Los tres periodistas de EL CORREO que nos hemos embarcado en esta colosal aventura que es la Titan Desert vivimos pendientes de Jonathan Castroviejo. El … exciclista profesional del Ineos, campeón de Europa de contrarreloj y 18 años en la élite, es nuestro compañero en el equipo KH7 y una de las razones por la que estamos aquí.
Este lunes fue su cumpleaños (39) y lo ha querido celebrar a lo grande. Y nosotros felices. Cuando llegamos a meta siempre preguntamos cómo ha quedado Jonathan. A veces hacemos pronósticos mientras pedaleamos por los ásperos caminos del desierto. Solemos llegar como una hora u hora y media después que él. Nos suele esperar en meta, ya duchado, comido y tras pasar por el fisio.
«No he dormido muy bien». Este comentario de Jonathan en el desayuno no auguraba nada bueno. Estos días nos hemos hecho amigos de un joven chileno que es tan peculiar como valiente. Nos sentamos a su lado en el vuelo a Marruecos. ‘Pipo’ Rodríguez, que ostenta una participación en los Juegos Olímpicos representando a su país, nos comentó que procede de una familia humilde y que el ciclismo le ha dado la oportunidad de ser alguien. También nos contó que venía a la Titan a por todas. «O venzo o reviento». Ese es su lema. Ayer nos chivó que iba a atacar de salida.
A lo loco. Irse solo en el desierto, en un día con mucho viento de cara, es poco menos que un suicidio. Pero ‘Pipo’ no pudo cumplir su promesa. Se le adelantó Jonathan. Nuestro Jonathan. El que no había dormido bien. Arrancó con las primeras pedaladas y dejó a todos atónitos.
El chileno saltó a su rueda, sorprendido de que haya alguien todavía más valiente que él. Y juntos cabalgaron durante 50 de los 108 kilómetros de la etapa (la segunda). Atravesaron oueds (ríos secos), remontaron tramos de piedras impracticables para muchos. Ascendieron varios puertos hasta que el ‘Pipo’ reventó. Antes le habían cantado el ‘cumpleaños feliz’ mientras pedaleaban por los caminos ajados del desierto a más de 30 kilómetros por hora.
Jonathan decidió esperar a los favoritos porque «sin compañía en el desierto y con este viento es una locura luchar solo». Pese a la paliza que se dio, pudo entrar en el Top10. Todo un regalo de cumpleaños.
Por detrás, bastante por detrás, vamos nosotros con unas penurias que se nos empiezan a acumular. Pero, ojo, tampoco vamos de turismo, no se crean. Llevamos dos etapas y en ambas hemos entrado de la mitad del pelotón para adelante. Aquí hay 475 locos. Nos movemos entre los 200 primeros.
Pero estamos acumulando algunos problemas. Eso es lo que suele pasar en la Titán, donde hay que tener piernas, estómago (hay mucha gastroenteritis), cabeza y culo (las llagas son una tortura que ya hemos empezado a experimentar) para poder terminarla. Además de algo de suerte con las averías y con las caídas (que ya llevamos alguna). Para colmo alguna tendinitis en un brazo por la tensión acumulada en las bajadas técnicas del primer día. Además está el cúmulo del cansancio y kilómetros que empiezan a arañar nuestras piernas. Y la altura: ayer volvimos a ascender un puertaco de 2.100 metros de altitud. Las vistas, impagables. El esfuerzo, titánico. Nunca mejor dicho.
En esta segunda etapa hemos abandonado las montañas. El Atlas queda atrás con su más que benignas temperaturas. Esta será la primera noche en las puertas de lo más árido del Sáhara. Una advertencia de golpe nos ha recibido en meta: 34 grados y un fuerte viento. Miramos a sus arenas y sus estructuras rocosas con el cariño del deseo de estas semanas de preparación, pero también con el respeto y la incertidumbre sobre lo que nos deparará los siguientes días. En la Titan hay que ir jornada a jornada. Es mejor no mirar más allá.
Para empezar, este martes comienza uno de los principales retos de la prueba. Se trata de la etapa maratón, que consiste en ciclar dos días por el Sáhara sin apoyo externo. Saldremos cargados con todo lo que necesitamos para dos jornadas: el saco, la ropa para pasar la noche, la equipación para el miércoles y la comida para pedalear dos días. Un equipaje que puede pesar más de 7 kilos y que acomodaremos como podamos en el manillar de la bicicleta y nuestra espalda. Por delante nos esperan 206 kilómetros durante los dos días que dura esta especial. Dormiremos al raso.
Parece que llega la hora de la verdad, de las dunas, del calor y de probar hasta dónde llega nuestra resistencia. De momento, ya vemos los primeros abandonos. Pero también empieza a correr por el pelotón un espíritu de compañerismo en el que surgen conversaciones. En esta última etapa hemos conocido a un joven de Pamplona que quedó parapléjico por un accidente de moto. Sus brazos hacen las veces de piernas en una bici adaptada. Pero tras 15 minutos rodando juntos hemos descubierto cuál es su verdadero motor: una actitud, un optimismo y una generosidad que nos ha desbordado. «No te puedes quedar en casa quejándote. Te ha tocado esto pues para adelante», comentaba Menji. Parece increíble que llegue a meta cada día. Nos quitamos el sombrero (bueno, el casco).
Este martes seguiremos sufriendo, pero lo haremos soñando.