Es una calle más bien umbría, llena de talleres de mecánica del automóvil en un barrio madrileño cerca de Matadero. La fachada está pintada de negro y apenas un pequeño cartel señala el lugar. Estamos fuera de Factory Of Dreams, el estudio en Madrid del artista Okuda San Miguel. Traspasar las puertas es pasar del negro al caos del color. Un caos contenido en polígonos, donde la vista no puede estarse quieta, atrapada por decenas de estímulos a la vez.
Óscar San Miguel Erice se levantó un día en plena adolescencia en su casa de Santander y decidió que se haría grafitero, y volvió a nacer como solo los grafiteros renacen, pegado a una pared y con una nueva identidad, Okuda. Ese nombre le acompañaría los 30 años siguientes, hasta convertirse en un referente del mundo del arte, en un icono pop que ahora celebra esas tres décadas de llevar el color a todos los soportes posibles, de un lienzo al techo de una iglesia, de una escultura a un faro de costa, de una performance a una fábrica abandonada y de un Porche a un enorme edificio en pleno Moscú.
«Cuando hay este tipo de aniversarios me gusta buscar atrás, ver mis piezas del inicio, letras sobre todo, y busco en los libros que hemos ido haciendo, porque el material real se ha ido extraviando y muchas cosas se quedaron por el camino… He tenido tres mudanzas de estudio. De casa, igual he tenido, no sé, 10, 20, ni lo sé», nos cuenta Okuda.
Para el documental de Equilibri Universal [una escultura monumental de 25 metros de altura diseñada por Okuda para la Falla Municipal de Valencia en 2018] fuimos a rodar con mis padres a Cantabria, a Cuchía, y recuerdo encontrar en las vías una de mis primeras piezas, que era del 96. Era horrible, eh, porque claro, ni siquiera tenía una marca de spray buena». Y es que en sus inicios Okuda se apañaba «con lo que había en la ferretería».
Volvamos al presente. Llegamos al estudio con tiempo de sobra y encontramos a Okuda dibujando caras poligonales en una obra donde varias personas bailan con atuendos rituales africanos. Está sonando Bad Gyal a todo meter. La cadena le brilló en lo oscuro, canta ella mientras aquí todo es color y luz y Okuda traza triángulos al ritmo peleón de la catalana. La obra de San Miguel, caracterizada por la fragmentación geométrica de formas y el uso de vibrantes prismas multicolor, como los prismas irreverentes de un buen perreo, se ha plasmado en más de 300 proyectos realizados en más de 100 ciudades de 50 países.
Okuda San Miguel comenzó su carrera en la década de los 90 como grafitero en su Cantabria natal, interviniendo fábricas abandonadas y espacios industriales con un lenguaje ligado a la cultura urbana. Aquellos primeros trabajos, marcados por una estética más orgánica y oscura, evolucionaron progresivamente hacia el universo geométrico, colorista e irreverente que hoy define su obra. «Los modelos establecidos están para romperlos», deja claro.
«Yo creo que lo coherente es que evolucionen las dos personas al tiempo», dice sobre artista y persona. «El hecho de que viva ya hace 25 años en Madrid y de que lleve viajando por el mundo los últimos 20 años, me han hecho crecer como persona increíblemente y, sobre todo, como artista, pero paralelamente», añade.
Su estudio, su factoría de sueños, es un ir y venir de personas de su equipo. Hay zonas de exposición que se mezclan con la carpintería, la zona de pintura, oficinas, un Porche pintado de mil colores que sería complicado de explicar a la hora de llamar al seguro, y objetos de todo tipo por todos lados, todo sobre un fondo blanco que aúpa los colores.
Okuda nació en la calle, pero también tuvo su ración de pupitre. «Siempre digo que he tenido dos aprendizajes, el de la calle y el académico, y eso te nutre, no solo a la persona, sino al artista también», explica.
Okuda no buscó ni su estilo ni su profesión, sino que encontró ambas cosas por descarte de todo lo que no le gustaba. «Me defino por descalificación del resto de las cosas», sentencia. «En el instituto tienes que estudiar ciencias, o letras, o de tal o de cual, pues digo, mira, es que nada de esto soy yo y esto otro [artes] sí, porque resulta que llevo dibujando sentado en la parte de atrás de las clases desde que era pequeño», rememora.
«Nunca ha sido un plan, nunca pensé que iba a tener este estudio gigante, nunca pensé que iba a viajar por el mundo, porque yo me he criado en un en un barrio de Santander con prostitutas y universitarios… el mundo allí es muy pequeño, pero lo haces todo lo grande que tú quieras hacerlo», dice sobre sus orígenes.
Un artista que nos recibe vestido con un atuendo lleno de color, de formas distintas, y con los calcetines desparejados (Chelo, su pareja, y él se los intercambian) parece mucho más joven o, como poco, atemporal. «Tengo 45 años y no siento que los tenga, me siento más como sin edad, y cada vez me siento mejor», afirma, por lo que ni loco volvería atrás, como sí quisiera mucha otra gente.
