Con más de una década de experiencia en medicina de familia y urgencias, el doctor Alonso Peinado ha centrado su trayectoria en el estudio del … metabolismo, la obesidad y su impacto en el sistema cardiovascular. Desde su consulta y su labor hospitalaria, apuesta por una medicina personalizada que aborde la raíz de las enfermedades, poniendo el foco en la prevención, los hábitos de vida y el seguimiento clínico como claves para mejorar la salud de los pacientes.
– ¿Qué le motivó a especializarse en obesidad y metabolismo y cómo ha evolucionado su experiencia en este campo a lo largo de los años?
– La obesidad no es un problema estético, es una enfermedad metabólica que está en el origen de muchas de las patologías más graves de nuestro tiempo. Desde el inicio de mi carrera siempre me ha atraído la medicina clínica en su vertiente más compleja: entender al paciente en su conjunto, no solo una enfermedad aislada.
Muchas de las patologías que vemos en consulta, como hipertensión, diabetes, enfermedad cardiovascular o hígado graso, tienen un punto de encuentro común: el metabolismo.
Con el paso de los años comprendí que la obesidad no es simplemente un problema de peso, sino una enfermedad metabólica compleja que afecta a prácticamente todos los órganos y sistemas del cuerpo. Hoy sabemos que influye en el corazón, en el sistema endocrino, en la salud hepática, en el aparato locomotor e incluso en la salud mental.
Esa visión integral es lo que me llevó a especializarme cada vez más en este campo. A lo largo de mi experiencia clínica he visto cómo ha cambiado también la forma de entender la obesidad: hemos pasado de verla como un problema de hábitos a reconocerla como una enfermedad crónica que necesita diagnóstico médico, tratamiento estructurado y seguimiento a largo plazo.
Para mí, trabajar en obesidad y metabolismo significa precisamente eso: abordar la raíz de muchas enfermedades y ayudar al paciente a recuperar salud, no solo a perder peso.
– Desde su perspectiva clínica, ¿cuáles son los principales riesgos cardiovasculares asociados a la obesidad que la población suele subestimar?
– La obesidad no solo aumenta el peso: acelera el envejecimiento del corazón y de las arterias. Desde la práctica clínica uno de los aspectos que más se subestima es que la obesidad no actúa de forma aislada, sino que desencadena una cascada de alteraciones metabólicas que aumentan de forma muy significativa el riesgo cardiovascular.
La población suele asociar la obesidad únicamente con la estética o con el exceso de peso, pero en realidad está estrechamente relacionada con problemas como hipertensión arterial, diabetes tipo 2, dislipemia, inflamación crónica y acumulación de grasa visceral, todos ellos factores que favorecen el desarrollo de aterosclerosis.
Esto significa que, con el tiempo, las arterias se van deteriorando de forma silenciosa, aumentando el riesgo de infarto de miocardio, ictus o insuficiencia cardiaca. Y lo más importante es que muchas veces este proceso comienza años antes de que aparezcan síntomas.
Por eso insistimos tanto en consulta en que tratar la obesidad no es solo una cuestión de peso, sino una estrategia fundamental de prevención cardiovascular. Cuando actuamos sobre el metabolismo, en realidad estamos protegiendo el corazón, el cerebro y la salud futura del paciente.
– ¿Qué medidas preventivas recomendaría a personas con sobrepeso para reducir el riesgo de enfermedades cardiovasculares?
– La prevención cardiovascular en la obesidad no empieza con una dieta, empieza con un cambio estructurado del metabolismo y del estilo de vida. La primera idea que suelo transmitir a los pacientes es que no se trata solo de perder peso, sino de mejorar la salud metabólica. Cuando hablamos de prevención cardiovascular en personas con sobrepeso u obesidad, lo importante es actuar sobre varios pilares al mismo tiempo.
