Se adentra despacito, como con sigilo, y quizás para defenderse del impacto de tanta belleza realiza una pirueta de bailarina que hubiera sorprendido al mismísimo Picasso: Vero siempre será una niña juguetona, inquieta, teatral. Tan profundamente libre. Gesticula aquí y allá deshaciéndose en observaciones de cuanto ve a cada paso: que si el padre del genio malagueño se obstinó por que su hijo dibujara bien (y cita la famosa frase: ‘Me llevó cuatro años pintar como Rafael pero me costó toda una vida pintar como un niño’); que si Pablo -pese a declararse ateo y agnóstico- siempre tuvo interiorizada su educación católica y por eso le atrajo siempre lo sagrado, incluso estando ya en París; que si el artista copia y el genio roba, apunta recordando que a Picasso se le acusó de estar detrás del robo de la Gioconda perpetrado en el Louvre en 1911… «No lo hizo, pero estuvo involucrado en algún que otro golpe».

Cree la pintora burgalesa en la magia: Niña Vero visitó la exposición ‘Picasso. Raíces Bíblicas’ el pasado martes, día 8 de abril, fecha en la que falleció el universal artista. «Me ha citado su alma. Me parece una exposición espectacular. Me voy a desmayar. El Síndrome de Stendhal. Tanta belleza…». Verónica Alcácer del Río mira con detalle cada uno de los cuadros, como si los radiografiara. «Tenía un dominio del dibujo absoluto, de los volúmenes, de la luz y los contrastes. Pensar que hubo una época en la que pasó penurias y llegó a quemar sus obras para calentarse…», apunta. No puede dejar de acordarse Vero de que su tío Ignacio del Río, tan añorado por todos, conoció y trató a Picasso en Madrid. «Lo contaba muchas veces», dice sonriendo con orgullo. Ante la única escultura que hay en la muestra, la pintora destaca la fabulosa producción que de este arte tiene también Picasso. «Fue un escultor impresionante, tiene unas obras increíbles».

Niña Vero, que siempre ha sido una artista comprometida, no puede dejar de emocionarse frente al postcripto del Guernica, cuya visión constituye para ella algo así como un estallido. «Tiene más actualidad que nunca. Estamos viendo Gaza, cómo está el mundo… Ese grito es una denuncia: hay que detener la guerra, la matanza [en España durante la Guerra Civil]. Y ahora. Este cuadro es impresionante, es que todos debemos levantar la voz para gritar por la paz. Cuando supo del bombardeo de Guernica no pudo parar de trabajar y trabajar en ese cuadro. Hoy es un símbolo mundial que tiene más sentido que nunca. Estamos escuchando a Trump decir que cuando quiera barre al pueblo persa. Hoy Picasso nos está volviendo a gritar con su obra. Porque no aprendemos. No aprendemos».

Me parece una exposición espectacular. Aquí te puede dar el Síndrome de Stendhal. Hay tanta belleza…»

Busca Niña Vero, rápido, un poco de consuelo frente al horror: lo encuentra en la serie de palomas que el artista andaluz convirtió asimismo en símbolo. El de la paz, tan reconocible como la denuncia de la violencia que es el Guernica. Ella misma lleva una chapa con ese símbolo (además de un pañuelo comprado en el Monte Sinaí). «La catarsis del artista es ser mensajero de belleza, de paz, de esperanza. Los artistas debemos aportar. Tener esta exposición en Burgos es una maravilla. Pero es una pena que no se apueste más por los artistas locales». Junto a la serie de retratos de mujeres, reflexiona Vero: «Las amó a todas, aunque las hizo sufrir.Algunas se suicidaron por su culpa. El sexo y la muerte están muy presentes en Picasso. Amantes, ídolos, musas, felpudos… Fueron las más bellas de su época. A través de sus cuadros entraba en su alma. Podía elevarlas o humillarlas».

Hace Niña Vero otra de esas cabriolas suyas, pura elasticidad, acaso imaginando que posa para el genio malagueño. Éste la hubiera retratado a las mil maravillas -movimiento incluido-. También hubiera plasmado la esencia de su alma: vitalidad y alegría. Se despide con una sonrisa volviendo a leer la frase de Picasso que recibe al visitante de la exposición que se exhibe en la sala Valentín Palencia de la Catedral: «El arte es una mentira que nos hace ver la verdad». Parece deslizarse Vero por los corredores del templo mientras se va diciendo para sí misma que sólo la inocencia y la alegría nos salvarán.

«Aquí hay muchísimo amor»

‘Rostro (Marie-Thérèse)’ (Lápiz litográfico sobre piedra estampada con tinta negra papel de Japón). 1928

Niña Vero. / Luis López Araico

Niña Vero se detiene frente al retrato que Picasso hizo de Marie-Thérèse Walter, la joven que irrumpió en la vida del artista cuando éste aún estaba casado con Olga Khokhlova, su primera esposa. «Aquí hay muchísimo amor. Es una preciosidad. Se ve la caricia del lapicero», apunta mientras, con la mano y sobre el aire, roza ese rostro con ternura y admiración; con suavidad de seda. Fue aquella una mujer importante en la vida de Picasso, como explica Paloma Alarcó, comisaria de la muestra, en el espléndido catálogo de la misma. «Desde la llegada de Marie-Thérèse Walter a la vida de Picasso, la compañera secreta del artista adopta el papel principal en muchas de sus obras». Y cita la litografía que tanto ha gustado a Verónica: «Su cara todavía muy clasicista cubre toda la superficie de la estampa». Será a partir de finales de 1920 y en los años 1930 «cuando Picasso despliega una creciente distorsión de la fisonomía humana. Las distintas partes del rostro humano se desplazan sistemáticamente para recrearlas de frente y de perfil, desde múltiples perspectivas simultáneas. Lo comprobamos en Mujer con sombrero del 12 de febrero de 1938 y en la pintura del mismo título del 18 de junio de 1939, que son efigies de la rubia Marie-Thérèse con un aire inquietante y armonioso a la vez. En los variados retratos de Dora Maar, pintados entre 1936 y 1942, Picasso incrementa todavía más su radicalismo formal, y en Cabeza de mujer con sombrero, fechado el 13 de mayo de 1941, se vale de diversas estrategias de distorsión y dislocación del rostro que marcaron el punto de máxima violencia en su obra».