Una cosa es no recordar el nombre de un antiguo compañero de trabajo o dónde hemos dejado las llaves, y otra muy distinta sentirse desorientado en un entorno conocido o tener dificultades para manejarse con el dinero. Los primeros episodios son propios de la edad. En cambio, los segundos tienen visos de ser síntomas de algún tipo de enfermedad neurológica incipiente. 

Y sí, ambos tipos de situaciones están vinculados a la edad, pero mientras uno es natural e inevitable, el otro es el resultado de un proceso que, con una buena estrategia llevada a cabo a lo largo de toda la vida, quizá podría haberse sorteado. Esta idea del cuidado de la salud cerebral como estrategia para eludir el deterioro cognitivo es la piedra angular de Cuida tu salud cerebral. Una guía para envejecer sin deterioro cognitivo (Alienta, 2026), del neurólogo David Pérez Martínez.

A través de sus páginas, el doctor nos insta a tomar las riendas para mantener un buen estado cognitivo al llegar a la vejez, y lo hace de tú a tú, con un lenguaje claro y cercano, porque su intención con este libro no es otra que “traducir la complejidad de la neurociencia en acciones concretas que puedan integrarse en la rutina diaria, y que a largo plazo nos puedan beneficiar para hacer frente al deterioro cognitivo”.

La voz del doctor Pérez viene avalada por una larga trayectoria en el mundo de la neurología. Así, fue director general de la Fundación del Cerebro de la Sociedad Española de Neurología, desde donde impulsó iniciativas clave para la divulgación y la investigación en neurociencias. Asimismo, ejerce como profesor de Medicina en la Universidad Complutense de Madrid, donde comparte su conocimiento y experiencia con las nuevas generaciones de profesionales de la salud.

Actualmente dirige el Instituto Clínico de Neurociencias del Hospital Universitario 12 de octubre y el servicio de Neurología del Hospital Universitario La Luz, donde combina su labor clínica con la investigación aplicada, buscando mejorar el diagnóstico, tratamiento y calidad de vida de los pacientes afectados por enfermedades neurodegenerativas. Y con todo, ha sabido encontrar el tiempo suficiente para escribir esta guía que destila rigor, utilidad y optimismo a partes iguales.

Basta leer el título de su libro para intuir que se trata de un libro fundamentalmente práctico…

Esa era la idea. Pretendía escribir algo accesible y riguroso, pero, sobre todo, práctico. El cerebro es lo que nos define como personas y, sin tener una formación previa, todos deberíamos tener la información suficiente para saber cómo protegerlo de los efectos del paso del tiempo.

El envejecimiento afecta a todos los órganos, incluido el cerebro. ¿Qué diferencia hay entre el envejecimiento natural del cerebro y el deterioro cognitivo?

Hacer esta distinción es fundamental. De hecho, es la decisión que los neurólogos tenemos que tomar en la consulta. El envejecimiento normal implica algunos cambios, como ser más lentos a la hora de procesar la información, tener despistes puntuales, menos agilidad motora y cognitiva. Pero la persona mantiene siempre su autonomía y, sobre todo, mantiene su capacidad de aprender cosas nuevas. En cambio, cuando hablamos de deterioro cognitivo, los fallos que se presentan pueden interferir en la vida diaria. Por ejemplo, la persona se puede desorientar en algún lugar conocido, tiene dificultad para manejar dinero o algún electrodoméstico. Lo que hay que tener claro es que envejecer es un proceso natural y fisiológico, pero el deterioro cognitivo es una enfermedad y requiere diagnóstico médico.

Usted recalca que el deterioro cognitivo es perfectamente evitable. ¿Diría que es una actitud realista o le puede el optimismo?

Es muy realista. De hecho, prueba de ello es que la revista Lancet publicó un artículo en el que se recogía que el 40% de los casos de demencia podrían prevenirse o retrasarse actuando sobre los principales factores de riesgo a lo largo de la vida. Por tanto, no es un optimismo ingenuo, sino algo completamente real que debería ser transmitido a la población para que tome cartas en el asunto.

El 40% de los casos de demencia podrían prevenirse o retrasarse actuando sobre los principales factores de riesgo a lo largo de la vida

¿Y si llegamos a los 70 años sin haber “tomado cartas en el asunto”, como usted dice? ¿Ya no se puede hacer nada?

