería una buena iniciativa.

El caso del empresario Javier Luna (Barcelona, 1969) pertenece al grupo de los que se anticiparon unos años. Con 56 recién cumplidos, es decir, todavía un poco lejos de la jubilación, decidió someterse a un chequeo integral. “La verdad es que no fue algo muy meditado, pero al tener antecedentes familiares relacionados con patologías del corazón, pensé que sería una buena idea saber cómo estaba mi salud cardiovascular, y de paso, todo lo demás”, comenta. Después de un largo periplo de pruebas y análisis, le informaron que tenía una salud envidiable, esto es, la de alguien con unos cuantos años menos que él. “Reconozco que se hizo un poco pesado tener que hacerme tantas pruebas, pero no me arrepiento en absoluto. De hecho, lo recomiendo”, asegura.

La revisión del empresario, además de ser general, estuvo especialmente enfocada a la salud cardiovascular, algo fundamental para que sea realmente eficaz, ya que, tal y como apunta la experta, “la revisión debería ser más o menos compleja en función de cada persona y de sus antecedentes personales y familiares”.

Por su parte, la abogada y recién jubilada, Soledad Oñoro (Madrid, 1961), sí esperó al final de su vida laboral para realizarse un chequeo integral. “La verdad es que llevaba tiempo pensándolo, y fue cumplir los 65 y hablar con mi seguro médico para solicitar una revisión completa. Estoy encantada de haberlo hecho. Además, creo que es la mejor manera de poder hacer después unos cuidados más específicos”, recuerda.

Estoy encantada de haberme hecho un chequeo; además, creo que es la mejor manera de poder hacer después unos cuidados más específicos

Al margen del posible enfoque personal que se aplique a la revisión, y de la edad a la que se lleve a cabo, la doctora Tejada considera los siguientes siete estudios como los más idóneos para obtener una “fotografía” del estado de salud general de una persona a los 65 años.

  • Estudio hormonal. Los niveles hormonales se alteran con la edad. Se requieren estudios específicos en sangre para conocer los niveles basales de las hormonas y, en ocasiones, correlacionar esos niveles con los síntomas del paciente. La terapia hormonal sustitutiva es hoy día una herramienta que permite tratar los problemas relacionados con el deterioro hormonal asociado con la edad.
  • Estudio cardiovascular. La función de nuestro corazón y la situación de nuestras arterias van a determinar cómo funciona el resto del cuerpo, y a los 65 podemos encontrar problemas que tienen tratamiento antes de que den síntomas o detectar enfermedades como una cardiopatía o la aterosclerosis. Algunas de las pruebas que incluyen este estudio son: eco Doppler, score calcio o TAC coronario, junto a VO2 máx, test de esfuerzo, electrocardiograma y ecocardiograma.
  • Estudio neurocognitivo. Nuestro cerebro es el órgano más sensible y sus lesiones pueden ser irreversibles. El control de la glucosa en sangre, de niveles de vitaminas y minerales o de tóxicos puede evitar la instauración de una demencia. Los test neurocognitivos iniciales ayudan a conocer la situación basal y proponer estrategias de mejora.
  • Estudio musculoesquelético. La causa más frecuente de lesiones y de deterioro de la calidad de vida a partir de la década de los 70 es debida a la fragilidad muscular y ósea, lo que se denomina sarcopenia y osteopenia. Un estudio de composición corporal y una valoración funcional de fuerza, elasticidad y equilibrio deberían realizarse en todos los pacientes a partir de los 65 años. El ejercicio orientado a no perder masa muscular y a la vez no causar lesiones va a ser la clave para mantener la vitalidad y la independencia a medida que envejecemos.
  • Estudio genético. Los estudios más recientes desvelan que la genética influye hasta en un 50 % en nuestra disposición a desarrollar ciertas enfermedades. Estar informado y conocer cuáles van a ser mis principales riesgos de enfermar me va a permitir personalizar los chequeos y determinar el tipo y frecuencia de estudios diagnósticos a realizar. Los estudios en sangre o saliva pueden aportar esta información.
  • Estudio de sueño. A partir de los 50-60 años, la calidad del sueño comienza a descender. Las causas son diferentes en cada paciente y, habitualmente, se tiende a ignorar los motivos y a tratar con medicación y por igual todos los casos. Los estudios polisomográficos o evaluación de dispositivos como anillos o relojes que miden el sueño permiten al profesional una primera valoración.
  • Estudio de estrés. Un cierto nivel de estrés nos permite estar activos y entretenidos, pero cuando este comienza a afectar a funciones vitales y desencadena una disregulación sistémica, puede ser el inicio de enfermedades inflamatorias y autoinmunes. Un estudio de cómo el estrés afecta a la vida cotidiana y si es o no patológico puede evitar problemas de salud futuros. Existen dispositivos como máscaras conectadas a monitores para conocer concentración de gases, ritmos de respiración que, junto a cuestionarios, determinan el nivel de estrés de una persona.