En primer lugar, es fundamental mejorar la calidad de la alimentación, priorizando una dieta mediterránea rica en verduras, proteínas de calidad, aceite de oliva, frutas y alimentos poco procesados. No se trata de dietas extremas, sino de construir hábitos sostenibles en el tiempo.
El segundo pilar es la actividad física regular. No hace falta empezar con ejercicio intenso; caminar a buen ritmo, realizar entrenamiento de fuerza progresivo y reducir el sedentarismo ya produce beneficios muy importantes a nivel cardiovascular y metabólico.
También es clave ordenar el descanso y los horarios de las comidas, porque el sueño y el ritmo circadiano influyen directamente en el metabolismo. Por último, en algunos pacientes puede ser necesario apoyo médico y tratamiento farmacológico, especialmente cuando existe obesidad significativa o factores de riesgo asociados como diabetes o hipertensión.
El mensaje más importante es que la prevención cardiovascular empieza mucho antes del primer síntoma. Cuando intervenimos a tiempo sobre el metabolismo, podemos evitar muchas de las enfermedades que aparecen años después. El mejor tratamiento para el infarto es evitar que ocurra.
– ¿Qué papel juega la alimentación en la regulación del metabolismo y la prevención de enfermedades relacionadas con la obesidad?
– La alimentación no solo aporta calorías: es uno de los principales reguladores de nuestro metabolismo. La alimentación juega un papel absolutamente central en la regulación del metabolismo. No se trata únicamente de cuántas calorías ingerimos, sino de qué tipo de alimentos consumimos, cómo se combinan y en qué contexto metabólico se ingieren.
Una dieta basada en alimentos frescos y poco procesados ayuda a mejorar la sensibilidad a la insulina, reducir la inflamación metabólica y favorecer un equilibrio adecuado entre energía ingerida y energía utilizada. Esto tiene un impacto directo en la prevención de enfermedades muy relacionadas con la obesidad, como diabetes tipo 2, hipertensión arterial, hígado graso o enfermedad cardiovascular.
Además, cada vez sabemos más que ciertos patrones alimentarios, como la dieta mediterránea, no solo ayudan a controlar el peso, sino que también protegen el sistema cardiovascular y contribuyen a mantener un metabolismo más eficiente.
Por eso, en la práctica clínica no hablamos de ‘dietas temporales’, sino de estrategias nutricionales sostenibles en el tiempo que ayuden al organismo a recuperar su equilibrio metabólico. En definitiva, la alimentación es una de las herramientas más potentes que tenemos para prevenir y tratar las enfermedades metabólicas asociadas a la obesidad.
– En su experiencia, ¿qué tipo de actividad física es más efectiva para manejar el metabolismo y la salud cardiovascular en pacientes con sobrepeso u obesidad?
– El mejor ejercicio para una persona con obesidad no es el más intenso, sino el que puede mantener en el tiempo. En pacientes con sobrepeso u obesidad lo más importante no es empezar con ejercicio muy exigente, sino introducir actividad física de forma progresiva y sostenida. El metabolismo responde mejor a la regularidad que a esfuerzos puntuales muy intensos.
En la mayoría de los casos, una combinación de actividad aeróbica moderada, como caminar a buen ritmo, nadar o montar en bicicleta, junto con entrenamiento de fuerza, suele ser la estrategia más efectiva. El ejercicio aeróbico ayuda a mejorar la salud cardiovascular y el gasto energético, mientras que el entrenamiento de fuerza contribuye a preservar o aumentar la masa muscular, algo clave para mantener un metabolismo activo.
Además, en personas con obesidad debemos tener en cuenta factores como el estado de las articulaciones, la condición física inicial o posibles enfermedades asociadas. Por eso es importante adaptar el ejercicio a cada paciente, evitando lesiones y favoreciendo la adherencia.