De ninguna manera. El mensaje es claro: nunca es tarde. De hecho, a mí me gusta decir que nunca es demasiado pronto ni demasiado tarde. Se puede empezar en cualquier momento. En la infancia hay actividades para prevenir, pero también a los 70 se puede fortalecer la reserva cognitiva y ralentizar cualquier proceso de deterioro cognitivo. Hay pacientes que, a pesar de que ya han desarrollado la enfermedad de Alzheimer, cuando empiezan a hacer ejercicio físico, estimulación cognitiva y potencian las relaciones personales, se ha visto que la enfermedad es mucho más lenta y tardan mucho más tiempo en tener una incapacidad.

Estas medidas preventivas tienen un objetivo: hacer frente a los factores de riesgo que favorecen el deterioro cognitivo. Uno de los más preocupantes es la soledad no deseada. ¿Está justificada esa inquietud?

Totalmente. En los últimos años se ha visto que es un factor crítico. De hecho, se estima que la soledad no deseada puede aumentar el riesgo de demencia en un 50 %. Hay que entender que el aislamiento social no voluntario genera estrés crónico, trastornos afectivos, y al final, esto se vincula con la neuroinflamación y con el deterioro de la conectividad neuronal. Por lo tanto, una de las primeras iniciativas que habría que emprender es fomentar la interacción social para evitar la soledad no deseada.

El neurólogo David Pérez. El neurólogo David Pérez. Cedida

¿Y si se prefiere estar solo?

Es raro y muy infrecuente que alguien busque la soledad. Los hay, pero son muy pocos. La inmensa mayoría de los seres humanos nos sentimos mucho más cómodos cuando estamos relacionados con otras personas. De cualquier modo, en esos casos, esas personas tienen un motivo para querer estar solas, no hay un impacto afectivo negativo, y ese es el punto clave para saber si un aislamiento social se siente como una carencia o no.

La realidad es que estamos muy solos, pero también estamos más conectados que nunca. Sin embargo, ¿las relaciones digitales son igual de válidas que las reales?

Las relaciones virtuales tienen menos impacto sobre nuestro cerebro porque implican un procesamiento cognitivo y sensorial muchísimo menos complejo que el que sucede en las relaciones reales. No hay lenguaje no verbal, no hay contacto físico… De modo que la tecnología nos ayuda a mantener el contacto, pero, de alguna manera, mantiene un aislamiento físico. Por ello, deberíamos hacer mucho más que enviar cuatro mensajes de WhatsApp y fomentar la interacción física con nuestros seres queridos, al menos ocasionalmente, para evitar ese consumo de relaciones virtuales que genera mucha menos estimulación sobre nuestro cerebro.

Más allá de si estamos solos o acompañados, la salud del cerebro está amenazada por enfermedades como la hipertensión, la diabetes o el colesterol…

Así es. Yo siempre digo que lo que es malo para el corazón, también es malo para el cerebro. Y es que cualquiera de estos condicionantes, al final, lo que hace es dañar los vasos sanguíneos, lo cual afecta a la irrigación de las neuronas limitando el oxígeno y los nutrientes. Hay que tener en cuenta que el cerebro tiene alrededor del 2% del peso corporal y requiere el 20% de toda la energía. Por tanto, es el órgano que más nutrido y más irrigado está. Por ello, cuando hay algún problema de irrigación, lógicamente se ve afectado. En los últimos años, además, hemos visto que el daño producido por este tipo de factores no es solo vascular, sino que también aumenta el riesgo de enfermedades neurodegenerativas, especialmente de la enfermedad de Alzheimer. Y creemos que alteraciones como la aterosclerosis y la alteración del riego producen fenómenos de neuroinflamación y dificultan la eliminación de las proteínas tóxicas del alzheimer, como el beta-amiloide.

Podemos llegar a controlar la hipertensión o la soledad, pero, ¿qué pasa con la genética?

Hay que tener claro que la genética no es un destino ineludible en el asunto de deterioro cognitivo. Los factores genéticos aumentan la probabilidad, pero el estilo de vida es mucho más determinante que los genes.

