Miércoles, 1 de abril 2026, 19:56
Sus imágenes asomaron al mundo entre contrastes, paradojas y transparentes decisiones. Son sencillas pero reflejo de una profunda complejidad. Su resultado con las cámaras es la minuciosidad, lo directo y lo literal. El encuadre «simplificado y centrado» da lugar a un cierto estatismo, pero la composición es casi pictórica como revelan sus retratos. Y sus fotografías parecen anónimas, pero transmiten una autoría rotunda. Entre los retratos colectivos basta un ejemplo: ‘Familia de aparceros, Alabama. 1936’. Los rostros, la luz, el escenario, el encuadre frontal, la hondura de las miradas configuran un retablo que, sin embargo, destila una enorme sencillez.
«Era un fotógrafo apasionado y, durante un tiempo, sentí cierta culpa. Creía que la fotografía estaba reemplazando otra cosa: la escritura. Quería escribir. Pero me sentía profundamente comprometido con todo lo que pudiera surgir de una cámara, y me convertí en un fotógrafo compulsivo. Estaba respondiendo a un impulso genuino». Los signos de la ciudad, la gente anónima, los lugares anónimos, la tradición y lo urbano son claves que vertebran las imágenes de Walker Evans (San Luis, Misuri, 1903-New Haven, Connecticut, 1975).

Walker Evans. ‘Cartel de película roto, Truro, Massachusetts’, 1931. Colección particular, San Francisco.
© Walker Evans Archive, The Metropolitan Museum of Art
Esta primavera la Fundación Mapfre, en su sede de Barcelona, propone una nueva lectura de su legado que subraya dos de las señas de identidad que definen el significado de su obra: «Su actitud reflexiva hacia el medio fotográfico y su profundo interés y afecto por la apariencia y la esencia de la vida cotidiana en una sociedad cada vez más obsesionada con lo nuevo y lo inmediato». Esa primera querencia «lo distanció de un enfoque teatral o artificial, optando por uno sincero, analítico y profundamente lírico, una dimensión directamente vinculada a la preocupación del artista por el contexto en el que se concibieron sus imágenes». Lo segundo tuvo como fruto algunas de las imágenes más icónicas de la historia desde fotografías callejeras tomadas furtivamente hasta estudios meticulosos y precisos de arquitectura», aunque durante muchos años sus obras más conocidas fueron los retratos que realizó en el sur de Estados Unidos a partir de 1930.
«Observa fijamente. Es la forma de educar la vista, y algo más. Observa, indaga, escucha, fisgonea. Muere sabiendo algo. No estarás aquí mucho tiempo», escribió Evans. Sus imágenes «retratan con lucidez la vida cotidiana, los paisajes urbanos y los rostros anónimos de un país en transformación».

Walker Evans. ‘Pasajeras del metro, Nueva York’, 1938. Colección particular, San Francisco.
© Walker Evans Archive, The Metropolitan Museum of Art
Inscrito dentro del estilo documental, Evans combinó «una mirada directa y austera con una curiosidad inagotable por los signos de la cultura popular», que le condujo a definir una época al mismo tiempo que la cuestionó. El fotógrafo también adoptó los nuevos avances artísticos y técnicos. Un ejemplo de ello es cómo hacia el final de su vida exploró las posibilidades que ofrecía la cámara Polaroid.
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En datos
‘Walker Evans. Now and Then’. KBr Fundación Mapfre. Comisario: David Campany. Fechas: Hasta el 24 de mayo. Dirección: Avenida Litoral, 3 , Barcelona.
Bajo el epígrafe ‘Walker Evans. Now and Then’, comisariada por David Campany, director creativo del International Center of Photography de Nueva York, la muestra traza una amplia revisión de su obra y de su influencia duradera en generaciones de artistas. Reúne fotografías y proyectos clave que recorren toda su trayectoria –desde sus autorretratos en la década de 1920 hasta esos experimentos con Polaroid en la de 1970– junto con libros y publicaciones que reflejan su inagotable capacidad de observación. «Un creador que no solo documentó el mundo que le rodeaba, sino que también invitó a cuestionar la función de la fotografía y cómo se percibía la realidad a través de esta». El espacio KBr de Barcelona acoge el itinerario gráfico de Evans que discurre por la Gran Depresión, los más desfavorecidos, los personajes de la calle, la arquitectura, el metro de Nueva York, la iconografía de la publicidad, entre otros objetivos, con sus lenguajes cruzados y su mezcla de curiosidad y reinterpretación.

Walker Evans. ‘Calle principal, Saratoga Springs, New York’, 1931. Colección particular, San Francisco.
© Walker Evans Archive, The Metropolitan Museum of Art
David Campany, comisario de esta antología que incluye 231 obras de Evans, destaca cómo destacó por «incorporar de forma deliberada y sistemática todo tipo de señalización urbana» –desde sofisticados letreros comerciales hasta avisos hechos a mano, vallas publicitarias y escaparates– en sus fotografías. Sus imágenes «cuestionan el papel de la fotografía como arte, documento y herramienta comercial, subrayando la necesidad de un diálogo entre la fotografía y la cultura popular».
La esencia de la cultura estadounidense
Otra de sus características es que siempre se sintió atraído por las personas anónimas que encontraba en la calle o en el metro. «Creaba retratos con una cámara ligera, dando prioridad a la espontaneidad de figuras aisladas, multitudes, escenas de playa o trabajadores en plena faena». En este sentido, la sencillez con la que concebía la fotografía se reflejaba también en los sujetos que elegía. Y, como tercer pilar de su mirada, el fruto de una de sus convicciones más firmes: «El carácter auténtico de una sociedad se revelaba con mayor claridad en los pueblos pequeños que en las grandes ciudades, las cuales tendían a difuminar las particularidades y los rasgos individuales». Frente a la estandarización propia de las grandes industrias y la vida metropolitana, puso el foco en la esencia de la cultura estadounidense: «Imágenes de estaciones de tren y ferrocarriles de pueblos pequeños, edificios de madera, tiendas de comestibles y gasolineras de antaño, así como objetos típicos como alicates antiguos, mecedoras o hidrantes de color rojo brillante».

Walker Evans. ‘Sala de estar en Virginia Occidental’, 1935. Colección particular, San Francisco.
© Walker Evans Archive, The Metropolitan Museum of Art
En este sentido, en 1936 emprendió con el escritor James Agee un proyecto sobre los arrendatarios algodoneros del sur. En 1938 el MoMA le dedicó una exposición individual y publicó ‘American Photographs’, un hito en la definición del lenguaje documental moderno. Ese mismo año, por contra, comenzó su célebre serie de retratos de pasajeros en el metro de Nueva York, que supuso «una renovación estética en la fotografía urbana». De los 40 a los 70 desarrolló una intensa actividad en la revista Fortune, publicó numerosos fotoensayos y experimentó con el color. Como profesor en la Yale University, formuló su concepto de ‘documental lírico’, combinando rigor formal y sensibilidad poética. Y su pasión por la literatura lo llevó a ser un importante precursor a la hora de insertar «marcas textuales, signos como letras o números, dentro del encuadre». «Iba por mi cuenta, con mucha libertad, donde quisiera, simplemente documentando las cosas que veía, que me interesaban. Estaba solo la mayor parte del tiempo. No buscaba nada, las cosas me buscaban a mí. Solo fotografié lo que me atraía en aquel momento y, sin darme cuenta, resulta que estaba documentando una época», confesó.
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