«Me siento mejor que nunca, más liberado que nunca, a nivel artístico en mi mejor momento y a nivel personal también, y eso es tanto por las cosas buenas como por las malas que te pasan, que te hacen crecer y tener una perspectiva más amplia a nivel psicológico», expone.
No hay artista sin musas. Él pintó a su hermana y a sus amigos, que se convirtieron en formas de todo tipo. «Las letras que hacía en la calle las empecé a geometrizar, a convertir en círculos, rombos y triángulos, y eso lo fui incluyendo en una especie de arquitecturas geométricas en las cuales pintaba cuerpos, tanto realistas como surrealistas».
Y aunque el suyo sea un surrealismo vital, histriónico, estimulante y explosivo, con una onda expansiva de color y luz, bebe de los clásicos. «De Dalí, de Max Ernst… pero sobre todo el Jardín de las Delicias de El Bosco. La verdad que es la gran obra maestra, sobre todo porque es muy adelantada al tiempo del surrealismo. Llevo años haciendo como zooms de varias de las de las acciones que pasan en esa obra y llevándolas un poco a a mi mundo», revela.
San Miguel no es ajeno al mundo digital, aunque añore cuando las cosas se tocaban y tardaban. «A finales de los 90, principios de los 2000, yo me mandaba cartas con gente que no conocía, mandando fotos de piezas mías y llegaban de repente piezas de una de un artista de Irlanda», rememora.
La de grafitero es una actividad que siempre se ha movido entre el reconocimiento del arte y la condena, no muy bien visto. Hoy en día no ha cambiado, pero es que «hoy en día está mal visto todo. Por ejemplo en Rusia, un país en el que te enseñan el arcoíris de pequeño y te lo quitan de mayor», reivindica.
Y es que Okuda es un firme defensor y abanderado de los derechos y reivindicaciones LGTBIQ+, incluyendo dos obras gigantes en Moscú, capital de uno de los países más homófobos del planeta. «Desde el estudio no lo vieron tan bien, porque pensaban que no íbamos a salir de allí, obvio», dice sobre cuando viajó a la capital rusa a trabajar. «No tengo solo un mural de activismo LGTBI en Moscú, tengo dos. El primero fue muy gracioso, estaba enfrente de la estación central de Moscú. Hay que mandar un boceto para que el gobierno dé el okay. El boceto era de dos chicas bailando alrededor de un árbol encima de una cabeza. Pues quitaron los genitales, por lo tanto, se quedaron dos chicos trans bailando alrededor de un árbol«, dice divertido porque la censura acabara por darle la razón.
En otro mural, de 25 pisos de altura, donde pintó una especie de construcción de la bandera LGTBI con el círculo cromático, su ayudante local pintó el violeta de la bandera gay de color azul oscuro porque «pensaba que si pintábamos el violeta me iban a detener y a ella también».
«La celebración o la manifestación del orgullo no es un ataque, es una necesidad de hacer ver que la gente existe», reivindica. Aviso a navegantes de Okuda: «¿Tú quién eres para opinar sobre mí? O sea, la libertad está ahí, en que cada uno sea como quiera ser y ya está«. «Tengo la suerte de que no me preocupa en absoluto lo que piensen los demás, entonces estoy muy centrado con lo mío y muy contento con lo que he generado», hace ver.
¿Por qué los nazis robaban arte? ¿Por qué en un país homófobo quieren grandes obras de arte? ¿Por qué el arte interesa incluso a los monstruos? «El arte es un valor. Siempre ha estado para generar o para visualizar cambios sociales en la historia y también para contar lo que ha pasado. Es normal que los grandes dictadores y los grandes imperialistas tengan el arte como un valor», reflexiona.
En este punto Okuda hace ver la disyuntiva que le provoca la religión, un tema que le ha inspirado muchas veces, convirtiendo símbolos e iconografía en obras con un mensaje distinto al original. «Hay que agradecer, parece mentira que lo diga yo, a la iglesia o a las grandes religiones que mantuvieran el arte, pues eran los que podían pagar a los artistas para hacer arte y durante siglos muchas grandes arquitecturas fueron religiosas», concede. Pero «todo lo demás ha sido tener al pueblo sometido con la fe. Tengo una perspectiva bastante amplia de lo que son las religiones, al final, depende del lugar en que estés, son básicamente lo mismo, pero con distinto collar o con distinto nombre», opina.
¿Para qué crea Okuda? «Mi obra abandera y el mensaje principal es libertad, la diversidad y la inclusión», expone, dejando claro que la modernidad no es más que el resultado del parto de lo que ya se hizo, se vio o se dijo. «para avanzar hacia adelante hay que echar una gran mirada hacia atrás y valorar las tradiciones, culturales, indígenas, ancestrales y considerar la evolución del ser humano, sobre todo con respeto hacia todas las culturas» y a la «retroalimentación tan interesante» que provocan. Se trata, pues, de «no perder la identidad de cada cultura y de seguir hacia adelante con respeto y con retroalimentación».
