La salud mental de los adolescentes ha entrado en una fase crítica en la que el entorno digital ya no es solo un contexto, sino un factor determinante. Ante este escenario, la inteligencia artificial empieza a perfilarse no solo como parte del problema, sino también como una posible herramienta de solución.
El debate sobre el impacto de las redes sociales en los menores se ha intensificado en los últimos años, impulsado por el aumento de casos de ansiedad, autolesiones y conducta suicida. Sin embargo, el foco está empezando a cambiar: de la simple regulación del contenido a la posibilidad de intervenir activamente en los algoritmos que lo distribuyen.
Psiquiatras del Hospital Virgen Macarena de Sevilla han participado en un estudio publicado en la Revista Española de Psiquiatría y Salud Mental en el que plantean el uso de inteligencia artificial para detectar adolescentes en riesgo y prevenir conductas suicidas. La propuesta se basa en identificar patrones lingüísticos, emocionales y de comportamiento en redes sociales.
El objetivo no es solo detectar, sino actuar. El estudio plantea reconfigurar los algoritmos para que, en lugar de amplificar contenidos nocivos, prioricen mensajes positivos, educativos y de apoyo emocional dirigidos a jóvenes vulnerables.
De la propagación del riesgo a la prevención
Modificar los algoritmos podría convertir las redes sociales en herramientas activas de prevención en salud mental juvenil Llibert Teixidó
Los autores del estudio advierten de que internet funciona como un “arma de doble filo” en la adolescencia. Por un lado, facilita la difusión de conductas de riesgo; por otro, puede convertirse en un canal eficaz de intervención si se utiliza de forma estratégica.
La lógica es clara, y es que si ciertos comportamientos se expanden rápidamente en entornos digitales, también pueden hacerlo los mensajes preventivos. La clave está en intervenir en ese mismo circuito. El estudio propone difundir contenido “emocionalmente atractivo y fácilmente replicable” que fomente la búsqueda de ayuda y desincentive la imitación de conductas autolesivas.
Este enfoque supone un cambio de paradigma. No se trata únicamente de eliminar contenidos dañinos, sino de contrarrestarlos con información que modele formas saludables de afrontar el malestar emocional. Además, los investigadores plantean la colaboración entre profesionales sanitarios e influencers para crear mensajes que conecten con los jóvenes y tengan capacidad real de difusión en redes sociales.
Un problema creciente con raíces digitales
La propuesta llega en un contexto especialmente preocupante. Según el último informe de la Fundación ANAR, el 62,7% de los casos atendidos en sus líneas de ayuda a menores en 2025 estaban relacionados con el uso inadecuado de la tecnología.
La salud mental se ha consolidado como el principal motivo de consulta entre niños y adolescentes, representando el 51,8% de las llamadas. Dentro de este bloque, la conducta suicida destaca de forma alarmante: afecta al 29,6% de los casos atendidos.
Las cifras reflejan la magnitud del problema. En 2025, la Fundación ANAR ayudó a 6.467 menores con conducta suicida, de los cuales más de 1.400 ya habían iniciado el intento. En términos diarios, esto equivale a cerca de 18 intervenciones al día para evitar suicidios.
Este contexto evidencia que el problema no es puntual ni aislado, sino estructural. Muchos menores conviven con múltiples factores de riesgo —violencia, soledad, acoso o problemas familiares— y encuentran en el entorno digital tanto un refugio como una fuente de contenido perjudicial. Esa combinación, según los expertos, puede amplificar el malestar emocional y acelerar la aparición de conductas de riesgo.
Los especialistas advierten de que los adolescentes no solo consumen contenido, sino que interactúan con él en un momento especialmente vulnerable de su desarrollo. La exposición a determinados mensajes puede influir en la forma en la que interpretan su propio sufrimiento.
La inteligencia artificial aparece como una herramienta con potencial para intervenir de forma temprana. No obstante, su aplicación plantea también retos éticos y regulatorios, especialmente en lo relativo a la privacidad y al papel de las plataformas tecnológicas.