Lapönia está en cines planteando una pregunta a los espectadores: ¿está bien mentir a nuestros hijos si es con el objeto de preservar su felicidad? La respuesta que aporta esta comedia española inteligente y divertida no podría ser más refrescante.
«Cuando tienes hijos terminas haciendo cosas que están en contra de tus ideas, esas que has mantenido durante años», explica David Serrano a propósito de su última película, una comedia que adapta la exitosa obra de teatro de Marc Angelet y Cristina Clemente y que demuestra que otro cine familiar, más sofisticado y más irónico, es posible.
El director de Voy a pasármelo bien o Días de fútbol me advierte de lo que me espera: «Ya verás en el próximo año y pico, cuando tu hija empiece a razonar y a relacionarse con el mundo de otra manera, querrás alejarla de la tristeza y de las cosas negativas. Intentamos protegerles como podemos de cualquier noticia mala o aspecto gris de la sociedad».
Qué es ‘Lapönia’
Y de eso trata, en definitiva, Lapönia. De las mentiras que les contamos a nuestros hijos para preservar su felicidad. Y de las mentiras que nos contamos a nosotros mismos para alargar un poco más la nuestra. Todo comienza cuando una de esas mentiras sale a la luz (tápate los ojos si tienes menos de ocho años): ese señor vestido de rojo, con barba, que trae regalos en Navidad, no existe. Es una invención.
Así se lo dice su prima lapona al hijo de Mónica (Natalia Verbeke) y Ramón (Julián López) nada más aterrizar en Rovaniemi, donde sus tía Nuria (Ángela Cervantes) vive con su marido Olavi (Vebjørn Enger) y donde la familia española ha decidido pasar unas fiestas muy especiales. Y especiales, sin duda, van a ser estas vacaciones en las que la familia lo discute todo: desde el choque cultural y las distintas idiosincrasias nacionales a los secretos que pueblan las relaciones familiares, la ilusión que te devuelven los hijos o hasta qué punto es necesario mentir para poder ser un poco más felices.
«Es difícil encontrarse con una comedia que habla de temas tan interesantes y en la que hay un diálogo casi filosófico. Y, de hecho, eso es lo que trabajamos con los actores, que los temas fueran lo más universales posibles», explica el director sobre ese elenco soñado, cuatro actores «muy diferentes pero sumamente talentosos y generosos» con los que ensayó durante un mes, incorporando sus ideas al libreto final.
Con ellos, Serrano rodaba planos de ocho o diez minutos. «Podríamos hacer la obra de teatro del tirón», explica sobre este rodaje que duró 18 jornadas y que sucede en dos únicas localizaciones bastante lejos de Finlandia: Bilbao.
Una de ellas, esa casa donde los personajes discuten sin tregua en plena noche, es un personaje más: «Nos fascinó desde la primera vez que la vimos. Toda de madera y cristal, nos permitía tener esos fondos, mucha profundidad de campo. Al tiempo nos dificultaba mucho la vida porque al ser todo cristal se veían los reflejos de las luces. Y nos complicaba mucho mover la cámara».