En el estudio hay un oso gigante de… de colores, claro. El suelo es de colores. El patio, una estrella de color con iconos de personajes de animación. Y en cada pared, en cada hueco, hay obras de todo tipo, siempre con el sello Okuda. Nos fijamos en una de gran formato. En un rincón hay una patera donde un pequeño Donald Trump se ha colado entre africanos negros. ¿Le influye el mundo actual, la guerra? Le preguntamos al artista.
«Tengo un mundo muy personal e intento no dejar entrar a la realidad», hace ver. «De hecho, recuerdo que en la pandemia vivíamos siete personas en mi ático. Trabajábamos todos los días, teníamos cuadros grandes para trabajar, Chelo pinchaba en la terraza, lo pasábamos muy bien, pero, sobre todo, porque dejamos de ver la televisión a la segunda semana, porque vivía en el centro de Madrid y ya con los sonidos de las ambulancias teníamos bastante. Ahora, con esta movida de la guerra, pues tampoco veo la tele», dice.
Aunque no se puede vivir de espaldas y «hay momentos de la historia que sí que me han pedido o me han exigido eh una crítica social». Está ahí, entre geometrías, solo hay que apartar el velo del color alegre con una mano imaginaria para ver que los triángulos alargados de mil colores que pueblan las obras de Okuda pueden ser también dagas contra las injusticias. Si hay una onda expansiva que sea de colores.
A sus 45 años Okuda San Miguel ya se estudia en el colegio y en escuelas de arte. A su estudio acuden colegios y comparte ratos con los escolares, junto a los que se pone a dibujar. «Creo que se ha rejuvenecido el profesorado y eso es maravilloso porque eh me encanta inspirar a las nuevas generaciones, me encanta recibir aquí a colegios y pintar con ellos y que y que no solo vean a los futbolistas como sus ídolos, sino que miren a un pintor como un referente», dice Okuda.
A los 30 años de empezar, ahora Okuda quiere llevar su arte «al siguiente nivel», o lo que es lo mismo, «que la gente lo viva no solo como espectadores, sino que forme parte de él, incluso que lo puedan habitar».
Okuda vive de su arte. Vende sus obras. Aunque a veces le duela que se vendan. Y aprendió una importante lección sobre esto: «Estuve una vez con Rafael Canogar [un referente del arte abstracto] , que es un grande y, obvio, tiene más experiencia que yo. Y recuerdo que él hizo una retrospectiva y me dijo, ‘mira, yo me he comprado algunas de estas obras por cuatro veces el precio por el que las vendí’. Y se me encendió una bombilla y dije, bueno, lo que hay que hacer es quedarse con muchas obras más de las que vendo».
A Okuda le cuesta desprenderse de sus obras. «Si mandamos 20 obras a una exposición a Lisboa y vienen la mitad, me quedo con dos o tres, seguro». «Yo doy una oportunidad para venderlas y si es que no, eso es porque son para mí. Y estoy tan contento de vender como de no, porque me quedo con más piezas», cuenta.
Pero es prolífico y vende muchas piezas, a precios que pocos artistas vivos pueden poner a sus obras. Además, recibe encargos de todo el mundo. Del Kaos Temple, en Llanera (Asturias), una capilla convertida en skate park al Evolution of Language, en Saginaw, Michigan (EE UU), en un proyecto de regeneración de una zona abandonada de la ciudad, pasando por el itinerante NEO KAOS GARDEN, elrow, un «Jardín de las Delicias en el SXXI» para vivirlo desde dentro en el evento musical «más exitoso y colorido del mundo».
Okuda le tiene echado el ojo a un edificio singular. «Estuve un tiempo buscando edificios abandonados por el mundo y encontré una iglesia con forma de pollo en Yogyakarta, en la isla de Java, muy friki, la verdad, muy rara, y esa la verdad que sería muy guay intervenirla porque es como una escultura gigante, es una maravilla», revela.
Okuda acaba de inaugurar la exposición Rituales y rutinas, una serie de obras que conmemoran su 30 aniversario en el arte, inspiradas en sus viajes a Níger, Burkina Faso y Malí. En paralelo, esta celebración tendrá su reflejo en Coloring the World, la fundación con la que apoya y visibiliza numerosas causas sociales, y en otras muchas iniciativas de difusión y divulgación del arte: un máster UCM titulado Okuda San Miguel, El color como herramienta de cambio; un documental sobre la filosofía del artista y una exposición internacional itinerante del 30 aniversario.
Se acaba la entrevista. Una última vuelta por Factory Of Dreams y nos encontramos a Marcos Chelo, la directora cromática, centrada en planificar los colores de los polígonos que antes dibujó Okuda. «¿No tendrás un spray usado que llevarnos de recuerdo?». Nos ponemos pedigüeños. Nos lo da de buena gana, y salimos.
Vuelta a la realidad. La calle parece más apagada, desaturada, con el contraste bajo. Cuando has visto el mundo de colores vibrantes, cuesta hacerse a los colores pastel de la vida. Nos alejamos con nuestro spray regalado, que aún tiene pintura…