Los factores genéticos aumentan la probabilidad del deterioro cognitivo, pero el estilo de vida es mucho más determinante que los genes

Por encima de todos estos factores está el paso del tiempo. ¿Hasta qué punto hacerse mayor aumenta las posibilidades de deterioro cognitivo?

Sabemos que la aparición de demencia se duplica cada lustro a partir de los 65 años. Por tanto, lógicamente, la edad es el principal factor de riesgo. Pero, desde luego, no es un factor ineludible como sí lo es la genética. Y si fortalecemos la reserva cognitiva con hábitos saludables, podemos compensar estos cambios propios de la edad. De esta manera, mantendremos la funcionalidad, lo cual es lo más importante. Ya que no se trata de vivir más años, sino de hacerlo con una calidad cognitiva suficiente. Lo razonable es vivir hasta los 80 años cognitivamente sanos, y no en un mundo de sombras.

¿Cómo es la estrategia que permite llegar en esas condiciones?

Yo siempre digo que crear una reserva cognitiva es como construir una casa, con materiales sólidos y un buen diseño, para que resista mejor las inclemencias del tiempo, es decir, los problemas que van a aparecer a lo largo de la vida. Para ello, la clave reside en estar siempre aprendiendo algo nuevo, no simplemente repitiendo lo que ya sabemos hacer, tener una vida social activa y mantener ejercicio físico regular; sobre todo, evitar el sedentarismo.

¿Diría que es efectiva la recomendación de caminar 10.000 pasos?

Por supuesto que es bueno dar 10.000 pasos. Sin embargo, sabemos que a partir del primer paso ya hay beneficio. De modo que, si no se van a hacer 10.000, también es aconsejable salir a caminar. Se sabe que a partir de los 3.000 pasos se reduce hasta un 30% el deterioro cognitivo. En definitiva, lo que hay que hacer es levantarse del sillón y añadir actividad a nuestro día a día. Por ejemplo, usar las escaleras en lugar del ascensor, evitar coger el coche si no es necesario. Esas pequeñas cosas tienen un gran beneficio a medio y largo plazo.

Parte de esa estrategia es tener un motivo para levantarse cada mañana, algo que puede verse trastocado al llegar la jubilación…

Cierto. Prepararse para una jubilación exitosa con este tipo de iniciativas es clave. No se trata solo de acumular muchas tareas para cuando llegue esa etapa, sino de que esas tareas tengan un objetivo a corto, medio y largo plazo para intentar llenarnos. La falta de encontrarle sentido al día a día, clínicamente, se asocia a mayor depresión y mayor aislamiento social, y sabemos que estos dos factores son predictores directos del deterioro cognitivo. Y es que un cerebro, si no tiene metas, deja de esforzarse, no aprende cosas nuevas, y eso repercute en que hay menos plasticidad neuronal y se crean menos neuronas. Por lo tanto, el tener una razón para levantarse por las mañanas mantiene activos los sistemas de atención y recompensa, y al final, esto mejora la reserva cognitiva.

Corremos el riesgo de que dentro de 30 o 40 años el deterioro cognitivo sea mucho más llamativo de lo que es en este momento

Asegura que cuanto antes se empiece a trabajar esa reserva cognitiva, mejor. ¿Cómo cree que será la salud cerebral de las generaciones de los que hoy son jóvenes?

Actualmente, se da una paradoja y es que los jóvenes tienen más que nunca acceso a la educación, algo que debería favorecer a la reserva cognitiva. Sin embargo, por otro lado, nos enfrentamos a una epidemia de sedentarismo físico y cognitivo. Este sedentarismo cognitivo es una metáfora que utilizamos para referirnos a aquellas personas que abusan de las pantallas, utilizan el scroll infinito sin atender a lo que están viendo o hacen multitarea, por ejemplo. En cualquier caso, lo cierto es que no sabemos qué es lo que pasará en el futuro en cuanto a la salud cerebral de estos jóvenes, ya que nos faltan datos al respecto. Lo que sí está claro es que, si no fomentamos una cultura del cuidado de la salud cerebral desde la infancia y, sobre todo, desde la adolescencia, corremos el riesgo de que dentro de 30 o 40 años el deterioro cognitivo sea mucho más llamativo de lo que es en este momento.