Manuel Madrid

Jueves, 16 de abril 2026, 01:04

Las reinterpretaciones que hace Joaquín Vera (Murcia, 1997) de las invenciones de artistas de ayer y de hoy de la Región de Murcia no son fruto exclusivo de la comodidad, sino más bien de un entusiasmo en la frontera de la más pura veneración. En su breviario incluye a medio centenar de artistas, desde Pedro de Orrente y Francisco Salzillo a Miguel Fructuoso y Ricardo Escavy… nombres que reconoce en su zona de influencia y a los que ahora homenajea en la casa de todos: Glorieta Uno. No son referencias tomadas al azar, sino el motor de búsqueda para llegar a comprenderse como creador. En las obras referenciadas es donde halla respuesta a tres quimeras: «¿De dónde vienen mis impulsos, mis decisiones de color y mis formas?». La suavización de los ímpetus no es propia de la juventud aunque, si alguien la percibiera, me aventuro a atribuirla a los cabos sueltos que el pintor ha tomado de sus mentores y de los que tira con una imprevista miscelánea de respeto y atrevimiento.

La técnica del collage es el hilo conductor de estos vivísimos juegos de «influencias», en los que el espectador podrá apreciar cuán difícil resulta interpretar sin copiar. Vera no esconde su idolatría por el color. Es fácil quedar cautivado con esta facilidad para sugerir ideas, para componer paisajes y para narrar historias (ya sean escenas religiosas o rostros de Cristo, ya sean aventuras quijotescas, granadas, desnudos, cielos, flores, toreros o geometrías) gracias al ensamblaje de elementos y materiales tan dispares. Hay que ponderar sus condiciones para el dibujo exhibiendo un dominio de las anatomías y marcando volúmenes con el carboncillo. Manuel Fernández-Delgado, la mano ejecutora de grandes proyectos artísticos en Murcia, y primer director del Museo Ramón Gaya, descubrió la probidad que distingue a Joaquín Vera en Espacio15, el estudio y entorno de ‘coworking’ de Guerao Arquitectura, en el barrio capitalino de Santa Eulalia, donde ha venido mostrando sus trabajos con anterioridad, así como en Cuadros López.

Sus versiones no son fruto exclusivo de la comodidad, sino más bien de un entusiasmo en la frontera de la más pura veneración

Ya en esos entornos le llamaron la atención los trazos surgidos de su mano excepcional, la pulcra reinterpretación de las aguadas, la disposición de luces y sombras, las coordenadas subliminales, las maniobras bidimensionales, así como el uso hipnótico del celofán y la incorporación de cartones, recortes de prensa y páginas de libros que llevan al espectador a ajustarse bien los espejuelos para deleitarse, como puede sucedernos ante ciertas representaciones de Emilio Pascual. Son materiales extraídos de un viejo diccionario de francés-español del padre del artista, de cuando era alumno en el extinto colegio Ruiz Mendoza, que en algunas obras funcionan como una piel, o, en todo caso, como un tatuaje. Los hábitats imaginarios de Joseph Cornell, o los viajes surrealistas de Max Ernst, asoman entrelíneas sin pretenderlo.

Pinceladas líricas de Jorge Guillén, Carmen Conde, Eloy Sánchez Rosillo, Pedro Provencio, Soren Peñalver o Teresa Vicente embellecen los homenajes, una mirada honesta a artistas de distintas generaciones como Gaya, Vicente Viudes o Antonio Ballester, a los que tardó en reconocer sus méritos. Joaquín Vera admite que tenía «una conciencia mal formada», pues al principio denostaba lo propio buscando fuera del ámbito provincial a los impulsores del informalismo y del expresionismo abstracto. Fue en un tiempo en que estaba más interesado en el Grupo El Paso, en la Escuela Catalana y en otros focos culturales de Norteamérica que en lo que hacían, o habían hecho aquí, personalidades como Antonio Campillo, Elisa Séiquer, África Lozano, Sofía Morales, Araceli Reverte, Ramón Garza o Flyppy. Manolo Valdés y su reinterpretación de la historia del arte desde una mirada actual le hicieron reflexionar y acercarse con mucho más embeleso, sensibilidad y consideración a esas obras de Esteban Linares, Párraga y Antonio Martínez Mengual que sus padres tenían en casa y con las que, sin ser consciente, ha configurado los pilares de su génesis creativa.

Resucitar lo bello

Si es cierto que cada artista abre un mundo nuevo, la suerte de Joaquín Vera es que su forma de entender la pintura cambió gracias a todos ellos. En estos diálogos puramente ficticios obtiene las claves para afrontar importantes desafíos: la búsqueda de la coherencia estética, la conquista de la profundidad real, la domesticación de los espacios, el sentido de libertad en el trazo, la espiritualidad de la figura, la ponderación de lo cotidiano o las infinitas posibilidades del círculo cromático. Joaquín Vera, graduado en Derecho, ha aprendido a ser mejor pintor rodeándose de todo estos maestros, asumiendo por completo eso que Ramón Gaya tardó en comprender: «Lo bello no es más que todo cuanto puede ser resucitado, arrebatado a lo eterno, salvado de lo eterno y traído hasta la hermosa vulnerabilidad del presente». El presente nos regala, desde luego, esta generosa oportunidad para reconocer a «alguien capaz de dominar el lenguaje y, al mismo tiempo, reinventarlo». Esta sería la mayor aspiración de Joaquín Vera: ser considerado un artista, como él mismo reconoce que son Vicente Martínez Gadea, Hernández Carpe, Muñoz Barberán, Pedro Cano, Cacho y los demás creadores que reinterpreta para esta propuesta, desde el primero al último, y otros como Rafael Canogar, Manolo Miralles o Luis Feito. Gente con idénticos amores y dilemas.

En su breviario incluye a medio centenar de artistas, desde Pedro de Orrente y Salzillo a Miguel Fructuoso

Quizás va a resultar que Murcia no está tan lejos de Madrid. Nunca lo ha estado. Otra cosa es que haya habido gente que apostara, de verdad, por dar alas a tantos portentos. Tener en la sala Glorieta Uno a nuevos valores como Joaquín Vera ya es una declaración de intenciones.

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