
02/05/2026 a las 01:02h.
En casa de Antonio López (Tomelloso, Ciudad Real, 1936) las fotos que importan se cuelgan sin marco en la pared, una chincheta y a correr. El encuentro con este gigante en su casona de Madrid devuelve abruptamente al visitante a lo esencial, largos pasillos, pequeñas estancias, olor a madera de casa de abuela, a siglo XX. Dice el artista que vivimos tiempos caóticos, pero aquí, de puertas para adentro, lejos queda la distopía, y todo parece funcionar en un lugar donde el ornamento es el que va imponiendo la vida. Las cosas están ahí para ser usadas, y las hay a miles en este refugio con patio y la palmera que se trajeron de Elche él y su familia. Juguetes de los nietos, cuadros a cientos, libros por doquier, una escultura de su mujer a tamaño casi natural…
Y esas fotos en la pared de la salita, donde pasa casi todo el tiempo que no está fuera pintando o enseñando a pintar, en una actividad laboral frenética. En una se le ve peinando a su Mari, con la que tuvo dos hijas. María Moreno, fallecida en 2020, su inspiración y su razón de ser, perteneciente como él al grupo de pintores realistas españoles, todos desaparecidos. Al lado, las instantáneas muestran a los enamorados pegados, un único ser, mirando a cámara o hablando como si estuvieran solos. Más arriba, él de muy joven, guapo, el día que se licenció en la mili… Los ojos de cielo de López brillan hoy como si no llevaran 90 años escudriñando el mundo para retratarlo, iguales a los de esa escultura que está creando de sí mismo gracias a una foto de cuando era bebé. Para el retrato de esta entrevista, a la que comparece con la ropa manchada de pintura, se agacha con la soltura de un adolescente y se coloca en cuclillas junto al niño que fue. «¿Está bien así? No pienso posar haciendo como que pinto», avisa. No hace falta.
Sobre una mesa camilla, dos membrillos que ni cogiéndolos parecen del yeso del que están hechos. Cajas de medicamentos. Al fondo, la cocina con el frigorífico, ese que inmortalizó abierto en ‘Nevera nueva’ (1991-1994): huevos, botella de leche, pollo entero, cazo con tapa… Y un misterio; por la puerta del electrodoméstico discurre la misma línea horizontal turquesa, a veces discontinua, plantada a brochazos por las paredes de buena parte de la casa, pintada en blanco cuando este color no necesitaba de más calificativos. Junto a la escultura de sí mismo..Ó. Chamorro
– ¿Qué es esa línea, Antonio?
– ¿Cuál? Ah, la altura de mis ojos, el horizonte, para pintar, de ahí hacia arriba y de ahí hacia abajo.
– ¿Le gustan las entrevistas?
– Me gusta hablar. Las entrevistas, depende. Me agradan las personas, me agradáis vosotros.
– Le he traído una foto de una obra de arte que sé que aprecia.
– (la mira y sonríe) Me gusta con locura. Es la escultura del boxeador encontrado en las termas de Constantino, en Roma. Si se pusiera de pie mediría 1,90. La descubrí en mi primer viaje a Italia, que hice con mi amigo el escultor Francisco López en agosto de 1955. Es impresionante, el bronce ha quedado intacto. Está completa, tiene pestañas, es un espectáculo. En las heridas incrustaron cobre en el bronce para dar el tono rojizo de la sangre. Es una obra inmensamente maravillosa.

Nevera y la línea a la altura de sus ojos en la pared.
– ¿Recuerda cómo empezó a pintar?
– Fue con 13 años, guiado por mi tío, Antonio López Torres, pintor de Tomelloso, gran artista y persona excepcional que convenció a mi padre para que me trajeran a Madrid. Y con esa edad ya me decía que yo valía para pintar, un riesgo enorme porque podía no haber sido así. Para mí, la pintura era la de mi tío; cuando me llevaron a Madrid en octubre de 1949 para preparar el ingreso en la escuela de Bellas Artes, fuimos al Prado y no me gustó. Yo le dije «tío, su pintura me gusta más que lo que acabamos de ver». Y él se quedó entre enfadado y encantado, porque lo que había visto me parecía una cosa muy oscura y yo el mundo lo veía lleno de luz, del sol de la Mancha, y aquellos fondos tan negros, esa pintura tan severa no la entendía. Sin embargo, después, en aquel viaje a Italia, hablamos del arte español con nostalgia pensando que esos cuadros oscuros tenían que encerrar un secreto por descubrir, y ahí empezó mi encuentro con él. Me desengañé de los pintores italianos y empecé a pensar que Velázquez, Goya, Zurbarán… Éramos nosotros, nuestro arte. Y era muy grande.
– Creció con el expresionismo abstracto y otras vanguardias, ¿qué le parecía ese modo de ver la realidad?
– Todo el arte que no fuera el Prado no se veía porque había pocas exposiciones y pocos libros. Por rendijas a veces veías arte moderno, también el antiguo, y ambos me sedujeron enseguida. Me impresionaron Picasso, Dalí, Chagall, Klee… la abstracción la conocí más tarde. Y también Grecia, Roma, Egipto…
– Se instaló en el realismo, una corriente que algunos dieron por agotada con la fotografía…
– Discutir si la fotografía hace imposible la figuración en esta época es algo que no quiero hacer. Hay gente que lo cree, pero la pintura figurativa del siglo XX es un pedazo del arte universal de un valor inmenso. Mis amigos y yo pensamos que nuestra figuración era moderna, que estábamos haciendo algo nuevo, aportando, porque nunca se habían pintado así un cuarto de baño o una nevera, no había neveras además. El mundo moderno presenta aspectos nuevos y la pintura no lo reflejaba, la fotografía sí. Pero hay que saber distinguir entre ambas, y si no se sabe no hay nada que hacer.

