El desierto del norte de África ha sido escenario histórico de grandes duelos. Desde las incursiones romanas hasta el enfrentamiento de Rommel y Montgomery en … la Segunda Guerra Mundial, estas arenas han sido testigo de luchas y desafíos antológicos. Quizá por eso la Titan Desert que les hemos contado estos días Josu, Bruno y Lucas se contagia de esa épica. La aventura es algo inherente a estos más de 600 kilómetros que hemos rodado esta semana entre el Atlas y el desierto del Sáhara. Tierras que sobrevoló Saint de Exupery hace 100 años antes de escribir ‘El Principito’.
Así lo hemos vivido, así también se lo hemos intentado transmitir en nuestras crónicas durante estas jornadas en las que hemos cambiado el escritorio de la redacción de EL CORREO por el manillar. Una aventura en la que hemos sufrido, disfrutado y reído. Y entre pedalada, foto y vídeo tampoco hemos perdido el ritmo de la carrera. La general no engaña y el equipo de EL CORREO que les ha ido narrando esta 21º Skoda Titan Desert Morroco ha quedado en quinto lugar.
Pero también nos ha dado tiempo para pensar en muchas de las horas de pedaleo solitario. Sirven para ver que la aventura trasciende a los paisajes y que la épica no reside tanto en el desierto como en las personas. Así lo narró Joseph Conrad en su ‘El corazón en las tinieblas’, ambientado en este continente, aunque en tierras más al sur y tropicales. La clave reside en el interior de las personas, en la fuerza de voluntad de ‘Muji’, que ha hecho su Titan en una handbike adaptada después de quedarse parapléjico por un accidente. Es valiente hacerlo así, pero lo es más levantarse cada mañana para ganarle una sonrisa a la vida.
Mérito mayor es también el de la sonrisa de los niños que salían al paso de la carrera por sus aldeas para saludar a los ciclistas. Su vida es muy diferente y mucho más difícil que nuestro esfuerzo para completar la prueba. Y nuestro único mérito es la inexplicable razón de haber nacido 1.000 kilómetros más al norte.
La Titan es una aventura, sí. Y la superación de uno mismo es un reto satisfactorio, también. Pero lo es más el fondo de cada persona, el esfuerzo que destinan muchos anónimos en su día a día para cuidar a sus padres, a sus hijos o trabajar a turnos. La virtud de estas pruebas es la de cristalizar y visibilizar lo importante de un propósito. Y eso es lo que nos llevamos de tierras marroquís.
Eso y la vista de paisajes espectaculares y el recuerdo de momentos inolvidables que les hemos trasladado estos días en cada una de nuestras letras, imágenes y vídeos. Todo ha ocurrido en una prueba que arrancaron en Boumane Dades el domingo 26 de abril 470 ciclistas y que acabaron este sábado 350 de los 475 que empezaron. Muchos aventureros se han quedado por el camino en los 600 kilómetros y más de 6.000 metros de desnivel acumulado por caídas, desfallecimiento o por puro agotamiento.
En lo deportivo, la sexta y última etapa comenzó como lo han hecho varias: con el protagonismo de nuestro compañero Jonathan Castroviejo. El exprofesional de Getxo, seis veces campeón de España de contrarreloj, atacó y tensó el ritmo de la carrera en los primeros 20 kilómetros de carrera que transcurrieron por pistas rápidas, picando ligeramente hacia arriba y con un fuerte viento en contra que endureció la marcha. El pelotón se dividió en diferentes grupos comandados por el corredor vasco, Luis Angel Maté, líder de la prueba, y Miguel Indurain, que dio muestras de la clase que sigue atesorando en las piernas el pentacampeón del Tour.
En las diferentes escaramuzas y tras una dura subida de dos kilómetros y medio en el 40, Castroviejo se escapó con Josep Termens, ciclista residente en Suiza, con el que siguió tirando por caminos rápidos hasta llegar a meta en Maadid y donde no disputó el sprint en un gesto elegante de aquellos con los que jalonó su carrera Indurain.
La meta de la sexta etapa fue una explosión de sensaciones. Cada ciclista las lleva a su manera. Las motivaciones para llegar hasta aquí son tan variadas como los participantes y explotan de muchas formas. Hay quienes hacen una videollamada a su familia en los últimos metros para compartir esos instantes con sus seres queridos. Otros se abrazan al compañero del que recibieron la ayuda necesaria en un momento crítico de la prueba. Otros lloran sentados en el suelo… Y surge un sentido de fraternidad.
Se podría decir que este tsunami de emociones solo se entiende si has estado aquí. Pero no es así. Este sentimiento es el mismo que el del deber cumplido. La virtud de esta prueba es, quizá, hacer más visible los valores que mueven el mundo. Eso, con más o menos acierto, es lo que hemos intentado contarles estos días titánicos.