El objetivo final no es solo quemar calorías, sino mejorar la función metabólica, la sensibilidad a la insulina y la salud cardiovascular a largo plazo. En medicina del metabolismo solemos decir que el mejor ejercicio es aquel que el paciente puede integrar en su vida diaria y mantener durante años, porque ahí es donde realmente aparecen los beneficios para la salud.
– Actualmente existen tratamientos farmacológicos y quirúrgicos para la obesidad. ¿Cuándo consideran que son recomendables y que criterios se utilizan para decidirlo?
– Hoy disponemos de tratamientos farmacológicos potentes que permiten tratar la obesidad actuando directamente sobre el metabolismo. Actualmente entendemos la obesidad como una enfermedad metabólica crónica, y por tanto su tratamiento debe abordarse con criterios médicos, igual que ocurre con enfermedades como la diabetes o la hipertensión.
El primer paso siempre es trabajar sobre los hábitos de vida, especialmente la alimentación, la actividad física, el descanso y la organización del metabolismo. Sin embargo, en muchos pacientes estos cambios, aunque imprescindibles, no son suficientes por sí solos para lograr una pérdida de peso mantenida y mejorar el riesgo cardiovascular.
En estos casos, los tratamientos farmacológicos han supuesto un avance muy importante en los últimos años. Hoy disponemos de medicamentos más potentes que actúan sobre los mecanismos hormonales que regulan el apetito, la saciedad y el metabolismo, lo que permite ayudar al paciente a perder peso de forma más eficaz y sostenida, además de mejorar parámetros metabólicos como la glucosa, la presión arterial o el perfil lipídico.
La cirugía metabólica puede ser una opción en situaciones concretas de obesidad severa o cuando existen complicaciones importantes, pero en la actualidad cada vez contamos con más herramientas médicas que permiten tratar la enfermedad de forma menos invasiva.
Lo más importante es entender que la obesidad debe tratarse de forma individualizada y con seguimiento médico, porque el objetivo no es solo perder peso, sino mejorar la salud metabólica y reducir el riesgo cardiovascular a largo plazo.
– ¿Cuáles cree que son los mitos más frecuentes sobre la pérdida de peso y la relación con la salud cardiovascular?
– El mayor mito es pensar que perder peso es solo una cuestión de fuerza de voluntad. Uno de los mitos más frecuentes es pensar que la pérdida de peso depende únicamente de la fuerza de voluntad. Hoy sabemos que la obesidad es una enfermedad metabólica compleja, en la que intervienen factores hormonales, genéticos, ambientales y conductuales.
Otro mito muy extendido es creer que cualquier pérdida de peso mejora automáticamente la salud. En realidad, lo importante no es solo cuánto peso se pierde, sino cómo se pierde y si se consigue mejorar el metabolismo. Muchas dietas muy restrictivas pueden producir pérdidas rápidas de peso, pero son difíciles de mantener y con frecuencia terminan en efecto rebote.
También existe la idea de que el riesgo cardiovascular solo aparece cuando el peso es muy elevado. Sin embargo, incluso en fases iniciales de sobrepeso pueden empezar a aparecer alteraciones metabólicas como resistencia a la insulina, hígado graso, hipertensión o dislipemia, que aumentan el riesgo cardiovascular con el tiempo.
Por eso, el enfoque actual de la medicina no se centra únicamente en la báscula, sino en mejorar la salud metabólica global del paciente. Cuando conseguimos mejorar el metabolismo, estamos actuando también sobre la prevención de enfermedades cardiovasculares a largo plazo.
– ¿Cómo influyen las nuevas herramientas digitales, como aplicaciones de seguimiento nutricional o dispositivos de monitorización, en el control del metabolismo y el riego cardiovascular?
– Las nuevas herramientas digitales están teniendo un papel cada vez más relevante en el control del metabolismo y del riesgo cardiovascular. Aplicaciones de seguimiento nutricional, dispositivos de monitorización de actividad física o incluso sensores de glucosa permiten obtener información continua sobre cómo responde el organismo a los hábitos diarios.
