13 años ha estado viviendo la infanta Cristina (60 años) en la ciudad suiza de Ginebra. Se trasladó allí a vivir, junto a sus hijos, en el año 2013, tras el estallido del caso Nóos y la salida del matrimonio de la vida oficial en Barcelona. Aquella mudanza marcó el principio del fin: nada fue igual

Cuentan las crónicas que estos últimos años Cristina ha estado muy sola en Ginebra. Máxime desde que la pequeña de la casa, Irene Urdangarin (20), abandonara el nido familiar para cursar Hospitality en Londres. Hace tiempo que la hija de Juan Carlos (88) quería volver a España.

Estar más cerca de su familia; ya poco o nada le ataba a Suiza. Ese período quedó cerrada hace mucho. Vanitatis ha informado, y ha podido confirmar EL ESPAÑOL, que la Infanta ya ha entregado las llaves del que ha sido su hogar. Ahora, ¿cuál será su próximo destino?

Este periódico tiene todas las claves. «No tenía sentido seguir tan lejos«, explica una fuente próxima a la hermana de Felipe VI (58). Cristina desea, por encima de todo, estar más cerca de su madre, la emérita Sofía (87), sobre todo desde que murió Irene de Grecia.

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Iñaki y Cristina, en una de sus últimas imágenes juntos, en 2023, en Ginebra.

Iñaki y Cristina, en una de sus últimas imágenes juntos, en 2023, en Ginebra.

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Esa es una de sus grandes ocupaciones y desvelos: arropar aún más a su progenitora. También, obviamente, esta mudanza la acerca a sus vástagos. En concreto, a Miguel (23) -que vive en Madrid-, y a Pablo (25), que reside en una casa en Pedralbes, en Barcelona, que su madre compró.

De acuerdo a los datos que controla este periódico, Cristina fijará su centro de operaciones en la Ciudad Condal, donde ya ha mirado un inmueble cerca de su hijo Pablo. Desde ahí, como informa Silvia Taulés, visitará distintos enclaves, como Madrid o Abu Dabi, para ver al Emérito.

Sea como fuere, lo que es un hecho es que Barcelona, la ciudad que en su día lo fue todo para Cristina e Iñaki Urdangarin, vuelve a unir los caminos de los exduques de Palma. El hecho de coincidir geográficamente en la misma ciudad no supone ningún escollo para ellos.

Su relación, por más que se haya aseverado lo contrario, hace tiempo que es cordial y alejada de cualquier reproche o animadversión. De hecho, no tienen problema alguno en coincidir en acontecimientos familiares, siempre en el marco del bienestar de sus hijos.

Así, dos décadas después de que la ciudad se convirtiera en el gran escenario de su vida en común, la capital catalana reaparece ahora como eje central de sus nuevas etapas por separado.

Los exduques de Palma paseando por Vitoria en 2019.

Los exduques de Palma paseando por Vitoria en 2019.

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Él, asentando su proyecto profesional de coaching en la Ciudad Condal; ella, cerrando definitivamente su etapa en Ginebra y poniendo sus miras en el mismo punto de la geografía española.

Para entender el peso que Barcelona tiene en esta historia hay que retroceder a finales de los años noventa, cuando la infanta Cristina, entonces una joven profesional, y el exjugador de balonmano del Barça y medallista olímpico Iñaki Urdangarin se convirtieron en una de las parejas más populares del país.

La ciudad que había encumbrado a Urdangarin como héroe deportivo se transformó en el telón de fondo perfecto de una historia de amor entre la hija del rey Juan Carlos y un deportista de élite. Su boda, celebrada en Barcelona en octubre de 1997, selló ese vínculo.

A partir de entonces, Barcelona fue el epicentro de su vida familiar. Allí instalaron su hogar, en una zona acomodada y discreta, y allí nacieron y crecieron sus hijos, integrados en colegios y rutinas propias de la burguesía catalana de alto nivel.

La infanta Cristina trabajaba en la Fundación la Caixa, desarrollando una carrera técnica y bien valorada, mientras Urdangarin comenzaba su transición del deporte a la gestión empresarial y al ámbito institucional.

