Se prepara en México producida por la multinacional Netflix una serie televisiva sobre una de las parejas más famosas, cuya tormentosa vida y sus obras pictóricas traspasaron las fronteras de su país para ser conocida en muchos otros. Frida Kahlo y Diego Rivera estuvieron siempre enfrentados y ardientes de amor. Una lucha constante, sin que dejaran sus pinceles con los que representaban tanto imágenes folklóricas mexicanas como rostros en lienzos donde también expresaban sus propias sensaciones, en las miradas, en los trazos a veces violentos.
Se conocen los responsables del proyecto, Patricia Riggen y Gabriel Ripstein, embarcados en un trabajo denso en el que tendrán que reflejar aquella relación tormentosa del matrimonio, marcada por la pasión, la creatividad y la contradicción. El MoMA de Nueva York está interesado también en instalar en sus galerías una muestra del arte de aquellos dos artistas geniales de la pintura, en colaboración con el Metropolitan que estrenará una ópera inspirada en ellos, con el título El último sueño de Frida y Diego.
De por sí, al margen de esos acontecimientos, la vida y obra de ambos personajes merece recordarse. Una pareja sin lugar a dudas influyente en el arte del siglo XX.
Patricia Riggen y Gabriel Ripstein | Netflix
Las dos desgracias de su juventud
Magdalena Frida Carmen Kahlo y Calderón nació en la ciudad azteca de Coyoacán en 1907. Su padre era fotógrafo. Contrajo poliomielitis a temprana edad, lo que le obligó a guardar cama durante mucho tiempo. Deseaba estudiar Medicina aunque por las circunstancias de su delicada salud fue interesándose por el dibujo y más tarde por la pintura. Una temporada la dedicó como aprendiz de un taller de grabado.
Creyendo haberse restablecido para llevar una vida normal, el destino le aguardaba un terrible accidente. Viajaba en un autobús, acompañada de su novio, Alejandro Gómez Arias, cuando ese vehículo fue arrollado por un tranvía. Hubo varios heridos y entre ellos Frida. El parte médico era escalofriante. Su columna vertebral quedó fracturada en tres partes. Fracturadas dos costillas, una en la clavícula y tres en el hueso pélvico. Su pierna derecha también fracturada en once partes; su pie derecho se dislocó. Tuvieron que operarla en treinta y dos ocasiones. La prolongada convalecencia le sirvió para empezar a pintar.
El encuentro con Diego Rivera marcó su futuro
Frida Kahlo se especializó en el retrato. Hizo muchos a lo largo de su corta vida, calculándose que firmaría alrededor de ciento cincuenta, el primero teniendo de modelo a su antes mencionado novio, en 1926, al que se lo regaló, naturalmente. Fue a partir de entonces cuando ella frecuentó los ambientes artísticos e intelectuales de Ciudad de México, donde conoció a Diego Rivera, veintiún años mayor, que ya era un pintor conocido por sus murales.
El encuentro de ambos se produjo siendo Frida una jovencita de quince años cuando él estaba realizando un mural en la Escuela Nacional y ella era una de las pocas alumnas. Diego era un mujeriego y pronto se fijó en Frida, cuyo rostro se recordará como poderoso en su mirada de ojos oscuros, y pilosidad bajo la nariz, que a ella no parecía importarle llevar, quizás habitual en mujeres campesinas de aquellas latitudes.
La amistad entre profesor y alumna, ella embobada con el genio pictórico de Diego, fructificó pronto en noviazgo, que acabó en boda exactamente el 21 de agosto de 1929. Quedó Frida embarazada pero como secuelas de aquel grave accidente de autobús, a los tres meses quedó interrumpido su embarazo. En dos ocasiones posteriores le pasó otro tanto, pues intentó la maternidad aunque al principio su ginecólogo le previno que no lo conseguiría. Lamentablemente sufrió, como decimos, un par de abortos espontáneos. Si ya arrastraba insufribles dolores físicos, añadió a estos una profunda tristeza, el último en 1932.
Atracción por el arte indígena
Trabajaban con denuedo, ella con los pinceles ante el caballete y él dedicado a los murales que le dieron la fama. El arte indígena los acercó en cuanto a gustos pictóricos. Ella, además, solía vestir con llamativas telas coloristas. Solía decir que sus retratos reflejaban un mensaje de dolor, el que ella, insistimos, padeció hasta su muerte.
Diego Rivera era un hombre intempestuoso, que ya lo parecía sólo con mirarlo: pesaba ciento veintinueve kilos y medía metro y ochenta y cinco centímetros. Y eso que de niño parecía enclenque, raquítico, para llegar a mayor con una abultada barriga. Había nacido en Guanajuato el 8 de diciembre de 1886 junto a su hermano gemelo, Carlos María, que murió al año y medio.
Relacionado
En los medios artísticos, puede que también entre gentes del pueblo, eran motejados como el elefante y la paloma, sobrenombre adecuado a la complexión física de Diego y a la delgadez de Frida. Ella lo amaba con dulzura, él apasionadamente. Pero la engañaba. Confesaba no poder vivir con una sola mujer. Muchas fueron sus amantes, consecuencia de lo cual esa infidelidad martirizaba a la muy sensible Frida. Sus peleas eran interminables. Nada extraño es que se divorciaran en 1940, cuando ella también le ponía los cuernos en justa correspondencia. Lo que nunca le perdonó ella es que se acostara con su jovencísima hermana Cristina, a la que avasalló con su corpulencia, lujurioso.
