De acuerdo con la Encuesta de Características Esenciales de la Población y Viviendas (INE, 2023), el 34,3% de las viviendas principales se encuentran en edificios que los residentes no consideran de fácil acceso para cualquier persona (6,45 millones de viviendas) y solo el 20,8% de las viviendas están preparadas para las condiciones propias del envejecimiento.

En esa línea, el informe Movilidad reducida y accesibilidad en el edificio apunta que el 4% de las personas con movilidad reducida (100.000 personas) no sale nunca de su vivienda, un porcentaje que se incrementa hasta el 42% entre aquellas que pasan muchos días sin salir de casa por falta de adaptación del edificio.

En esta situación se encuentran Asunción y su esposo Julián (nombres ficticios), ambos de 87 años, quienes viven en un segundo piso sin ascensor del madrileño barrio de Puente de Vallecas. Con numerosas patologías y falta de movilidad, su día a día, desde hace ya demasiado tiempo, transcurre en el interior de su vivienda. Una rutina que se rompe únicamente cuando el personal del servicio de ambulancias se desplaza al domicilio para trasladarles a sus consultas médicas, dado que, en el caso de Asunción, es necesario transportarla en volandas hasta el vehículo.

Los avances diagnóstico-terapéuticos que ha experimentado la medicina en los últimos años han conseguido que muchas patologías que antes causaban el fallecimiento de la persona ahora se hayan convertido en enfermedades crónicas. Una circunstancia a la que se añade el incremento progresivo de la esperanza de vida de una población que frecuentemente va a presentar varias enfermedades crónicas en el mismo momento, lo que se conoce como comorbilidad o pluripatología.

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“Las patologías más frecuentes en las personas de más de 80 años van a ser las enfermedades cardiovasculares (como la hipertensión arterial, la insuficiencia cardiaca o arritmias como la fibrilación auricular); las enfermedades neurológicas (deterioro cognitivo, trastornos del movimiento, afectación de los órganos de los sentidos); y las del aparato locomotor (artrosis, osteoporosis, sarcopenia)”, explica el doctor Jesús Santianes Patiño, médico especialista en Medicina Familiar y Comunitaria y en Geriatría, coordinador del Grupo de Trabajo de Cronicidad y Dependencia de SEMERGEN.

Todos estos procesos pueden desembocar en lo que llamamos fragilidad, que es una pérdida de la reserva fisiológica y funcional de la persona presentando una menor capacidad de adaptación frente a agentes agresores y que si no se aborda, adecuadamente, puede evolucionar a una situación de dependencia.

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Existen también otros factores, como las barreras arquitectónicas o la falta de apoyo social, entre otros, que pueden agravar o favorecer el desarrollo de otras dolencias. “Por ejemplo, una menor actividad física contribuye al desarrollo o mantenimiento de sarcopenia, lo que ocasiona una mayor dependencia para las actividades de la vida diaria, produciéndose un círculo vicioso; baja actividad física–sarcopenia–fragilidad–dependencia”, apunta el doctor Santianes. Unos condicionantes a los que, a veces, se une el aislamiento social, “que va a tener una repercusión muy importante sobre la esfera afectiva, siendo mucho más frecuente el desarrollo de ansiedad y depresión que en personas que tienen una red de contactos sociales mayor”, añade.

Ante situaciones como las descritas anteriormente, donde la persona en edad avanzada presenta una etiología multifactorial, se aconseja realizar un abordaje integral que vaya más allá del manejo de las enfermedades. Una labor que debe corresponder a Medicina de Familia puesto que, según el portavoz de SEMERGEN, “una de sus fortalezas se encuentra en la accesibilidad, la continuidad asistencial y el conocimiento de la persona en su medio”. Este abordaje global se realiza mediante la Valoración Geriátrica Integral (VGI), que analiza todas las esferas del paciente (funcional, cognitiva, afectiva, social, nutricional, clínica y farmacológica) y permite detectar los problemas existentes en cada una de ellas y elaborar un plan terapéutico individualizado. Un trabajo multidisciplinar y compartido por varios profesionales (enfermería, fisioterapeutas, trabajadores sociales, otros especialistas hospitalarios…), “donde el médico de familia puede actuar promoviendo la colaboración de todos los intervinientes y coordinando el proceso asistencial para llevar a cabo el plan desarrollado durante la VGI”, declara el doctor Santianes.

