Científicos de diversos centros británicos han confirmado que el acetato de megestrol y el acetato de medroxiprogesterona orales tienen un impacto clínico relevante en pacientes con cáncer de mama ER+ que han agotado otras posibilidades de tratamiento. Aunque en el conjunto de toda la cohorte las medianas de supervivencia global …


Científicos de diversos centros británicos han confirmado que el acetato de megestrol y el acetato de medroxiprogesterona orales tienen un impacto clínico relevante en pacientes con cáncer de mama ER+ que han agotado otras posibilidades de tratamiento. Aunque en el conjunto de toda la cohorte las medianas de supervivencia global (SG) y libre de progresión (SLP) se situaron alrededor de los tres meses, un subgrupo de pacientes obtuvo beneficio prolongado, con una tasa de SLP del 16% a los seis meses y del 6% a los doce meses de tratamiento. Los investigadores también hallaron que tanto la exposición previa a inhibidores de las quinasas CDK4/6 como la presencia de metástasis hepáticas se asociaron a menor SLP, si bien estos factores carecieron de influencia sobre la SG.

Alicia F. C. Okines, científica del Institute of Cancer Research y directora del estudio, afirma que la toxicidad de los progestágenos fue manejable, aunque se registraron accidentes tromboembólicos en el 9% de las pacientes y casos graves de embolia pulmonar e ictus isquémico. Otros efectos secundarios incluyeron edema periférico y fatiga, añade la investigadora. Sin embargo, la terapia mejoró notablemente el apetito en el 10% de las pacientes, lo cual es relevante en el contexto de la caquexia asociada al cáncer, señala Okines.

A pesar de que los progestágenos han sido desplazados por terapias más recientes, como los inhibidores de la aromatasa y los degradadores selectivos del receptor de estrógenos, su relevancia persiste en líneas avanzadas de tratamiento. Dado su bajo coste y administración por vía oral, estos fármacos representan una alternativa pragmática en pacientes que han agotado otras opciones terapéuticas o que priorizan el control de síntomas y la calidad de vida frente a tratamientos más tóxicos, como la quimioterapia, concluye la científica.


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