Hace un par de décadas, nadie habría pronosticado que el nombre de Gus Van Sant acabaría diluyéndose en Hollywood. El dos veces nominado al Oscar como mejor director, la primera de ellas por su largometraje más conocido, El indomable Will Hunting, ha vuelto. Y lo ha hecho sin demasiado ruido pero, según las críticas, bastantes nueces: desde este 17 de abril, puede verse en las salas de España Prime Crime: A True Story.
Desde No te preocupes, no llegará lejos a pie, Van Sant no rodaba una película. Y de esto hace ya ocho años. Prime Crime tiene un reparto encabezado por Bill Skarsgård, pero en el que hay hueco para prácticamente todo el mundo: desde el actor de Stranger Things Dacre Montgomery, hasta siempre convincente Cary Elwes, el nominado a un Oscar Colman Domingo… y Al Pacino. Como dice su subtítulo en español (que, pese a estar en inglés, no es el de la película en los Estados Unidos), Prime Crime es una historia real. Te la contamos.
¿Cuál es la historia real de ‘Prime Crime’?
Pocos pueden “presumir” de tener un artículo de Wikipedia en el que se los presenta como “secuestrador”. Su primer y único oficio (en este caso, sin beneficio). Es el caso de Tony Kiritsis, personaje cuya historia se cuenta en Prime Crime, y que falleció en 2005.
Kiritsis nació y murió en Indiana. Criado en una familia de inmigrantes griegos, Kiritsis tardó años en dominar el inglés, competencia cuyo incumplimiento no lo privó de unirse al ejército de los Estados Unidos y llegar a ser instructor (de reducido perfil) en West Point. Pero en la vida de Kiritsis no hay un hilo conductor. Su vida son muchas vidas.
Por ejemplo, lo lógico es que acabase como héroe de guerra o algo por el estilo, pero lo cierto es que dejó el ejército como cabo y comenzó a rebotar de un trabajo no cualificado al siguiente. Nunca echó raíces: no se casó, ni tuvo parejas más allá del romance nocturno, ni siquiera mascotas porque, según su hermano, “no quería vincularse con nada”. Y helo ahí, años después, en prime time.
Tras varios problemas con la policía que no llegaron demasiado lejos, Kiritsis pidió un préstamo de cien mil dólares para comprar un terreno que planeaba convertir en un centro comercial. El proyecto no fructificó: ni siquiera hubo inversores interesados, así que fue incapaz de devolver el préstamo a tiempo. Y aquí empieza todo a ponerse interesante.
Secuestro en prime time
Por algún motivo, Kiritsis decidió que nada le estaba saliendo como él quería porque era objeto de una conspiración. Tras ella, estaba, presuntamente, Robert O. Hall, con quien se había hipotecado. Kiritsis creía que Hall saboteaba sus avances con el terreno y desalentaba a los inversores con el propósito no solo de recuperar todo el dinero, más indemnización, sino también de hacerse con sus tierras y venderlas por un valor mayor.
Un jueves de febrero, Kiritsis se presentó en las oficinas de Robert O. Hall con una escopeta de cañones aserrados y un alambre que unía su cuello al gatillo. Sin mediar palabra, le puso la escopeta a Hall en la cabeza y aseguró que si la policía le disparaba, el impacto provocaría automáticamente que él ejecutase a su rehén debido al alambre: un movimiento hacia atrás y su dedo muerto dejaría en el mismo estado a Hall.
Las cámaras y un locutor de radio se trasladaron al lugar: Kiritsis consiguió llevarse al dueño de su hipoteca a su propia casa y retenerlo durante 63 horas. De hecho, un fotógrafo tomó una instantánea del secuestrador y su víctima que ganó el Pulitzer. El abogado de Hall aseguró que su cliente se comprometía a condonar la deuda y a pagarle cinco millones de dólares, y que había un documento firmado a tal efecto. Entre tanto, Kiritsis se dirigió a la televisión nacional en vivo y en directo y se definió como “un héroe nacional de los que ya no quedan”.
Tras creer satisfechas sus demandas, Kiritsis liberó a su rehén a los dos días y medio de secuestro y fue inmediatamente puesto a disposición de un juez. Para sorpresa de nadie, los conocidos del secuestrador se llevaron las manos a la cabeza al conocer la noticia y definieron a Kiritsis, en síntesis, como alguien que siempre saludaba.
Un tribunal médico determinó que el paradero de Kiritsis debía ser un psiquiátrico, debido a que padecía una manía persecutoria exacerbada, y en él residió durante más de veinte años. Tras este tiempo, otro tribunal coincidió en el que el secuestrador no era un peligro para la sociedad y se lo liberó: tras viajar, volvió a Indiana y murió solo en su hogar, en Indiana, cerca de donde había nacido y donde todos sus vecinos lo definían como un hombre amable, de lo más normal y dispuesto a ayudar a cualquiera.