Trotski entra en su vida
La verdad es que Diego Rivera, aunque la quisiera, era muy desconsiderado con su mujer, tosco en sus maneras, incapaz de amarla como no fuera con desatada furia. Pero es que el tipo se las traía. Se casó cuatro veces, era celoso y maltrató a todas las amantes que poseyó, pues si se hubiera presentado a un improbable concurso de machistas hubiera resultado ganador.
El divorcio llevó a Frida Kahlo a consumir alcohol, depresiva, con el que mitigar sus dolores físicos y psicológicos. En esa situación tuvo amoríos, pero ninguno como su relación sentimental con León Trotski, el revolucionario ruso.
Cuando este se exilió en México huyendo de Stalin, entró en contacto con Frida y Diego, que se habían vuelto a casar, tras permanecer un tiempo en Detroit, Estados Unidos, donde Rivera había sido contratado y ella aprovechó para vender también sus obras.
El contacto entre el político y la pintora se produjo en 1937, él con cincuenta y siete años y ella con veintinueve. Diego Rivera estaba complacido de tener a Trotski como invitado pero tarde o temprano tuvo que enterarse de que lo convirtieron en cornudo. Esa relación amorosa duró alrededor de tres años. Que pudo haber sido más larga, de no aparecer un agente estalinista, el catalán Ramón Mercader, que asesinó al revolucionario el 20 de agosto de 1940.
A esas alturas, la vida en común entre Frida y Diego era a veces un infierno y otras acababan encamados, como si entre ellos no hubiera una infidelidad permanente. En el recuento de las supuestas amantes de Rivera, aparecen los nombres de María Félix y Paulette Goddard, aunque él decía que sólo eran amigas. Puede que la razón del pintor prevaleciera en esos rumores, tratándose de dos estrellas muy atractivas del cine y Diego bastante feo, desprovisto de dotes para conquistarlas. Lo que no le faltaron fue un elevado número de mujeres desconocidas. En cuanto a Frida Kahlo, amén de relacionarse íntimamente con el pintor catalán Josep Bartolí y el escultor asiático Isamu Noguchi, se descubrió que asimismo mantenía amores lésbicos con Jacqueline Baker, Dolores del Río y Chavela Vargas.
Pasión y tormento hasta el final
Los murales de Diego Rivera ya comentábamos que gozaban de la admiración de críticos y coleccionistas, incluido en un cuarteto de colegas en donde estaban Siqueiros, Orozco y Tamayo. La fama de aquel trascendía fuera de México y a Madrid, por ejemplo, acudió pensionado por el gobernador de Veracruz para compartir experiencias con otros artistas. Si bien el éxito le fue siempre favorable y estaba muy cotizado por sus obras, tuvo también un tropiezo cuando el multimillonario Nelson Rockefeller le encargó un mural para la entrada en el Rockefeller Center, situado en la Quinta Avenida de Nueva York. Cumplió su obra el mexicano, salvo que al comprador no le gustó. Tenía sus razones. Rivera se empeñó en incluir entre los tipos que retrató en su mural nada menos que a Lenin y otros prebostes comunistas. Rockefeller destruyó aquella obra. ¿Por qué provocaba así a un personaje perteneciente a las grandes finanzas, simplemente porque él, Rivera, era comunista?
Frida Kahlo, a pesar también de que su ideología comunista era compartida con la de Diego Rivera, no llegó a conducirse como él. En México era reconocida por su arte. Estudiosos de su obra la definen según los periodos en los que abrazó el simbolismo, cubismo, arte naíf, realismo mágico y surrealismo, aunque esta última tendencia ella no la compartía. Sí en Francia, donde expuso en 1939, pero comentaría: «Yo no pinto sueños, sino mi propia vida».
Y así forjó su propio mito, porque sus retratos parecían salirle del alma, de lo que sentía, de los dolores que tuvo que padecer, de sus desilusiones con su marido… Reflejaban tanto su maltratada salud como la emoción que le provocaba su amor por Diego Rivera.
En Estados Unidos, la pintura de Frida Kahlo fue muy valorada. Un crítico dejó dicho que su pintura era su biografía.
Llegado el año 1950 estuvo un año hospitalizada. A una exposición acudió entonces en camilla. Tal recibimiento tuvo que ese día cantó, contó chistes… y se emborrachó.
A Frida le amputaron una pierna por debajo de la rodilla al infectarse por gangrena. Quiso entonces dos veces suicidarse. En aquellos días sólo se calmaba escribiendo poemas y dibujando en un diario esqueletos y ángeles, el último de ellos en color negro.
La noche del 12 de julio de 1954 murió a consecuencia de una embolia pulmonar. Diego Rivera, desconsolado, dijo: «Es el día más trágico de mi vida». Se fue de este mundo tres años más tarde. Pasión y tormento al final de la historia de la pareja.