Fotos con su mujer, la pintora María Moreno, fallecida en 2020..
(Ó. Chamorro)
– Es de los pocos que sigue pintando del natural, banqueta en la calle.
– Nadie lo hace ya. Los impresionistas salían a la calle, y ahora la gente pinta todo de foto. A mí no me gusta, no es bueno, lo sé por mi experiencia. No es lo mismo, hay una diferencia imposible de definir pero real. Sale otra pintura. Hay un cuadro, un retrato que Cézanne, que pintaba del natural, hizo a partir de una foto. Pues lo he visto y no es Cézanne. La pintura que haces del natural, el ritmo que marcas, cómo te vas adaptando, la variación de las formas, cómo corriges, dudas, paras. Todo eso la fotografía te lo cambia, suplanta al natural. Es como el amor con una mujer que es una estampa, una muñeca.
La época más triste
– ¿Le ha costado vender obra?
– He tenido mucha suerte porque empecé a vender muy pronto. Y si te refieres a si me da pena deshacerme de ella, ninguna. El placer mayor es la creación y luego que te atiendan, te quieran y te compren. Es un oficio que te tiene que dar de comer, como cualquier profesión. Si no, no funciona, la vida es muy larga y no puedes afrontar tanto tiempo una situación en contra. Cinco, ocho años, pero no toda la vida. Tienes que ser estimado, no por todo el mundo, pero al menos por una parte de la sociedad.
– Usted goza de estima generalizada.
– No, en absoluto, pero no importa. Eso sí, te lo tienes que merecer, no todo el que quiere ser pintor se merece que la sociedad lo alimente, pero ¿quién lo decide? Si naciéramos con un letrero en la frente… Las abejas en eso son fantásticas, cada una tiene su función, obreras, zánganos, reina… Pienso que de 100 pintores a lo mejor no hay más que dos útiles para la sociedad. Debería haber un corte claro entre profesionales y aficionados, como con el deporte, pero es imposible.

Sentado en la sala.
(Ó. Chamorro)
– Dice que no le obsesiona la muerte, sino el dinero. Aunque parece llevar una existencia sencilla…
– Mi mayor obsesión han sido el amor y mi desarrollo como pintor. El dinero es necesario, porque el arte es un oficio nada sencillo. Con la muerte no estoy obsesionado en absoluto. Me pasan y me han pasado cosas, tengo 90 años, pero no pienso en la muerte. Sin embargo, me he obsesionado con que le pasara algo a las personas que quiero, obsesionado hasta el tormento, pero por mí, nunca. La temporada más triste de mi vida ha sido cuando no tenía un amor. Y fueron muchos años. En esa época me quería morir, no quería vivir. Cuando me ha faltado el amor he sido un desgraciado con un pincel en la mano pensando ‘¿qué hago aquí?’.
– Se van amigos, compañeros…
– Se han muerto todos, incluida mi mujer. El arte me ha ayudado a superarlo, y la memoria, porque esas personas están dentro de ti. Mientras tú estés vivo, están presentes. Ahora estoy pintando varias cosas a la vez, uno de los bloques temáticos es mi casa, la calle, el jardín, el cuarto de baño, donde duermo y donde como. Para preservar esa memoria. Estoy trabajando también con encargos, una cabeza de más de un metro de una chica que tengo que hacer en una fundición y que debe evocar a Roma porque es para Calahorra, que fue asentamiento romano. También estoy haciendo unos Cristos, uno para Vitoria y otro para una universidad de Madrid. Hice las puertas para la catedral de Burgos, pero nunca había hecho un Cristo crucificado. Es impresionante el tema religioso, protagonista del arte hasta el siglo XIX, cuando los dioses desaparecen y aparece el hombre.

Membrillos.
(O. Chamorro)
– ¿Es creyente?
– Depende de lo que se entienda por ello. Conozco creyentes de verdad que van a misa y creen como podía creer un hombre del siglo XVI. Y eso me impresiona mucho, he estado cerca de todo eso. Pues debajo, bien debajo de toda tu vida, aparece lo religioso en aspectos diversos, como lo espiritual, y de lo espiritual a lo religioso hay un paso. Se puede hacer hoy un arte religioso digno que no se puede comparar con el que se hacía cuando la gente vivía lo religioso como algo de importancia total, atemorizados, pues la religión cristiana es así, está el infierno y Dios castiga.
Obreros y señoritos
– ¿Cuál ha sido el mejor premio?
–Cuando me eligieron para ingresar en la escuela de Bellas Artes; al volver a mi pueblo era feliz.
– En Tomelloso le quieren, ¿no?
– Pienso que sí. Yo quiero a Tomelloso, he estado enamorado del pueblo y de su gente. A la que conocí de joven, la que trabajaba. Los señoritos no trabajaban, pero los obreros, muchísimo. Me quedé con eso y ha sido un esquema que me ha servido para vivir. He pensado que eso era lo que tenía valor y lo otro me parecía despreciable, personas que no sabían vivir, unos idiotas.
– ¿Suele votar?
– La justicia es un sueño del hombre. En la naturaleza no hay justicia. Nacen personas deformes, niños que se mueren… Y si existe, tiene unas reglas que el hombre no entiende. El hombre sueña con la justicia, y cuando veo la injusticia, me parece un fracaso del hombre , la sociedad no va en la dirección de la justicia.
