Antes de regresar a su estudio de París para seguir trabajando en el último de los tapices que lucirán en la reconstruida catedral de Notre-Dame, Miquel Barceló (Felanitx, 1957) visitó Cádiz para inaugurar la exposición Reflejos. Picasso x Barceló, que hasta el 28 de junio puede visitarse en el Museo Provincial, y protagonizar una mesa redonda sobre la muestra. Minutos antes de esta cita, que tuvo lugar en el Centro Cultural Fundación Unicaja, el artista vivo más cotizado de nuestro país compartió con Diario de Cádiz sus impresiones sobre la exposición, una mirada sobre su trayectoria y sus más inminentes proyectos.
Pregunta.–¿Cómo se ha sentido al poner a dialogar sus piezas con las cerámicas de Picasso? ¿Reflejado, como reza el título, medido o complementado?
Respuesta.–Pues un poco las tres cosas. Yo es que miro a Picasso desde que tenía 12 años, desde muy niño es un artista que he seguido mucho. Y, particularmente, en la cerámica. Yo empecé hace muchos años a hacer cerámica y él era uno de los artistas, pintor como yo, que también la había hecho y que, creo, que también sospechaba que la cerámica era, de alguna forma, una prepintura. Algo anterior a la pintura. Antes de que la pintura y la escutura fueran cosas distintas, la cerámica contenía ambas, es un poco un material genérico, que por eso gusta tanto a los pintores.
P.–En la inauguración de la exposición, sin embargo, me pareció que contraponían sus estilos cuando explicaron que la cerámica de Picasso es más utilitaria y práctica y la suya, más salvaje.
R.–Sí, efectivamente, y creo que tiene que ver a que yo empecé a hacer cerámica en África y empecé desde material, desde la arcilla. Es decir, mi punto de partida no era desde la alfarería sino desde la fabriación de la arcilla, la fabricación de la vasija desde el material cero. En África eso es un trabajo de mujeres, a mí me enseñaron ellas. Me enseñaron a escoger dónde hay tierra que puedes convertir en arcilla, después cocerla y así todo el proceso. Fue un poco un trabajo antropológico, en el sentido de volver al inicio y averiguar qué sentido tiene eso hoy en día y qué sentido tenía en mi tierra, en Mallorca, donde el turismo y la vida moderna hacían que la cerámica se hubiera convertido en algo puramente decorativo, ornamental y no utilitario. Excepto en poquísimos casos, casi todo era ornamental. Entonces, me gustaba un poco darle la vuelta, por eso me decidí a montar una alfarería y de la forma que la monté.
P.–Explíqueme
R.–Pues por la especulación urbanística y la industria turística, las antiguas alfarerías se habían convertido en fábricas de ladrillos, así que cuando llegó la crisis del ladrillo, y todo eso se fue al cuerno, compré una de esas ladrillerías y la volví a convertir en una alfarería se convirtieron en ladrillerías. Me gustaba la ironía de convertir los ladrillos, que también es una forma de arcilla, en arte. Bueno, un poco toda esa filosofía también está en esta exposición que podemos ver en Cádiz. Pero, también te digo, de los aspectos más bonitos para mí ha sido ponerme a dialogar con la historia.
P.–Claro, con las piezas arqueológicas del Museo de Cádiz, como anteriormente lo había hecho en Almería.
R.–Sí, en Cádiz con un tipo de piezas, en Almería con otras… Realmente es maravilloso porque es muy improvisado, nunca venimos con una idea preconcebida. sino que voy escogiendo las piezas en el momento y por intuición las voy juntando, como lo haría en mi taller. Así que podría hacer la misma exposición de diez formas distintas.
P.–Sí, y sin embargo, en todas creo que estaría ese mismo mensaje de la resistencia de la humildad, ¿no? Usted decía, el oro se vende o se funde, el cobre desaparece, pero la cerámica ha quedado, es lo que ha sobrevivido a lo largo de milenios
R.–La resistencia de la humildad…, esa reflexión que haces también nos sirve para los humanos, ¿verdad?… Pero sí, la modestia de la arcilla es su fuerza. Todo el mundo quiere el oro, el bronce, por eso la arcilla se queda, porque nadie se se toma la molestia, ni siquiera, de destruirla. Por eso hay cerámicas de 5.000 años en todas partes y pocas veces encuentras esculturas de oro de 5.000 años. No queda nada, todo ha sido arrasado y convertido, y reconvertido, en otra cosa. Sin embargo, a veces pasamos por alto que de cerámica se hacen los tornillos de los satélites, los huesos que se usan para transplantes, cuchillos que cortan como una navaja… Hay cerámicas más resistentes que el metal y que se comportan mejor a altas temperaturas. Es un material muy interesante, antiguo y moderno a la vez, y, bueno yo me siento muy cercano a él, en la Biblia mismo, empezamos como arcilla…
P.–Pues hablando de asuntos divinos y humanos, ¿hay novedades sobre la Puerta de la Gloria de la Sagrada Familia?
R.–Creo que en junio van a anunciar algo. Yo, de momento, he trabajado mucho en el proyecto, y sigo trabajando, pero todavía no puedo anunciar nada porque no tengo ninguna certeza. Es muy excitante como proyecto, pero también es un proyecto de 15 años, es algo como faustiano, como firmar con sangre un contrato, pero la realidad es que a mí me gustan este tipo de empeños, como hacer un cuadro gigantesco. Es muy bonito el tema y es muy bonito que sea delante del mar, en Barcelona, en la calle Mayor. Tiene muchos ingredientes interesantes.
