A comienzos de los años 70, Creedence Clearwater Revival era considerada una de las bandas más importantes de Estados Unidos, con una seguidilla de discos exitosos y una identidad musical más que marcada, liderada por John Fogerty. Sin embargo, en el punto más alto de su popularidad, una decisión interna cambió para siempre el rumbo del grupo.

Hasta ese momento, Fogerty había concentrado casi por completo el control creativo del conjunto. Era el encargado de escribir las canciones, producirlas y definir el sonido de la banda. Pero, con el paso del tiempo, las tensiones con Doug Clifford, Stu Cook y su hermano Tom crecieron, especialmente por el deseo de estos de tener una mayor participación.

Tras la salida del mayor de los Fogerty en 1971, la agrupación decidió continuar como trío y volver a grabar lo que sería su último disco de estudio, Mardi Gras. Sin embargo, como respuesta a los roces internos, se tomó una decisión que resultaría determinante: en lugar de mantener una dirección unificada, se optó por que cada miembro aportara composiciones propias al siguiente LP.

El resultado: un disco catastrófico

Ese experimento se materializó en un álbum que rápidamente fue percibido como inconsistente y carente de cohesión. De hecho, según distintas críticas de la época, el resultado estuvo muy por debajo del estándar que CCR había establecido. Tal fue así que incluso una de las reseñas más contundentes, publicada en Rolling Stone, calificó a Mardi Gras como “el peor álbum jamás grabado por una gran banda de rock”.

Con el paso de los años, Mardi Gras quedó en la memoria colectiva como la gran mancha en el catálogo de Creedence Clearwater Revival. Sin embargo, eso no le quitó estatus a la banda. Hace algunos meses, Billboard publicó su ranking con las 50 mejores agrupaciones de rock de todos los tiempos y CCR ocupó el puesto 14.