Norma Duval ha sido objeto recientemente de un amplio reportaje en ¡Hola! coincidiendo con su setenta cumpleaños. Aunque no los aparenta, se muestra con un atractivo impropio de esa edad. Aún podría exhibir su sensacional figura en los escenarios como en sus buenos tiempos de vedette. Una exhibición con imágenes de buen gusto como acostumbra la acreditada revista. En los titulares se daba a entender que contaría en ese despliegue periodístico sus memorias; en realidad se trataba de una entrevista hagiográfica. Las memorias ya las publicó en un libro hace tiempo. Hay un capítulo de su vida íntima sucedido hace cuarenta y cinco años que ha sido olvidado, o que los más jóvenes lo desconozcan. Por eso lo traemos a colación, porque Norma no suele referirse a ello.
Nacida en Barcelona el 4 de abril de 1956, hija de militar y enfermera, su verdadero nombre es el de Purificación Martín Aguilera. De niña, según confesión propia, su madre le ponía faja, no porque fuera gordita: quería que fuera creciendo con un cuerpo delgado, quizás soñando que fuera algún día artista del espectáculo, probablemente lo que ella no pudo ser. No estaba el progenitor de acuerdo con las inclinaciones de su hija, alimentadas como decimos por su propia madre. Ganaron la partida ellas. Y Purita se presentó en 1973 al concurso de Miss Madrid, impulsada por doña Purificación. La futura estrella todavía no era mayor de edad: contaba diecisiete años. Ganó el certamen; su mamá, enloquecida de alegría casi más que Purita, se presentó seguidamente al concurso de Miss España, que fue a manos de Amparo Muñoz.
En adelante, cuantos pasos fue dando iban dirigidos a encontrar el medio de ganarse la vida en el mundo artístico. No tenía preparación alguna para ser actriz, no cantaba, lo de ser presentadora le era desconocido… ¿Entonces? Su figura despampanante era la llave para traspasar esa puerta que podía aportarle la popularidad y el dinero que soñaban su madre y ella, que hasta entonces habían vivido en cuarteles, como la colonia militar de Cuatro Vientos, al sur de Madrid.
Una de las primeras cosas que una aspirante a ser famosa en el cine, el teatro o la televisión ha de tener en cuenta es el nombre artístico. Purita, o Purificación, no era precisamente el adecuado. Un avispado agente, antiguo director cinematográfico, Fernando Butragueño, se encargó de «bautizarla» como Norma Duval. Madre e hija se miraron extrañadas. Y mi antiguo amigo Fernando las sacó de dudas: «Norma, porque así se llamaba Marilyn Monroe. Y Duval, porque era apellido de la protagonista de La dama de las camelias».
Aprendió a bailar, a entonar, a ensayar con su voz grave algunas canciones, a expresarse con naturalidad y un punto de picardía y a través de alguna amistad llegó hasta el realizador de televisión rumano Valerio Lazarov, que le ofreció la oportunidad de aparecer en Señoras y Señores y un par de programas más. Luego, el propio Lazarov la dirigió en alguna revista musical en el madrileño Teatro Calderón, con Fernando Esteso de primera figura y empresario. Hicieron buenas migas los dos, lo que disparó el rumor de que vivieron un romance que apenas fue seguido por los reporteros. Ellos, curándose en salud, negaron mantener una relación fuera del escenario. El cómico maño ya era muy conocido; Norma, aún no. Necesitaba un empuje, que alguien la apoyara. Y Esteso quedó deslumbrado, teniendo una mujer terriblemente celosa.
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Ella quería ser más. Sustituyó a Bárbara Rey en una sala de music-hall, Lido. Ya iba siendo conocida como vedette de altos vuelos. Quería probar también en el cine y de la mano de Esteso y Pajares intervino en Los bingueros. Luego, con Alfredo Landa rodó Préstame tu mujer. Y en plena etapa del destape, Norma iba a ser una más en ese subgénero cinematográfico.
Algo inconformista, pretendía con el mayor entusiasmo alcanzar metas superiores. Y de manera casual le llegó la oportunidad de debutar durante seis meses en París, en una sala legendaria, Folies Bergère. Cumplió las expectativas. Volvió a Madrid. Y es cuando en 1981 conoció a un millonario con quien a poco de entablar amistad pensaron en casarse. El futuro de la hija del militar y la enfermera se presentaba como el cuento de la Cenicienta. Norma parecía nacida para el lujo.
Nunca se supo cómo conoció a aquel novio
Norma nunca confesó cómo, de la noche a la mañana, conoció a un admirador suyo que, por lo visto, la fue a ver a más de una función en el teatro donde actuaba. Él era millonario, hijo de una rica familia que vivía con todo confort en el madrileño paseo de la Castellana. Se llamaba Jorge Lago. No era un joven agraciado precisamente, tal vez le sobraban algunos kilos, sin ser tampoco alto. Lo peor era que padecía miastenia gravis, enfermedad neuromuscular incurable. A Norma no le debió causar inquietud alguna, porque aceptó el noviazgo cuando Jorge se lo propuso y hasta proponerle a las pocas semanas planes de boda. Por supuesto, él le pidió, antes de que llegara ese momento, que ella se fuera a vivir con él. Que residía con sus padres.
Al principio no hubo problemas por parte de la familia de Jorge, desconocedora de esos proyectos matrimoniales de la pareja. Y hasta la madre, Elvira, fue mostrándose cada vez más cercana a Norma. Pero cuando supo lo del enlace, puso el grito en el cielo: «¡De ninguna manera!». Insistía Jorge, el hijo enfermo. Norma, dado que este era mayor de edad, adujo ante la madre que era libre para tomar cualquier determinación, y que lo retenían contra su voluntad. El asunto fue a mayores. Un día que Norma tenía una entrevista en televisión, Elvira la encerró con llave en su habitación. Podemos imaginarnos el tremendo enfado de la estrella.
Los Lago tenían una razón para demandarla por allanamiento de morada. Y así lo hicieron. Pero antes llamaron a la policía, que se llevó detenida, esposada, a Norma sin tiempo ni modo para llevarse sus pertenencias, mientras el novio estaba a punto de llorar a lágrima viva. La vista judicial en las instalaciones en la madrileña plaza de Castilla fue un acontecimiento que la prensa rosa se ocupó de divulgar. El asunto acabó con aquello de «cada mochuelo a su olivo». No hubo boda, Norma volvió a París, a reanudar su espectáculo en el Folies Bergère. Jorge Lago murió pocos meses más tarde, en febrero de 1982, a consecuencia lógicamente de su grave enfermedad. Cuanto ocurrió en su vida más tarde excede de la pretensión de esta historia.