P.–¿Y cómo van esos tapices de Notre-Dame?
R.–Estoy, estoy. Me falta uno. Ahora cuando regrese a París a ver si lo acabo, es que con la Sagrada Familia no he tenido mucho tiempo. Pero, bueno, tres en fabricación y uno más que está medio hecho en el taller. Es muy bonito estar haciendo esto porque yo vivo en mi taller de París, que no está lejos de Notre-Dame. De hecho, cuando se quemó lo vi con mis hijos desde el taller y fue lo más triste del mundo. Cuando vimos vimos caerse la aguja fue una cosa horrorosa y, por eso, considero una suerte y una alegría poder colaborar un poco en su reconstrucción.

Miquel Barceló, en un momento de la inauguración de la exposición en el Museo de Cádiz.
/ Julio González
P.–No sé si llamarlo suerte, pero lo que me resulta curioso es que en un tiempo donde no se construyen catedrales es usted un artista que ha intervenido en dos y, si le sale la Sagrada Familia, serían tres
R.–Sí, sí, es cierto. Yo tampoco sé cómo tomarme esto, pero desde luego es curioso, es curioso… La de Palma y, sobre todo, lo de Notre-Dame es muy bonito porque es como muy central, está en mitad de Europa y en mitad de París, y el proyecto tiene una fuerza… Pero también es verdad que el altar de la Catedral de Palma me cambió un poco todo, porque mi trabajo fue distinto después. De hecho, fue mi primera gran formato de cerámica pues antes sólo había hecho piezas de dos palmos o medio metro, pero ahí intuía que podía usar la cerámica como técnica para hacer como una piel, como un fresco con relieve, para aplicar mi pintura.
P.–Vaya, me parece muy valiente que probara algo nuevo para usted en un espacio con tanto foco…
R.–Bueno, más bien incauto (ríe). No me daba mucha cuenta, pero tuve la suerte de tener a gente que me apoyó mucho como el obispo de Palma.
P.–Creo que usted no es creyente, que se reconoce como agnóstico…
R.–Sí, pero para enfrentarse a este tipo de trabajos eso da igual. Es como si eres futbolista y como aficionado eres de un equipo pero te fichan en otro diferente. Lo importante es hacerse cargo de dónde estás y qué estas haciendo. No sé. Yo no trabajo igual en un espacio sacro que en uno que no lo es, sé dónde estoy, es diferente pero, de todas formas, no creo que mis creencias sean importante porque, además, a mí me interesa, aunque crea o no, ni siquiera ya soy tan tajante. Mi relación con la Iglesia Católica es de un hombre que nació en España en el 57, y te aseguro que era muy pesado ser cristiano en España en los años 60. Yo me alejé mucho por necesidad y ahora ya lo veo desde otro punto de vista, hay aspectos que me interesan mucho. No sé, es complejo en realidad.
P.–En 2011 fue de nuevo reconocido como el artista español vivo más cotizado. ¿Todavía tiene el título?
R.–Pues no sé, no me fijo en eso, ni sé dónde se mira. Son cosas que oyes pero, después, ¿qué más? A mí no me afecta mucho eso, no cambia nada de mi vida, ni mi día a día, ni nada de eso. Por suerte yo vivo de mi trabajo desde hace muchos años. Y eso sí me gusta.
P.–¿Tampoco le afectan las expectativas, la presión, el ruido alrededor cuando está preparando un proyecto…?
R.–Creo que yo he aprendido a no fijarme mucho en eso. Mi trabajo requiere de tanto tiempo que no me da para preocuparme de lo que digan, eso se queda en algo como muy secundario. Llevo muchos años pintando, empecé muy joven y, al menos cuatro cosas sí que he aprendido en este camino, y que mis energías tiene que estar puramente puestas en mi trabajo y no en lo que digan, es una de esas cosas que aprendí pronto.
P.–¿De qué obra se siente más orgulloso? No pregunto por la mejor, sino por la más querida para usted.
R.–¡Pues nunca lo he pensado! Dame un momento… A veces las cosas que cuestan mucho, uno las quiere mucho justo por el esfuerzo, pero hay otrs que han salido en un segundo y tienen cierto componente sentimental, o que desaparecen… ¡Sí, esas son! Las más queridas son las obras efímeras, las que han desaparecido. Por ejemplo, la gran vidriera que hicimos en la Biblioteca Nacional de París inspirada en El gran vidrio (de Marcel Duchamp) y El Libro de las Maravillas (Ramon Llull) que era un cristal de 300 metros con arcilla en el que yo dibujaba con el cuerpo, con las manos, y desaparecía. Me gusta porque tiene la ligereza de algo que no queda, que es efímero, que no añade peso al mundo y es sólo memoria. Como un buen cante cuando se disfruta en el momento.
P.–¿Es muy aficionado?
R.–Sí, bueno, yo no sé tocar, ni cantar, ni nada, pero me gusta mucho. Tengo muchos amigos, de hecho, he aprovechado la visita a Cádiz para ver a mi amigo Rancapino, que pasé una noche estupenda, lo vi estupendamente, guapísimo está Alonso, y pude disfrutar también de un poquito de su cante y del de su hijo Alonso. Una gran noche. Y bueno, muchos amigos flamencos que vienen a París han venido Hay muchos cantores que han venido a casa. Ya sabes,. José (Camarón de la Isla) que venía todos los años a París y al que tuve el gusto de hacerle la portada de Potro de rabia y miel, se venía a casa, y también otros grandes artistas como Duquende o Moraíto, el pobre, que también se murió y era muy amigo.