Una alargada alfombra de tonos marrones y azules muy florida invita a entrar En la casa de la abuela, un espacio donde conviven la tradición y la creación contemporánea, un lugar que se inspira en musas de pueblo pero se construye con dos miradas del siglo XXI, las del diseñador Jorge García Varona y el fotógrafo Álex Heras, que suman raíces, admiración y talento en esta exposición que ocupa la Sala Círculo Solidario hasta el 28 de abril (de lunes a viernes de 10 a 14 y de 17 a 21 horas, salvo este último día, que cierra a las 20 h.).
El título no lleva a engaño. Los dos creadores burgaleses meten al espectador en la casa de su abuela, la del uno de Tardajos, la del otro de Malpartida de Cáceres, a más de 400 kilómetros de distancia, pero muy próximas en su espíritu. «Ahora mismo la tradición está muy en tendencia, pero siempre contada desde la exotización, y nosotros pensamos que lo bonito era hacerlo desde las personas que nos han dejado este legado y que quienes vengan a verla recuerden ese lugar tan importante para todos. Queremos provocar emoción y nostalgia y lo ideal es que jóvenes y mayores vengan a visitarla juntos», apuntan los dos artistas antes de la inauguración vespertina en la que contarían con la bailarina Marina Izquierdo.
La danza contemporánea se suma como un arte más a esta propuesta multidisciplinar: moda, fotografía, vídeo y artesanía en cuero. El diseño se extiende como hilo conductor, con tres colecciones de García Varona inspiradas en ese hogar cargado de historias y recuerdos en cada uno de sus objetos, y especial protagonismo adquieren las imágenes de esos modelos en lugares asociados con ellos, como la iglesia del pueblo o el desván, realizadas por Heras.
En ese portal en el que todo empieza desfilan los maniquís de esa primera propuesta sin nombre que habla de la historia de su abuela y está dedicada a todos los vecinos de Tardajos. Recorren la escuela, el trabajo en el campo, el día de fiesta o la sabiduría que da el paso de los años y se refleja en los modelos con imágenes de ese pueblo impresas en cianotipia, tejidos que beben de los cuadritos de los babis del cole, telas estampadas con el llamado toile de jouy (una suerte de tapizado con distintas escenas, aquí de oficios) o los inevitables manteles de ganchillo.
«No buscamos la perfección, sino la artesanía», remarca el diseñador antes de asomarse a una vitrina en la que desvela el proceso creativo de Camino, la segunda colección, 14 looks como 14 estaciones tiene un vía crucis, plasmada en las fotografías que ocupan la llamada Sala Prohibida, «ese comedor de ‘mírame y no me toques», donde se encuentra la Virgen viajera, una imagen metida en una caja que pasa de casa en casa para su custodia (aquí, la de Cañizar de Argaño, pueblo paterno del artista).
La tercera, Altares, que viene de No hagáis altares, una expresión muy típica de su abuela que insta a no liarla mucho, ocupa buena parte de este hogar, desde la cocina (donde invitan a jugar a los recortables) al dormitorio pasando por el retrete. Se construye a partir de los objetos desechados en esas viviendas viejas y se deja envolver por ese barroquismo decorativo que las caracteriza. De los cristales de una lámpara de araña teje un arnés, el típico hule de plástico torna en chaleco chubasquero, las muñecas taparrollos de papel higiénico, «la inspiración más importante», visten una figura a gusto del cliente con distintas piezas…
Concluye este homenaje con una galería de retratos de esas abuelas, de esas mujeres que siguen tejiendo esta cultura y avivan el folclore.