«La belleza de una mujer se refleja en sus ojos, porque ellos son la puerta de entrada a su corazón», pronunció un día Grace Kelly. Una figura —la de la princesa— que ha vuelto a cobrar protagonismo tras el encuentro entre los Príncipes de Mónaco y Su Santidad, que ha puesto de relieve los lazos en común entre ambos países. Una breve reunión —de apenas nueve horas— cargada de gestos simbólicos. En ella la figura de Grace ha estado presente de forma inesperada; un gesto con el que Alberto II y la princesa Charlene han querido entrelazar historia, tradición y privilegio dentro de la Iglesia, elementos que durante décadas marcaron a las mujeres de la realeza monegasca.

La Familia Real de Mónaco durante la visita del Papa León XIV al Principado© Getty ImagesLa Familia Real de Mónaco durante la visita del Papa León XIV al Principado
El privilegio del blanco que Grace Kelly nunca tuvo

Ahora la princesa Charlene es una de esas mujeres que, con el paso del tiempo, ha adquirido la posibilidad del llamado Privilège du blanc —privilegio blanco—, reservado de forma única a las reinas católicas. El término reina en este contexto es de vital importancia; Grace Kelly nunca contó con el estatus de reina, sino con el de princesa de Mónaco, sin derechos sobre el privilegio que al resto de la realeza europea sí se le aplicaba. Ella se quedó atrás frente a un mundo en el que otras reinas vestían de blanco ante el Papa; ella tenía que hacerlo de negro. El tiempo ha ido a favor de quienes a partir de ahora son las esposas del jefe del Estado de Mónaco; Charlene ha sido la encargada de poner el primer pie en un camino que se ha ido construyendo con el paso de los años hacia un privilegio que hoy ya está presente.

El homenaje de los príncipes Alberto y Charlene, frente al retrato de la princesa Grace, quien nunca había vestido de blanco ante el Papa© Getty ImagesEl homenaje de los príncipes Alberto y Charlene, frente al retrato de la princesa Grace, quien nunca había vestido de blanco ante el Papa

Fue en el año 2016 cuando la Iglesia cedió en favor de la princesa Charlene; a partir de ese momento adquiría la categoría de reina como esposa de Alberto II —convirtiéndose en la primera princesa de Mónaco en hacer uso del privilegio—, algo que mantenía en deuda el legado de la princesa Grace Kelly y que ahora, a través de un sentido homenaje, ha dado la bienvenida a un gesto cargado de simbolismo. La histórica visita se gestó en el Palacio del Príncipe, donde, estratégicamente —en el Salón de Honor—, se situó una mesa en la que el Papa León XIV firmaría el Libro de Agradecimientos; una mesa en la que, de forma igualmente estratégica, aparecía el retrato de Grace vestida con un delicado vestido de color blanco. La princesa —por fin— pudo vestir de blanco ante el Papa León.

Primer plano de la mantilla de la princesa Charlene de Mónaco© Getty ImagesPrimer plano de la mantilla de la princesa Charlene de Mónaco
El retrato que sigue marcando la historia de Mónaco

La madre del príncipe Alberto II ha sido el eje de una monarquía que trascendió desde su poder en Hollywood hacia un Mónaco de príncipes y princesas, en el que una historia de amor se convirtió en el inicio de una nueva vida. El retrato, que ahora se ha convertido en el detalle que reconoce su presencia, va más allá de los gestos. La princesa —ataviada con un diseño en blanco— representa en sí misma un reconocimiento a la dinastía, no solo a través de su figura, sino también de los elementos que confirmaban en ella su papel como esposa del príncipe de Mónaco.

Rainiero de Mónaco y Grace Kelly durante su bodaRainiero de Mónaco y Grace Kelly durante su boda

El cuadro fue realizado por el artista estadounidense Ralph Wolfe —en 1956–, a petición de Rainiero III, quien, con la intención de sorprender a su esposa, encargó lo que acabaría convirtiéndose en el retrato oficial de la princesa, a tamaño real, y que fascinó a Grace Kelly, pasando así a formar parte de la historia. De esta forma —entre historia y simbología—, la figura de la princesa vuelve a ocupar el lugar que nunca dejó de tener, como una mujer que supo adaptarse a las normas de su tiempo, pero que hoy se reinterpretan a través de quienes recogen su legado. Charlene, vestida de impoluto blanco y frente a su retrato, devuelve a nuestros días la memoria de que, en Mónaco, el paso del tiempo continúa en manos de quienes hoy escriben su historia.

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