«Es en la noche cuando pasan cosas excepcionales», y cuando esa noche llega de día, lo insólito no hace más que agudizarse ya ni hablemos. El 12 de agosto se hará de noche un ratito antes de la noche. El motivo de ello será un eclipse solar total que oscurecerá durante un minuto y medio la Isla. Un instante que nos recuerda que la normalidad puede quebrarse en cualquier momento y lo excepcional está a la vuelta de la esquina y puede entrar de lleno en nuestras vidas. Los eclipses, pues, son más que el simple paso de la luna por delante del sol: son magia, espectáculo, metáfora, excepción. Han detenido guerras, confirmado teorías científicas y hasta hubo uno en la crucifixión de Jesús.

Durante un eclipse puede pasar cualquier cosa y eso es precisamente terreno fértil para la imaginación. Por ello, el tradicional encuentro de escritores de Ultima Hora ha girado en torno a esta idea, tan de actualidad, y que sirvió como pretexto para hablar largo y tendido de la lucha entre luz y oscuridad, del simbolismo de la noche, y para imaginar posibilidades como que la luna no se aparte nunca cuando tape al astro rey y no volvamos a ver jamás la luz del sol.

De esta manera, una treintena de autores (a los que se entregaron gafas para el eclipse diseñadas en Mallorca por Astromo), que cultivan géneros que abrazan desde la novela, la poesía y el ensayo a la historia, las matemáticas o la filosofía, se reunieron en el reloj solar del secadero de redes del Passeig Marítim, obra de Rafael Soler Gayà y que data de 1985. Allí, Miquel Àngel García Arrando, autor de Los relojes de sol de Mallorca y miembro de la Comisión de Relojes de Sol de la Asociación ARCA, detalló algunos de los elementos más curiosos de este tipo de artefactos que servían para dar la hora durante siglos. Ahora no los usamos tanto, es cierto, pero si todo lo tecnológico falla, los relojes solares seguirán diciendo qué hora es… menos cuando haya un eclipse. ¿Y qué ocurre con ese lapso de tiempo? ¿Sigue pasando el día cuando no hay día porque es de noche?

De hecho, el matemático Llorenç Valverde destacó que lo apasionante es que se trata de un fenómeno que aúna magia y misterio. Y, si bien en tiempos remotos predominaba la magia por el control, en la actualidad, lamentaba, impera la razón, aunque con «un aura de misterio y ciencia». El dramaturgo Josep R. Cerdà lo calificó de «sucedáneo de noche» que desconcierta, porque la noche, que ya disfruta de una gran tradición literaria con Sueño de una noche de verano de Shakespeare por poner un ejemplo, llega cuando no se la espera.


«Es como si fuera un anticipo de los miedos literarios, pero también las inquietudes psicológicas y universales. Culturalmente, la idea de cerrar los ojos y ver negro es como acercarse a la muerte. Como si la oscuridad fuera la maldad luchando contra la luz, contra el conocimiento desarmado», acertó a decir el filósofo Miquel Àngel Ballester. Para la poeta Àngels Cardona, en cambio, dicha oscuridad es más bien positiva: «Desaparece el exterior, así que no queda más remedio que mirar hacia nuestro interior, tienes que enfrentarte a ti mismo».

En este contexto en el que aparentemente brilla el logos, muchos coincidían en denunciar que también lo hace la avaricia. Albert Herranz habló del negocio del eclipse, con el que los hoteleros se frotarán las manos y provocará colapsos en las carreteras en un ya de por sí abarrotado agosto mallorquín. Como si Mallorca necesitara todavía más reclamos turísticos.

Mientras, otros se dejaron llevar por sus propios recuerdos. Josep Massot, periodista y biógrafo de Miró, evocó cuando presenció un eclipse, que le dañó la vista. «Eran las doce del mediodía, los pájaros andaban revueltos y los perros ladraban y, de pronto, todo se paró, como si el mundo entero estuviera en pausa», contó, a la vez que destacaba Sa filla des Sol i de sa Lluna, «rondalla que debería estudiarse en todos los colegios» y que «nada tiene que envidiar a La diosa blanca de Robert Graves». Precisamente Ballester avanzó que ha participado en Vides de rondalla, el programa de IB3 de Maria de la Pau Janer –que no pudo asistir a este encuentro–, en el que se dedica un capítulo a esta historia.

Miquel Àngel García
Un instante de la charla del experto Miquel Àngel García sobre el reloj solar. Foto: T. MONTES

Por su parte, Herranz explicó que recuerda un eclipse a principios de los 2000 en el que «de repente se hizo de noche y la temperatura bajó bruscamente». Mientras, Manel I. Serrano, autor de unas obras de teatro que flirtean con la poesía, apostó igualmente por ese aspecto más esperanzador y recordó cuando en su pueblo natal, Son Servera, él y un grupo de amigos aprovecharon la Nit de Matines –una suerte de eclipse ‘nostrada’– para subirse a lo más alto del campanario a fumar. «Aprovechamos la distracción», bromeó entre risas cómplices.

