Durante años, los edulcorantes artificiales se posicionaron como una solución casi perfecta en la alimentación moderna: permitían consumir dulce sin las consecuencias asociadas al azúcar. Sin embargo, a medida que la evidencia científica se acumula y se vuelve más compleja, esa promesa empieza a requerir una lectura más matizada, en la que la ausencia de azúcar no necesariamente se traduce en una mejora automática para la salud.