Ahora que mis tardes transcurren entre parques infantiles y disputas por el turno en el columpio me acuerdo mucho días de Leslie, la protagonista de ‘Parks and Recreation’, cuya abrasiva intensidad gestionando el departamento de espacios públicos de una pequeña ciudad de Estados Unidos hace … de Vito Quiles subido a una mesa de bar un señor tranquilo. Imagino que en algún oscuro rincón del Ayuntamiento de Madrid también hay un grupo igual de entusiasta y extravagante de funcionarios discutiendo sobre la longitud del tobogán que van a instalar en un futuro parque en Sanchinarro. Así se entiende el descatalogado repertorio de ‘atracciones’, con alturas de dos metros para críos que no levantan un palmo del suelo.
Me acuerdo de esta ‘sitcom’ también viendo al mazado Nick Offerman en ‘Margo tiene problemas de dinero’, aunque su seriedad natural y su arqueamiento de cejas no encaje tan bien en esta serie como en la otra, filmada a modo de falso documental, que empecé a ver en su día para cubrir el vacío que me dejó el final de ‘The Office’. La serie ambientada en la ciudad de Scranton la empecé a ver por paliar el mono tras acabar con ‘Modern family’. Con todas ellas pasé días de vino y carcajadas, un oasis, siempre buscando un respiro para apaciguar la vida y olvidar el tiempo aunque sea a modo de risas enlatadas.
No recuerdo a qué serie recurrí para reemplazar a ‘Malcolm in The Middle’, pero sí que al cabo de cuatro o cinco temporadas de revisionado me cansó tanto que un sarpullido me pedía a gritos dejar de lado a la familia sin apellido. El reencuentro estrenado hace poco en Disney+ no es ya un ejercicio de nostalgia sino de falta de ideas. Han conseguido la vuelta de prácticamente todo el electo original y ahí se han dejado el presupuesto, a juzgar por la purpurina del último episodio que es más falsa que el CGI de los superhéroes de Marvel. La sitcom parece por momentos de serie B y las historias son un recordatorio de que todo tiene un principio y un final. Me reí algo por lo que fue, no por lo que es. «Al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver», cantaba Sabina. La culpa, quiero pensar, es de esa necesidad constante de buscar carcajadas para tapar goteras de aquí y allá, el problema es que ya provoca más risas la realidad que la ficción. Sin duda, la persecución con las Charos me hizo mucha más gracia que la paliza postboda de ‘Euphoria’, aunque ver a Sydney Sweeney con la boca ensangrentada llorando por su maquillaje corrido ajena a la tortura al bueno de Jacob Elordi bien merecía risas enlatadas.