Persiana Barcelona o cómo un pequeño gesto mediterráneo cambió el mundo del diseño
En la ciudad de Barcelona, donde la relación con la luz es casi una disciplina en sí misma, hay elementos que han formado parte del paisaje sin reclamar atención. La persiana enrollable es uno de ellos. Durante años, su papel fue estrictamente utilitario. Hasta que alguien decidió mirarla como proyecto. “Esto pasa en el año 2009”, recuerda Pau Sarquella. “Diana [Usón] y yo aún no éramos arquitectos y nos presentamos a un concurso para mejorar rincones del Raval”. Allí, entre calles estrechas y viviendas sin patios interiores, detectaron una escena cotidiana: ropa tendida protegida con plásticos improvisados. “Había cortinas de ducha, manteles… cada vecino hacía lo que podía”. La observación fue directa y, en cierto modo, clásica: entender un problema real antes de plantear una solución formal.

El taller donde se fabrican las persianas.
Un pequeño gesto que lo cambió todo
“Nos dimos cuenta de que la persiana tradicional no funcionaba bien en ese caso porque deja pasar el agua. Y algunos vecinos ya estaban haciendo algo interesante: mantenían la persiana por fuera y ponían un plástico por dentro”, explica Sarquella en el taller de Girona donde se hacen sus persianas a medida. La propuesta fue mínima en apariencia: modificar la geometría de la lama para que, en lugar de estar separada, se solapara. “Podíamos mantener la ventilación y evitar que el agua entrara. Era un gesto pequeño, pero cambiaba tanto el uso como la imagen de la calle”. Ganaron el concurso en 2010, pero el verdadero trabajo empezó después. Ese tránsito –del concepto al producto– define en gran parte la trayectoria de Persiana Barcelona, que en 2024 cumplió diez años convertida en un producto internacional sin perder su esencia. “No es un objeto hecho a mano al cien por cien, pero tampoco es una cadena automatizada. Se fabrica con máquinas antiguas y eso permite pequeñas variaciones que le dan carácter”, revela Pau.