¿Se han fijado? Hemos pasado del respeto reverencial a las cámaras a la laxitud absoluta. Los prudentes son cansinos, los incontinentes son referentes. Tal vez sea la consecuencia directa de que en casa, frente al espejo de la pantalla de nuestro móvil, sentimos que tenemos un desparpajo intelectual colosal. Somos vedettes del selfie. Y las redes sociales nos dan el empujón de narcisismo para creérnoslo definitivamente, pues allí siempre hay alguien dispuesto a otorgar la razón al más adanista del lugar.  

La fama -que no el prestigio- ya es lowcost. Y, como la ambición es atrevida, los tertulianos se enfadan, se gritan y se provocan porque “yo sé cómo se hace todo”.  Las burbujas del ego se les suben a la cabeza. Tanto que son capaces de sentirse más esenciales en el micrófono que los protagonistas de la actualidad. Los ombliguistas sufren el veneno de la popularidad ultraprocesada, que se desinfla tan rápido como uno se piensa imprescindible para la humanidad. 

Invisibles parecen quedar aquellos profesionales del periodismo que la serenidad era su valor. Los que se angustiaban si las vehemencias los atrincheraban en un sometimiento ideológico. Hasta perder la perspectiva de la honestidad, como parada más próxima a la objetividad. 

Ahora, en cambio, se interioriza como competitivo el histrionismo que nos hace previsibles. No importa qué y cómo, importa quién lo dice para posicionarse en un prisma u otro. Así el ardor del relato nos entretiene, mientras pasamos de puntillas por las relevancias de la vida. Todo lo que nos perdemos enredados en autocoronarnos ganadores de la polémica del día, en la que todos opinan y de la que pocos saben. En la que todos imponen y donde pocos escuchan.

Estamos adictos al show de los zascas que es la antítesis del periodismo en todas sus vertientes. Nos hemos transformado en animadores más que en ciudadanos críticos. Porque la mayor forma de manipular a la sociedad es naturalizar el tratamiento de la política con las mismas simplicidades que un reality al estilo de GH VIP. Y ni lo vemos. Es más, valoramos el ruido, la imposición y los malos modales como lo más moderno, lo más competitivo. Aunque nos haga más dóciles, pues los argumentos son más huecos, más demagógicos, más empobrecidos intelectualmente. Qué distraídos nos quedamos cuando nos meten a presión en el molde del «estás conmigo» o «estás contra mí». 

Se ha pervertido la gran comunicación, la que cromprendía la responsabilidad social de estar delante de un micrófono. Y algunos hasta celebran tal extravío de rumbo. Será que se nos va estropeando el sentido del gusto. Se nos está atrofiando el paladar.