La evolución alimentaria del ciclismo es extensa. Federico Martín Bahamontes, ganador del Tour del 59, se comía los limones con cáscara, bebía coñac y tuvo … el famoso episodio del Tour en el que aprovechó una avería para comerse un helado de vainilla de dos bolas. Miguel Indurain dominó cinco Grandes Boucles seguidos a base de bocadillos de jamón o queso y dieta estricta. En la primera tuvo que cambiarse de habitación porque no soportaba ver a Perico atiborrarse a pastelitos. Y hasta una cerveza. Alberto Contador, doble campeón, se hartó de avena y pasta. Nada de carne roja desde su sanción en 2010 hasta su retirada. En sus últimos años llegó a pasar tanta hambre que le costaba dormir. Nada que ver con Chris Horner, que ganó La Vuelta 2013 con 41 años con hamburguesas y comida basura como base de su menú.

El pelotón separa ahora a dos tipos de ciclistas: los que se formaron sobre la marcha sobre qué es lo mejor para comer y aquellos que lo traen de serie. Sin preocupaciones y a disposición de los nutricionistas y cocineros que conforman cada equipo. «Prohibido no tienen nada, ya saben ellos dónde está el límite», señala Jon Carazo, el chef vizcaíno del Lidl-Trek, encantado con la nueva generación de corredores. «Se mueven en márgenes muy pequeños de peso. Empiezan el año con tres kilos más como mucho y los bajan progresivamente».

Una persona adulta acostumbra a necesitar entre 2.500 y 3.000 calorías al día. Con eso, los ciclistas desfallecerían a mitad de cada etapa. «Depende del peso, pero en los días más duros pueden llegar a ingerir hasta más de 7.000». El esquema habitual de tres comidas al día se suprime. El corredor profesional come a todas horas. Por lo que el mito de que pasan hambre es falso. Ahora no. «Nunca pasan hambre. De hecho, nuestra lucha es que coman suficiente y no se queden cortos».

Carazo asegura que asusta ver el desayuno de cada uno. El baracaldés, remero de éxito antes de dar el paso al ciclismo, coloca la comida para que se sirvan del bufet que prepara. Pero los platos hondos no son lo suficientemente grandes para que les quepa todo. «Tengo que pedir los recipientes donde hacen las ensaladas porque si no… no hay manera. No tiene sentido que el corredor haga tres viajes a pesar de la avena». Las cantidades las pauta la navarra Virginia Santesteban, nutricionista y una integrante más de la extensa nómina de españoles del poderoso equipo con licencia alemana.

El menú

Los aficionados tienden a hacerse la misma pregunta ante una exhibición como las que está protagonizando Paul Seixas. ¿Qué comen estos tíos? Las mesas de comedor de cada equipo suelen ser copiosas y similares. «No van a coger a las napolitanas de los turistas», bromea Carazo, que, atención, pasa a enumerar la lista de productos que prepara. «Pan que está hecho de la mañana. Porridge de avena, pancakes, fruta, sobre todo fruto rojo, fresas, arándano, frambuesa…». Según entran por la puerta los ciclistas, Carazo les hace tortilla francesa o huevos. Tienen también cremas de cacahuete, mermeladas, miel. Y arroz con leche. «Lo hacemos con leche de arroz para bajar las grasas y azúcar. Está buenísimo», describe el chef. Tampoco faltan clásicos como el bicarbonato, que tampona el lactato. «Les permite mantener el esfuerzo maximal un poquito más antes de que el cuerpo empiece a decir que está doliendo».

Durante la carrera, ahora triunfa el Rice Krispie con marshmallows (golosina), un cuadrado de arroz crujiente con aceite de coco. Al terminar la etapa, lleva unos años popularizado un zumito morado. «Es un extracto de cereza negra. Es un antioxidante que toman para recuperar. No está muy malo. Es un poco ácido, pero eso frío al llegar a la meta creo que está agradable».

Y a la cena, predomina la verdura. «Cocinadas a la plancha, asadas o al vapor». Y caprichos siempre a disposición. Como el chocolate, siempre con alto porcentaje de cacao para que sea más bajo en grasas. Los ciclistas pueden elegir solo lo que les guste. «Nos adaptamos a sus preferencias. No es sostenible si no». Si a alguien no le gusta el pescado, no tiene por qué comerlo. Tiene pollo, pasta y snacks o tostadas para antes de dormir. El bicarbonato es de lo poco que no tiene buen sabor. «La clave es que las cosas que hacemos se vean como lo que ellos quieran y tengan lo que necesitan». Ayuso, tras su mala crono en Bilbao, pudo desquitarse con una tarta de zanahoria.