(istock)

Ante una situación de “confinamiento” de los mayores con comorbilidades, es esencial que tanto el entorno familiar como el sistema de salud ofrezcan el acompañamiento adecuado para afrontar estas carencias. “Desde el entorno familiar debemos fomentar el establecimiento de rutinas de ejercicio adaptadas al domicilio: evitar permanecer sentados durante más de una hora mientras sea de día, realizar un plan de actividad física que, por ejemplo, incluya ejercicios de fuerza y equilibrio, y que esté diseñado por un profesional o experto de actividad física, diario y adaptado al «microambiente» de cada uno, etc”, manifiesta el facultativo especialista en Geriatría Nicolas M. González Senac, del Hospital General Universitario Gregorio Marañón. Desde el sistema de salud, “nuestra responsabilidad no sólo contempla hacer educación sanitaria contra el sedentarismo o el «régimen de confinamiento» (porque muchas veces las personas no salen de casa a pesar de que técnicamente pueden), sino también a convencernos de que conocer el contexto social de los pacientes es una pieza fundamental del plan terapéutico”, expresa González.

La doctora Noelia Pérez Abascal del Servicio de Geriatría del Hospital Universitario Ramón y Cajal señala que “es aconsejable fomentar la autonomía de la persona, de manera que realice por sí misma todas aquellas actividades que pueda hacer sin riesgos, ya que esto también favorece su autoestima”. Unas recomendaciones a las que se suma una alimentación variada, con suficiente aporte proteico, y garantizar una adecuada hidratación.

En 2014 se aprobó un documento de consenso del Sistema Nacional de Salud sobre prevención de fragilidad y caídas en la persona mayor, para detectar los mayores de 70 años que presentan fragilidad y evitar la evolución hacia la discapacidad. “Las intervenciones que se promueven en este plan son aplicables también a los pacientes con limitaciones funcionales e incluyen recomendaciones de ejercicio y nutrición, revisión de patologías y medicación, y medidas de prevención de caídas”, dice la doctora Pérez. Una tarea que debe recaer en la Atención Primaria como agente principal y coordinador con el resto de los recursos que el paciente pueda necesitar (rehabilitación, valoración geriátrica, servicios sociales…). También existen otros sistemas de clasificación de pacientes crónicos por nivel de complejidad. “En estos casos, se activan circuitos asistenciales específicos que buscan agilizar su atención para evitar complicaciones y prevenir el deterioro funcional”, expone.

En ese acompañamiento, Geriatría debe convertirse en la disciplina médica que apoye de manera especial a la población mayor con comorbilidades. Porque, en opinión de Francisco Javier Martínez Peromingo, jefe de Servicio de Geriatría del Hospital Universitario Fundación Jiménez Díaz, “es la especialidad que entiende que, en las personas mayores, la salud no se gestiona solo tratando enfermedades, sino anticipándose a la fragilidad, integrando lo social y adaptando los cuidados a cómo vive realmente cada persona”.

Mejorar la salud de las personas que se encuentran en esta situación de especial vulnerabilidad pasa por un acompañamiento específico “que promueva programas de ejercicio adaptado en casa, revisión periódica de la medicación para evitar efectos adversos, asegurar una nutrición adecuada y prevenir la soledad no deseada”, asegura el doctor Martínez. Unas recomendaciones donde la telemedicina y el seguimiento telefónico resultan herramientas útiles si se emplean bien. “Además, deben impulsarse soluciones sociales y urbanísticas, como ayudas a la accesibilidad, porque, en personas mayores, la salud depende no solo de lo clínico, sino del entorno y el barrio en el que viven”, mantiene el especialista del Hospital Universitario Fundación Jiménez Díaz.