María Lacarra es la número dos en España de KPMG, una firma que el año pasado superó la barrera de los 900 millones en su … facturación. Comenzó en la compañía en Bilbao en 1999 y fue creciendo en la auditoría analizando las cuentas de las principales cotizadas del país. Ahora, mantiene el puesto como directora de operaciones de la consultora y siendo parte del comité ejecutivo de KPMG, pero desde Bilbao, donde se convertirá el próximo octubre en la socia directora de la Zona Norte, tras la marcha voluntaria de Cosme Carral. El optimismo, las formas suaves y una fuerte implicación con su empresa son notas que acompañan a todas sus respuestas a la vez que lanza una advertencia: «Hemos entendido que ya nada va estar claro y estable por completo nunca más». Y en esas condiciones defiende que no se puede esperar y que hay que actuar porque lo peor es no moverse.

– Estudió en Deusto, se fue a Madrid en 2002, es la número dos de su compañía y, ahora, vuelve a Bilbao. ¿Sabe que es una ‘rara avis’?

– Lo que me considero es una afortunada porque he podido volver a Bilbao. Estudié aquí y empecé a trabajar en KPMG aquí. Y cuando fui a Madrid lo hice pensando que volvería en tres años, luego en cinco… Estar allí me ha dado muchísimas oportunidades, desarrollar mi carrera profesional y que Juanjo Cano –presidente de la firma en España– me ofreciera el cargo de directora de operaciones. Así que cuando nuestro responsable del País Vasco, Cosme Carral, tomó la decisión de salir, vi una oportunidad de oro. Así que sí, soy una ‘rara avis’, pero porque soy afortunada. Hay mucha gente a la que le encantaría retornar.

– Entonces, ¿por qué cuesta encontrar más casos como el suyo si las administraciones vascas están intentando ‘repatriar’ talento?

– Por un lado, hay que tener la oportunidad de estar en una empresa donde poder desarrollar una carrera. También es cierto que volver, en muchos casos, implica renuncias, aunque ganas otras cosas. Luego, la fiscalidad es más alta para las rentas elevadas y la vivienda podría ser también una dificultad. Hay que mirar todo el conjunto de la persona: lo profesional, lo personal, lo fiscal e, incluso el sistema educativo para los propios hijos. Es bueno que no solo haya talento vasco, que también venga de otros países. Y, evidentemente, también el talento vasco que ha ido fuera a formarse y regresa.

– ¿Qué pesa más, la fiscalidad o un sistema educativo muy centrado en el euskera?

– Hay que trabajarlo todo. Yo no tengo problema en que la fiscalidad sea un poco mayor, veo otras muchas cosas en las que gano calidad de vida. El idioma es algo que habría que favorecer, pero sin que sea una barrera para otras cosas.

– ¿Cómo ve a la empresa vasca con la situación de guerra?

– Veo al empresario prudente, pero moviéndose a la vez. Antes en las crisis la gente esperaba a que se aclarasen las cosas. Ahora ya hemos entendido que nada va estar claro por completo nunca más. Es peor no moverse que hacerlo aunque sea con equivocaciones en algún caso. La empresa vasca está invirtiendo, está apostando por crecer y sigue contratando.

– La subida de los precios de la energía agrava la desaceleración de la industria europea, ¿qué factura nos va a pasar?

– Mientras estamos haciendo esta entrevista Ormuz está abierto… mañana quizá no. Hay que trabajar en estos escenarios y la volatilidad de las materias primas va estar ahí. Lo que vemos es que las empresas tratan de reaccionar buscando integraciones verticales para reducir costes energéticos o revisando las cadenas de suministro. Hace falta flexibilidad. Veníamos de una gestión que buscaba la rentabilidad en el último euro porque el escenario geopolítico te permitía deslocalizar. Ahora ese último euro no interesa, es mejor renunciar a él en favor de la flexibilidad.

– ¿Teme una subida de gastos financieros por los tipos de interés?

– La industria ahora tiene más solvencia. Antes una subida de una décima en los tipos de interés comprometía a las empresas, al igual que un leve incremento de la materia prima te podía hundir. Ya no es así.

– ¿Qué elemento es diferenciador en las empresas para afrontar la situación con más o menos éxito?

– Hay una clave: el tamaño. Por eso es necesario consolidar empresas. Para las pequeñas empresas, y tenemos un tejido en el que son pymes el 90% de las compañías, es más complicado. Y luego hay sectores que generan más oportunidades. Ahora mismo hay una muy grande en el área de defensa por la inversión que está captando, la tecnología que está desarrollando y sus aplicaciones también al entorno civil.

– ¿Cómo ve la apuesta por recuperar arraigo empresarial con inversión pública?

– Muy positiva. Todo lo que se encamine para defender ese arraigo es muy bueno. Tenemos que contar mucho más lo que tenemos. Euskadi tiene grandes empresarios y proyectos extraordinarios. Los americanos con la mitad cuentan el doble. Tenemos que reivindicar el tejido industrial y todo lo que el Gobierno vasco pueda impulsar es lo mejor que podemos hacer.

– Aun así, nos cuesta atraer un gran proyecto de una multinacional. ¿Qué recomendaría priorizar para lograrlo: la agilidad administrativa o combatir el absentismo?

– Diría que ambas. Si un inversor tiene que elegir entre dos países, mirará la regulación buscando estabilidad y hay que aligerar la burocracia. Por otro lado, mirará también las condiciones laborales y si el absentismo en Euskadi es como es, el doble de la media en España, esto tiene un impacto en los análisis de inversión que se hagan.

– ¿Cómo gestionar los empleos que van a desaparecer por la Inteligencia Artificial?

– En la IA veo mucha más oportunidades que riesgos y el que no va a subsistir es el que niegue su existencia. Sus primeros usos son para automatizar tareas que requerían mucho tiempo y creaban cuellos de botella. Eso eleva capacidad de aportar valor y crecer. Todo, en medio de un problema demográfico, hace falta gente. No creo que se vaya a destruir tanto empleo y hay que hacer un cuadre con los nuevos puestos que aparecen.