Mi primo, de 24 años, me pregunta si Vito Quiles es buen periodista. La afirmación que esconde su duda me perturba, pues denota la confusión que llevamos bien adentro. Porque los vídeos de Quiles representan la antítesis de lo que significa la profesión de periodista. 

Un periodista escucha, no acosa. Un periodista encuentra respuestas, no disfraza proclamas en preguntas. Un periodista pregunta a todos, no solo busca provocar a los que no piensan como él quiere que piensen. Un periodista aporta perspectiva, no asedia a personas en su vida cotidiana. Un periodista explica, no increpa. 

Vito Quiles es un agitador. Un polemista que se salta los límites éticos y recrimina para alcanzar el choque que se visibiliza rápido en las redes sociales. Como hacían antiguamente determinados paparazzis de la prensa rosa: si el famoso no iba a hablar, se le ponía una trampa para ver si se desquiciaba y surgía una salida de tono. Así había noticia. Aunque no hubiera noticia: se había forzado la situación prendiendo gasolina.

La técnica del acoso para deshumanizar al oponente no es nada nueva. Pero hay una generación, que ha crecido con el móvil en la mano, que la ha naturalizado. Incluso la contempla con simpatía. Porque “dice las cosas a la cara”.  Como si eso solucionara algo. Los algoritmos de las redes sociales nos han ayudado a confundir información con el show del zasca y el alarido. Las métricas de la viralidad promocionan el impacto fácil, polémico y efectista que aupa la opinión histriónica y esconde las crónicas periodísticas repletas de matices. Las complejidades, que son la base de la vida, quedan enterradas por el entretenimiento del espectáculo de batallas dignas de personajes de cómic. Y Vito, con su camisa abierta, podría ser un entrañable justiciero de tebeo español. 

El problema es que a los que tenemos más memoria hay actitudes que nos recuerdan a las cazas de brujas de tiempos pasados. A aquellos que perseguían a los que no entraban en su patrón.  A aquellos que se autolegitimaban como salvadores del pueblo. Sin el pueblo, claro. 

Mi primo solo tuvo que volver a ver vídeos de Vito para comprender por qué Vito es polemista, no periodista. En su contenido, nunca hay reportajes contrastados. Hay acorralamiento, reproches y provocación. Y consigue que terminemos gastando horas y horas de nuestro valioso tiempo en hablar de él, en vez de ahondar en las causas y consecuencias de la política real que nos afecta en el día a día. Es la victoria de los mercaderes del odio, que anteponen el individualismo de su protagonismo a la honestidad comprometida con la colectividad.

Pero, ¿cómo hemos llegado hasta aquí? Para ir a la raíz del asunto, no podemos quedarnos solo en la superficie de la crítica al personaje y, también, debemos analizar cómo se ha estado jugando durante los últimos años al calentamiento de la gresca que sube el share, da clics y suma likes. Se sigue haciendo. También por los propios políticos, cuando amparan malas prácticas. O la misma tele, cuando instrumentaliza la actualidad con la tensión narrativa de un reality show. Anteponiendo la excitación de la audiencia a la responsabilidad de la convivencia democrática. Alimentando a malos malísimos para ser ellos buenos buenísimos. Y, mientras tanto, nos creemos informados pero solo estamos distraídos. Perfecto para asentar una sociedad más dócil, atrapada en el enfado que grita más que piensa.