Estados Unidos ha decidido acelerar su ofensiva en la nueva carrera espacial con un objetivo claro: llevar energía nuclear a la Luna antes que China, además de consolidar su ventaja estratégica fuera de la Tierra. La Casa Blanca ha lanzado una iniciativa que implica a la NASA, al Pentágono, junto con el Departamento de Energía en un calendario exigente que sitúa el foco en el polo sur lunar, una de las regiones más hostiles jamás planteadas para la presencia humana.
Ese enclave presenta condiciones extremas: temperaturas que pueden superar los 50 grados en zonas iluminadas, mientras que descienden hasta los 200 bajo cero en cráteres sumidos en oscuridad perpetua. En ese entorno, la clave para sostener cualquier actividad será disponer de energía constante, algo que Washington pretende garantizar mediante reactores nucleares de fisión capaces de operar durante las largas noches lunares, de hasta 14 días terrestres.
El pulso estratégico por la energía lunar
El plan, firmado por el asesor científico presidencial Michael Kratsios, fija plazos concretos: sistemas nucleares en órbita para 2028, además de reactores en la superficie lunar en 2030. La NASA deberá iniciar el proyecto antes del 14 de mayo, mientras que el Pentágono desarrollará propuestas propias en paralelo con el fin de fomentar la competencia tecnológica entre agencias.
El objetivo resulta tan ambicioso como complejo: multiplicar los lanzamientos —hasta una decena al año entre misiones tripuladas junto con robóticas— con la meta de establecer colonias permanentes en la Luna a partir de 2032.
El salto de Artemis
El punto de partida reciente ha sido la misión Artemis 2, que llevó a seres humanos a la Luna por primera vez en más de medio siglo. Sus tripulantes no solo orbitaron el satélite, también alcanzaron la mayor distancia jamás recorrida por humanos en el espacio, observaron zonas inéditas de la cara oculta, además de regresar con éxito a la Tierra.
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Las próximas etapas, con Artemis 4 junto con Artemis 5 previstas a partir de 2028, apuntan directamente al polo sur lunar. A partir de 2029 comenzaría la construcción de infraestructuras habitables, combinando energía solar junto con nuclear. Para 2032, la NASA aspira a contar con bases permanentes apoyadas por robots, sistemas de transporte presurizados, además de redes de comunicación avanzadas.
El plan contempla además el envío de grandes cantidades de material, incluido combustible nuclear como plutonio o americio-241, para alimentar los reactores. Todo ello se enmarca en una estrategia más amplia: utilizar la Luna como plataforma previa para futuras misiones tripuladas a Marte.
Dependencia privada
Pese a la magnitud del proyecto, el presupuesto estimado ronda los 30.000 millones de dólares, muy por debajo del esfuerzo económico del programa Apolo. La administración de Donald Trump mantiene la presión sobre la NASA con recortes generales, aunque preserva las misiones lunares como prioridad política frente a China.
El papel del sector privado será decisivo. Compañías como SpaceX, así como Blue Origin aportarán tecnología clave, especialmente en módulos de aterrizaje junto con transporte de carga pesada, aunque sus desarrollos aún no han sido probados plenamente.
Mientras tanto, Pekín avanza con su propio calendario. China planea enviar astronautas a la Luna en 2030, además de estudiar tanto misiones más simples en zonas ecuatoriales como el desarrollo de instalaciones nucleares en colaboración con Rusia, con la vista puesta también en el polo sur.