Barcelona les ofrecía algo que en Madrid resultaba difícil de conseguir: una relativa sensación de anonimato, la posibilidad de moverse con mayor libertad y una red social más profesional que estrictamente cortesana.

Sin embargo, esa misma ciudad que primero fue refugio y trampolín terminó siendo, en parte, antesala del escándalo.

La infanta Cristina, saludando a su hijo Pablo tras disputar uno de sus partidos.

La infanta Cristina, saludando a su hijo Pablo tras disputar uno de sus partidos.

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De la Ciudad Condal hicieron las maletas rumbo a Washington. Tocaba poner tierra de por medio. Nada pudo parar el alud judicial. 

Tras EEUU y la condena de Iñaki, la Infanta se refugió en Ginebra, donde encontró un entorno mucho más discreto para rehacer su día a día, centrarse en su trabajo y acompañar la vida académica y profesional de sus hijos.

El balonmanista, por su parte, tuvo que reconstruirse desde cero tras la cárcel: primero en Vitoria, después con apariciones puntuales en distintos proyectos, siempre bajo la lupa mediática y con la etiqueta de exduque difícil de desprender.

Ahora, ironías de la vida, Urdangarin ha fijado su sede laboral en Barcelona. Un lugar que conoce bien, donde conserva contactos, el tejido empresarial es potente y su pasado como deportista del Barça todavía pesa.

La Infanta, en una imagen de archivo.

La Infanta, en una imagen de archivo.

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Paralelamente, la infanta Cristina ha comenzado a cerrar capítulos. El desalojo de su casa en Ginebra simboliza el fin de una larga etapa en el extranjero y deja claro que su centro de gravedad vuelve a situarse en España.

Que ambos vuelvan a mirar a Barcelona no implica un acercamiento sentimental, pero sí subraya el papel de la ciudad como hilo conductor de su historia.

Lo que en los años noventa fue el escenario de un romance de cuento -el deportista guapo del Barça y la infanta preparada que trabajaba, se formaba y llevaba a sus hijos al colegio como cualquier madre de clase alta- hoy se transforma en territorio neutro.

Iñaki, su vida en Barcelona

Urdangarin hace vida entre semana en la Ciudad Condal. De lunes a viernes, Iñaki está instalado a alrededor de 500 kilómetros de distancia de su residencia habitual, en Vitoria.

Su día a día, pues, está anclado en la capital catalana. La apertura de la oficina de Bevolutive en pleno Eixample, en la calle Valencia, ha sido el detonante de este cambio: el proyecto, nacido el verano pasado, se ha convertido en su principal vía de reinvención profesional.

En Cataluña, Iñaki no sólo trabaja, sino que teje una nueva rutina: reuniones, comidas en locales cercanos a su antigua residencia y presencia constante en la ciudad, donde siempre ha tenido vínculos familiares y emocionales fuertes.

Este cambio en su vida laboral conlleva, además, que el exduque se rodee de otro entorno y compañeros de trabajo. En los últimos días, el exbalonmanista ha sido inmortalizado con una mujer, paseando por las calles de Barcelona. Se llama Núria Sala, y es su compañera de trabajo.

Urdangarin, en una imagen reciente.

Urdangarin, en una imagen reciente.

La nueva ‘mejor amiga’ de Iñaki pasa mucho tiempo con él y comparten confidencias. «Son grandes compañeros y comparten mucho tiempo», informa quien lo sabe.

Sala es directora estratégica y consultora de marketing. Es una profesional con una trayectoria sólida, acostumbrada a liderar grandes proyectos para empresas.

«Ha liderado grandes proyectos para empresas e instituciones. Tras años creando marcas y campañas de impacto, hoy acompaña a personas y organizaciones en procesos de transformación, impacto y legado«, se puede leer desde la web.

Junto a ella, Iñaki Saltor y el exjugador de baloncesto Ferran Martínez completan un núcleo duro que ha empezado a sumar casos de éxito, como el del medallista Thierno Boubacar, que ha confiado en Bevolutive para seguir escalando en su carrera.