Creado:
4.04.2026 | 16:30
Actualizado:
4.04.2026 | 16:30
Un equipo de científicos ha confirmado que la región de París vivió un fuerte relevo poblacional hace unos 5.000 años, en pleno final del Neolítico, y que ese cambio coincidió con la interrupción de los enterramientos y con el declive de la construcción de grandes monumentos megalíticos. El hallazgo se basa en la secuenciación de 132 genomas antiguos recuperados del yacimiento funerario de Bury, al norte de la capital francesa.
La clave no está solo en que hubo menos gente, sino en que quienes ocuparon después el lugar no eran, en gran medida, los mismos. Según el estudio, las dos grandes fases de enterramiento de Bury pertenecen a grupos genéticos ampliamente discontinuos, separados además por un hiato sin actividad funeraria. La investigación apunta a que, tras ese vacío, llegó al área una población con ascendencia neolítica procedente del sur de Francia e Iberia, que se expandió hacia el norte en torno a 2900 a. C.
Es un descubrimiento que ilumina uno de los grandes silencios de la prehistoria europea. Durante décadas, arqueólogos y genetistas han intentado explicar por qué dejaron de levantarse tumbas megalíticas en amplias zonas del noroeste continental. Ahora, Bury emerge como una pieza crucial: allí se observa a la vez colapso demográfico, cambio de linajes, modificación de las reglas sociales y señales de enfermedades infecciosas.
La tumba que guardaba dos mundos distintos
Bury, situado a unos 50 kilómetros al norte de París, contenía restos de 316 individuos y había sido usado en dos fases funerarias muy diferentes. La primera corresponde al final del IV milenio a. C., aproximadamente entre 3200 y 3100 a. C.; la segunda se prolongó durante siglos en el III milenio, hasta 2470 a. C. Entre ambas hubo una pausa en la utilización del monumento. Ese vacío temporal terminó siendo también un abismo biológico.

Los investigadores analizaron dientes de 182 individuos y obtuvieron 132 genomas con cobertura suficiente para el estudio. Al comparar ambos grupos, observaron algo muy llamativo: los enterrados en la primera fase no eran, en términos genéticos, los antepasados directos de la mayoría de los enterrados en la segunda. De hecho, cada fase compartía más afinidades con otras poblaciones neolíticas europeas que entre sí.
Hay un detalle que vuelve este resultado especialmente poderoso: la primera fase presenta una diversidad genética mayor y vínculos con el área de la cuenca de París y el oeste de Alemania, mientras que la segunda muestra una señal mucho más homogénea y fuertes lazos con el sur de Francia e Iberia. Esa diferencia no encaja con una simple continuidad local. Encaja mejor con un relevo, total o parcial, tras una crisis demográfica.
Crédito: Sergio Parra / ChatGPT
La imagen es casi geológica: una capa humana se apaga, el paisaje calla durante un tiempo y después otra corriente de población ocupa el mismo espacio. No sería aún la gran expansión de ascendencia esteparia que transformó otras regiones de Europa, sino un reemplazo entre poblaciones aún neolíticas. En eso, Francia parece haber seguido una ruta distinta de la de Escandinavia.
Del sur hacia el norte: la migración que cambió la cuenca de París
Uno de los resultados más sugerentes del trabajo es la reconstrucción del movimiento de ancestrías. El modelo genético indica que la población de la segunda fase de Bury tenía, de media, más del 80% de ascendencia relacionada con Iberia. Según los autores, esa señal refleja una expansión gradual desde el sur que alcanzó la cuenca de París después del llamado “declive neolítico”.
Eso significa que el norte de Francia recibió una oleada genética meridional antes del fenómeno campaniforme clásico y antes de la llegada masiva de grupos con ascendencia de las estepas. El cambio detectado en Bury se sitúa hacia 2900 a. C., varios siglos antes de que la señal esteparia se hiciera visible en la región. El estudio propone así una secuencia mucho más compleja para la prehistoria europea de lo que se había imaginado.
Pero la genética no fue la única pista. La organización social también cambió de manera nítida. En la fase más antigua, tres cuartas partes de los individuos tenían familiares cercanos en la tumba y se reconstruyeron grandes pedigrís de varias generaciones, con una fuerte lógica familiar. En la segunda fase, en cambio, había menos parentescos cercanos, más individuos no emparentados y una estructura más selectiva, centrada en líneas patrilineales pequeñas.
Ese contraste importa mucho porque sugiere que no solo cambió la sangre: cambiaron también las reglas de pertenencia al monumento funerario. La tumba siguió siendo la misma, pero la comunidad que la reutilizó parecía entender de otra forma quién debía descansar allí. Y en arqueología, cuando cambian a la vez los cuerpos, los rituales y los vínculos, rara vez estamos ante una simple moda.
Crédito: Nature
Plaga, fiebre y bosques que regresan
La investigación añade un ingrediente inquietante: la presencia de patógenos antiguos. En el conjunto de Bury aparecieron rastros genéticos de Yersinia pestis, el agente de la peste, además de Borrelia recurrentis y otros microorganismos. La peste se detectó en cuatro individuos, tres de la primera fase y uno de la segunda. No basta para demostrar por sí sola una epidemia devastadora, pero sí para colocar a la enfermedad dentro del escenario de crisis.
Más aún, uno de esos genomas de peste, procedente de un individuo datado entre 3339 y 3042 a. C., pertenece a una rama muy antigua del patógeno. Aunque los autores son prudentes y subrayan que la prevalencia hallada en Bury es baja, el dato encaja con la idea de que las infecciones pudieron aumentar la vulnerabilidad de comunidades ya sometidas a tensiones ambientales y demográficas.

Y entonces aparece el paisaje como testigo silencioso del derrumbe. Los registros de polen de la cuenca de París muestran regeneración forestal entre 2900 y 2500 a. C., una señal que suele interpretarse como descenso de la actividad humana: menos campos, menos pastos, menos asentamientos. Fenómenos parecidos se habían observado también en Escania, Zelanda, el norte de Alemania y otras partes de Europa central.
Todo ello dibuja una escena poderosa: los monumentos dejan de levantarse, los enterramientos se interrumpen, los bosques recuperan terreno y, cuando la vida regresa, lo hace con otros rostros. Bury no ofrece una única causa, pero sí una convergencia extraordinaria de pruebas a favor de una contracción poblacional seguida de relevo humano. Quizá el final del Neolítico no fue solo una transición cultural, sino una grieta profunda por la que se colaron nuevas gentes, nuevas enfermedades y una nueva Europa.
Referencias
- Seersholm, Frederik V., Abigail Ramsøe, Jialu Cao, Philippe Chambon, Karl-Göran Sjögren, Hugh McColl, Fabrice Demeter, et al. “Population Discontinuity in the Paris Basin Linked to Evidence of the Neolithic Decline.” Nature Ecology & Evolution (2026). https://doi.org/10.1038/s41559-026-03027-z.