Esto tiene una gran ventaja: tanto el paciente como el médico pueden identificar patrones de comportamiento y ajustar las estrategias de forma más precisa. Por ejemplo, ver cómo influyen determinados alimentos en la glucosa, cómo evoluciona el nivel de actividad física o cómo cambia el peso a lo largo del tiempo.
Además, estas herramientas pueden mejorar algo que es fundamental en medicina metabólica: la adherencia al tratamiento y a los cambios de estilo de vida. Cuando el paciente visualiza sus propios datos, suele implicarse más en el proceso.
No obstante, es importante recordar que la tecnología es una herramienta de apoyo. La interpretación clínica de esos datos y la toma de decisiones terapéuticas deben formar parte de un seguimiento médico adecuado. Bien integradas dentro de un enfoque clínico, estas herramientas pueden ayudar a personalizar el tratamiento y mejorar el control del metabolismo y del riesgo cardiovascular a largo plazo.
La tecnología no sustituye al médico, pero bien utilizada puede mejorar mucho el seguimiento y la adherencia del paciente.
– ¿Qué papel juega la educación en hábitos saludables desde la infancia para prevenir la obesidad y las enfermedades cardiovasculares en la edad adulta?
La prevención de la obesidad empieza mucho antes de la consulta médica: empieza en la infancia. La educación en hábitos saludables desde la infancia es probablemente una de las estrategias más importantes para prevenir la obesidad y las enfermedades cardiovasculares en la edad adulta. Muchos de los comportamientos relacionados con la alimentación, la actividad física o el descanso se consolidan precisamente en los primeros años de vida.
Cuando un niño aprende a mantener una alimentación equilibrada, realizar actividad física de forma regular y limitar el sedentarismo, es mucho más probable que mantenga esos hábitos durante toda su vida. Esto tiene un impacto directo en la prevención de problemas metabólicos como la obesidad, la diabetes tipo 2 o la hipertensión.
Además, la infancia es una etapa clave porque el organismo está en desarrollo y el metabolismo es especialmente sensible a los hábitos adquiridos. Por eso es fundamental el papel de las familias, la educación y también de las políticas de salud pública para fomentar entornos que faciliten elecciones saludables.
En definitiva, la mejor estrategia para reducir la obesidad en el futuro es empezar a prevenirla desde edades tempranas, porque cuidar el metabolismo desde la infancia es también proteger la salud cardiovascular en la vida adulta.
– Para aquellas personas que están luchando contra la obesidad, ¿qué consejo principal les daría para mantener la motivación y cuidar su salud de manera sostenible?
– La obesidad no se vence solamente con fuerza de voluntad, se maneja con estrategia, seguimiento y comprensión del metabolismo. A las personas que están luchando contra la obesidad siempre les transmito una idea muy importante: no están fallando ellas, muchas veces lo que ha fallado es el método. Durante años se ha simplificado este problema como una cuestión de voluntad, cuando en realidad sabemos que la obesidad es una enfermedad metabólica compleja.
Por eso, el primer consejo es buscar un enfoque estructurado y realista, que combine alimentación equilibrada, actividad física adaptada, buen descanso y, cuando sea necesario, apoyo médico. Los cambios pequeños pero sostenidos en el tiempo suelen ser mucho más efectivos que las soluciones rápidas o las dietas extremas.
También es importante entender que el objetivo no es solo perder peso, sino ganar salud metabólica, mejorar la energía, reducir el riesgo cardiovascular y sentirse mejor a largo plazo.
La motivación no debe basarse únicamente en la báscula, sino en los avances en salud y bienestar. Cuando el proceso se plantea de forma médica, personalizada y con seguimiento, los resultados no solo llegan, sino que se pueden mantener en el tiempo. En definitiva, tratar la obesidad no consiste en sufrir una dieta durante unos meses, sino en aprender a cuidar el metabolismo para toda la vida.