¿De verdad hace falta resumir El diablo viste de Prada? Probablemente no. Si estás leyendo esta crítica, ya habrás visto la primera película. Y es muy posible que más de una vez. Andy Sachs (Anne Hathaway), la joven periodista de aire inocente e inexperta en el mundo de la moda, consigue un trabajo en Vogue (perdón, Runway), bajo las órdenes de Anna Wintour (perdón, Miranda Priestly, interpretada por Meryl Streep). Andy es dulce, Miranda es implacable. Con el tiempo, ambas acaban desarrollando un respeto mutuo, hasta que Andy decide mantenerse fiel a sus principios. Botas de Chanel. Cinturones color cerúleo. Manuscritos de Harry Potter. Y ahora, volvemos a por más.
Así es. Han pasado nada menos que 20 años desde que Andy dejó Runway y, desde entonces, hemos sobrevivido a unos 400 millones de publicaciones nostálgicas en Instagram sobre la película. Era inevitable regresar a ella. El arranque es ágil. Andy, que ha estado trabajando como periodista, es despedida y consigue una entrevista para el puesto de editora de reportajes en Runway. Acepta. Quizá escriba un libro sobre su experiencia con Miranda. Y sí, Miranda sigue ahí, aunque ahora más cerca que nunca de la cancelación. Además, tiene que colgarse su propio abrigo. También regresa el estilista Nigel (interpretado por el siempre afable Stanley Tucci). Emily, la asistente mordaz y casi antihéroe a la que dio vida Emily Blunt, también vuelve, aunque esta vez trabaja para una firma de moda.

Macall Polay
¿Dónde nos encontramos? En Runway, como no podía ser de otra manera, que atraviesa el mismo declive que ha golpeado a todo el sector de la prensa impresa desde la primera película. Miranda, cuya crueldad ha menguado mientras su desconcierto general ha aumentado de forma notable, parece estar de luto. Andy trabaja sin descanso para dar visibilidad a causas justas. Nigel se lamenta de que la mayoría de la gente simplemente ignora su trabajo editorial en Instagram.
Sí, estamos claramente en la agonía de Runway. Abrígate —¡a Miranda le sobran abrigos!— porque el ambiente es helador. El diablo viste de Prada 2 vuelve a estar dirigida por David Frankel, que sabe perfectamente lo que hace. Hay música pop muy bien elegida (Dua Lipa, Madonna), algunos guiños al pasado (sí, esos chistes que ya conocías… ¿de verdad querías volver a escucharlos?) y un manejo impecable de un reparto lleno de talento. Anne Hathaway sostiene la película con solvencia y, aunque se echa en falta un mayor desarrollo de la relación entre Andy y Miranda, su interpretación resulta natural y, hacia el final, especialmente luminosa.
La primera película se basaba en la novela homónima de la exasistente de Wintour, Lauren Weisberger. Aunque seguimos en el mismo universo, las tramas de esta secuela —especialmente la de un multimillonario que adquiere una revista histórica— parecen sacadas directamente de los titulares (y, en ocasiones, de los rumores). Algunas resultan tan precisas que apostaría toda mi ropa de diseñador a que hubo periodistas asesorando el guion. Otras, en cambio, se sienten algo desfasadas: ¿debates sobre inteligencia artificial? Qué pereza. ¿La frustración de Andy con el periodismo digital? Como si nunca hubiera tenido un blog.
Pero quizá ahí radique precisamente la clave. La sensación dominante de la película es la nostalgia. En parte, porque se trata de una secuela que en ocasiones abusa de las referencias. Pero también porque recupera ese tipo de cine de los años 2000 que tanta gente echa de menos (y que, todo sea dicho, va a hacer que esta película recaude muchísimo dinero). Los conflictos no son especialmente elevados y los personajes, en su mayoría, tienen intenciones bastante nobles. ¿He mencionado ya la música pop de la banda sonora? El plano final, que deja claramente la puerta abierta a una nueva entrega, funciona casi como un final alternativo de El diablo viste de Prada. Y, desde luego, habría gustado mucho más a los fans de la original.
A medida que la película se precipita hacia ese cierre, nos deja dos momentos realmente memorables: una conversación entre Miranda y Andy, y un almuerzo entre Emily y Andy. En esas escenas, los personajes se enfrentan a una cuestión incómoda y dolorosa: ¿y si han dedicado su vida a la causa equivocada? Para algunos, la respuesta resulta demasiado evidente. No se profundiza en exceso, porque el brillo reconfortante de un final feliz es difícil de resistir, pero en el corazón de esta historia late una película algo más oscura que habría sido interesante explorar con mayor profundidad. Y eso es todo.
El diablo viste de Prada 2 ya está en los cines.