En este sentido, surgió una interesante pregunta: ¿lo más revolucionario sería, cuando llegue el momento dichoso, aprovechar la libertad y el escapismo que ofrece la oscuridad –aunque sea efímera– para darle la espalda al propio eclipse? Aunque, claro, para quienes han pagado miles de euros por venir a la Isla será algo difícil de hacer. Massot, de hecho, citando un cuento de Cortázar en el que se afirma que los instantes pueden durar toda una vida, auguró con sorna: «Este año no habrá silencio, solo los aplausos de los turistas».

Él mismo intervino en este debate sobre la oposición entre luz y oscuridad con una sentencia tajante: «Estoy totalmente en contra de la concepción dualista del mundo, de la visión cartesiana occidental. Si realmente ves el mundo en estos términos estás perdido y no entiendes nada de la vida» en alusión al hecho de que luz y oscuridad sean contrarios contrapuestos, cuando perfectamente pueden formar parte de un mismo ser. Justamente esta idea retomó la biógrafa de Joan Alcover, Maria Antònia Perelló, cuando dijo que en «la noche volvemos a ser nosotros mismos», en esa «oscuridad en la que también hay cosas positivas».


Detalle del reloj solar de 1985 de Rafael Soler Gayà. Foto: T. MONTES

El historiador Manuel García consideró que las tinieblas también tienen su parte ventajosa, porque te dan «intimidad y seguridad». Es en ellas que muchos encuentran refugio para crear o reflexionar, sobre todo los escritores. Con todo, Cardona quiso matizar y sostuvo que «el eclipse es sinónimo de intemperie y, por tanto, de inseguridad», aunque una entendida como algo liberador en el que, de nuevo, todo es posible. Incluso lo extraordinario.

Por eso, Cerdà ha querido ambientar su próxima obra, ganadora del Premi Àngel Guimerà de Teatre, durante la Nit de Santa Llúcia, que, simbólicamente «es cuando la luz comienza a ganar la batalla a la oscuridad».Simbología que trasciende la trama y alcanza a sus personajes, que pasan por momentos oscuros como muestra de «redención».

Massot, que puede presumir de haber entrevistado a centenares de escritores, insistía, haciendo gala de su rechazo a la dicotomía luz/oscuridad, en que muchos hallan la inspiración en un punto intermedio, cuando hay parte de día y parte de noche. Biel Mesquida, por su parte, aseguraba que es en la duermevela cuando piensa y escribe con más claridad. «El escritor tiene que tener una parte de noche», declaró el reciente ganador del Premi d’Honor de les Lletres Catalanes.

Y es que la noche es espacio para mucho, también lo bueno, lo importante. Lo recordaba Ballester, cuando explicaba que «la filosofía siempre llega tarde», en referencia a Hegel, padre de la imagen de la lechuza como animal del pensar nocturno. «Las cosas pasan de día, cuando hay luz, pero por la noche es cuando la filosofía piensa cuando el mundo está callado y en silencio», el momento idóneo para la introspección y la reflexión, alejados del mundanal ruido, de las distracciones cotidianas. Lo corroboraba Valverde, que confesaba que «la parte más creativa de mi trabajo ocurre después de las doce».

¿Es la oscuridad un refugio donde nadie nos ve, donde mostrarnos tal y como somos, o, por el contrario, es un lugar terrorífico donde todo puede ocurrirnos, donde nuestros miedos se hacen realidad? Quizá no es ni una cosa ni la otra. Quizá la oscuridad es, simplemente, la ausencia de luz, y todo lo otro lo ponemos nosotros o lo hace nuestra psique sin que nos demos cuenta.

«El eclipse tiene algo que nos remueve por dentro, que nos trastoca. La filosofía nació como una forma de asombrarse y todavía tenemos la capacidad de hacernos preguntas. De hecho, por eso existe la poesía, la literatura», sugirió el poeta y traductor Lluís Servera. Y de eso va la cosa, precisamente, de a-sombrarse, de adentrarse en las sombras para ver qué se oculta en ellas, algo que en ocasiones puede ser terrorífico cuando se esconde en la penumbra, pero que una vez que se enciende la luz o que la vista se acostumbra a la noche, nos damos cuenta de que no es para tanto, de que quizá la forma misteriosa que nos acecha al lado de la puerta de nuestro dormitorio no es más que una silla con ropa agolpada.

La sombra de la luna pasará por nuestras cabezas y podemos asombrarnos, maravillarnos, asustarnos o, incluso, hacer como si nada. Es elección nuestra, pero que la luz se oculte, que el día se torne noche, puede ser una excusa perfecta para recordarnos a nosotros mismos que nuestro mundo, tan frágil, a veces puede ser poderoso y que un espectáculo cósmico como un eclipse solar puede hacer aflorar la magia que hay en nuestra realidad. Y siempre podremos decir como decían los Beatles, ‘¡qué noche la de aquel día!’.

Bartomeu Mestre ‘Balutxo’