Hoy sus cuadros formarán parte de la fiesta que en el Convent Garden (Manterola-Easo, a partir de las 19.30) organiza Txoko Collective, bonita … mezcolanza de DJ y artistas plásticos. El día 9, jueves, inaugurará exposición en el Juan Sebastian Bar. Ainara es de Hendaia, siempre tuvo la mirada perdida hacia este lado del Bidasoa, hizo bachiller bilingüe francés-castellano, tiene el euskera algo oxidado pero lo tiene. Estudió Ciencias Políticas y Asuntos Europeos en Burdeos y trabajó en misiones culturales en las embajadas francesas de Cuba y Ecuador. Ha estado en Chile, colaborado con Más Madrid en la Alcaldía de Madrid y redactado las actas bilingües del Consorcio Transfronterizo Bidasoa-Txingudi.
– En muchos de tus cuadros, no tanto en los urbanos sino en los, digamos, ‘humanistas’, tu símbolo, tu emblema es una golondrina. ¿Coincidencia con tu nombre en euskera? ¿Sabes que ‘ainarak’ llamaban a las chicas que iban a trabajar a las fábricas de alpargatas en Mauleon?
– Es una coincidencia bonita y más aún la historia de las muchachas del Roncal que cosían ‘espadrilles’ en Zuberoa pero también tiene que ver con la idea de migración. La golondrina es, ciertamente, un ave migratoria que acaba volviendo al mismo sitio donde antes hizo su nido. Me gusta esa idea de ida y vuelta.
«Estudié Ciencias Políticas porque soñé con cambiar el mundo. Cuando vi que era imposible me enrolé en misiones de cooperación cultural»«Durante un apagón en Cuba hice un grabado en el que una cucaracha tomaba café. Allá lo inverosímil es ya normal»
– Bécquer, el romántico, escribió aquello de ‘Volverán las oscuras golondrinas en tu balcón sus nidos a colgar (…) pero aquellas que aprendieron nuestros nombres, esas… no volverán’.
– Y tal vez no vuelvan porque alguien haya tirado el nido que dejaron hecho. Suelen hacerlo demasiado cerca de nosotros, en establos, graneros, garajes, aleros de tejados, puentes y porches y solemos quitarlos cuando remozamos los edificios. Quizás no vuelvan porque usamos tanto pesticida que los insectos de los que se alimentan están desapareciendo.
– O porque saben lo que escribió el poeta Félix Grande: ‘Donde fuiste feliz alguna vez no debieras volver jamás: el tiempo habrá hecho sus destrozos’.
– Tiene razón. Yo lo noto en mis cuadros. Los que hago nada más haber llegado a Quito o a Valparaíso son fruto de la idealización. Cuando pasa el tiempo, se deforman porque ya has hablado con la gente, has palpado las desigualdades. Pero yo, qué quieres, me agarro más a la canción de Mercedes Sosa: ‘Uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida’. Aunque es verdad que añade: ‘Y entonces comprende cómo están de ausentes las cosas queridas’.
– Algo de eso se desprende de nuestro titular, ¿no?
– En cierta forma, sí. Cada vez que dejo un lugar siento la tristeza de marcharme pero me voy con la felicidad de haber estado, de haber vivido, de haber sabido.
– ¿Cómo quedó Cuba cuando te marchaste? Recuerdo que hasta participaste allá en el Mes de la Cultura Francesa. Inauguraste, con otros, una exposición titulada ‘Paris Mon Humour’.
– La dejé apagada. Yo creo que va a caer. Pero no sé hacia dónde. Cuba ha sido para muchos intelectuales europeos un ideal. Pero allá, viviéndola, percibes que el problema no es solo el bloqueo sino la oligarquía autóctona.
– Que tendrá sus propios generadores de luz, imagino.
– Poderosos que se irán cuando todo se desmorone. Saldrán; ya tienen todo su dinero en paraísos fiscales. Se quedará el pueblo, que hace algunos años vivió o creyó vivir tiempos mejores. Que ya pasaron. No saben cómo será el mañana. Ni si lo habrá. Dejé una Cuba sin luz, sin conexión. Dejé a los cubanos tan asqueados por la izquierda que, creo, se agarrarían a cualquiera que les prometiera algo. Dejé una Cuba donde cualquier cosa que a nosotros nos parecería imposible resulta normal.
– Como una cucaracha tomando café. Como en tu grabado.
– Me interesa el grabado, me apetece seguir por ahí. Pero estábamos hablando de Cuba. El embajador francés no entendía que aquella mañana no hubiese internet. Yo sí porque llevaba más tiempo que él en la isla y sabía que cuando llueve, caen las conexiones. Fue curioso…
– ¿El qué?
– Anoche, ya en Hendaia, pensé: ‘Vaya, hay luz. Voy a aprovechar para cargar el móvil, no vaya a ser que mañana la corten’. Luego me di cuenta de que era un pensamiento muy cubano. ¿Cómo no iba a haber luz si estoy en Europa!
– Tu obra es muy geométrica, en colores vibrantes, en acrílico. Urbana.
– Me gustan las ciudades. Fue en ellas donde el pueblo se convirtió de siervo en ciudadano. Hago pintura casi arquitectónica porque me atraen los ángulos, las líneas, los efectos del sol en las fachadas, las sombras, las texturas. Juego con el vacío, con rellenarlo o no Y sí, acrílico. Porque me da esos colores fortísimos. Otra de mis fascinaciones son las vidrieras. Algo de ellas hay en mi obra. Sueño con hacer una, una con cristal, color y sol. Veremos…