En la pantalla de Zoom aparecen tres mujeres: Alex Cadon, investigadora y ciberfeminista; Eva Cruells, psicóloga, investigadora y consultora en políticas públicas de género; y Núria Vergés, socióloga e investigadora con un doctorado en economía social y experta en ciberseguridad. Son las creadoras de Fembloc, una organización única en España de atención a víctimas de violencia machista digital nacida en Cataluña a finales de 2022. Las tres llevaban más de dos décadas analizando el crecimiento de Internet y de las redes sociales. Lo que percibieron, “sobre todo a partir de 2014”, es que, a medida que se expandía el mundo virtual, también lo hacía esa violencia, adaptándose muy rápido.
La observación de esa realidad creciente hizo que empezaran a hacer red con otras organizaciones ―de España y otros países, sobre todo de América Latina―, que ya venían estudiando, analizando y poniendo en marcha proyectos contra esa nueva forma de violencia machista. Del aprendizaje de todo ello nació Fembloc, que desde el inicio tuvo “una pata” de formación, otra de investigación, otra de acción ―herramientas para contrarrestarla, como una guía para desconectar de tu ex o un kit de autodefensa digital feminista―, y una última de atención tecnológica, psicosocial, legal y de acompañamiento a esas mujeres: adolescentes, adultas o mayores a quienes sus parejas o sus ex controlan las compras por Internet o entran a sus cuentas de Instagram, Facebook o WhatsApp. También las que sufren esta violencia por parte de desconocidos a través del acoso, la sextorsión o los deepfakes.
Eva Cruells y Alex Cadon con una tablet en la que aparece una de las ilustraciones del kit de autodefensa digital feminista creado por Fembloc.GIANLUCA BATTISTA
Todo ese trabajo las llevó a ganar la licitación hace unos meses del SIEDI, el Servicio de Intervención Especializada en Violencias Machistas Digitales de la Generalitat de Cataluña, en el que trabajan 22 personas de distintos ámbitos como la justicia, la psicología, la sociología y la tecnología. En esta entrevista, Haché, Cruells y Vergés hablan de la violencia machista digital, de las estructuras que la facilitan y de la organización frente a ambas. “Necesaria”, afirman.
Pregunta. ¿Por qué necesaria?
Núria Vergés. Hay que entender cómo funcionan las redes, en manos de quién están. Nosotras insistimos mucho en apostar por el software libre, pero entendiendo que a veces no se puede y entonces hay que aprender a usar de la manera más segura e informada posible las herramientas del mal.
P. El mal.
Alex Cadon. Las bigtech, los hombres blancos, cishetero y misóginos que son dueños de las mayores tecnológicas del mundo. Las plataformas comerciales están diseñadas para generar, amplificar y monetizar violencias machistas digitales, y el contexto social también importa. En España se agudizó en 2018 con la irrupción de Vox.
P. Ahí ya estaban trabajando con la idea de Fembloc.
N. V. Sí. Estuvimos tres años hasta que conseguimos fondos europeos, en 2020, y ya pasamos a crear una infraestructura sistematizada, con protocolos de respuesta y acompañamiento. Y con contacto permanente con otras organizaciones. Se creó, por ejemplo, una Comunidad Internacional de Líneas de Atención Feministas con proyectos en 18 países y llevamos cuatro años intercambiando con ellas cómo hacer algo concreto, con qué herramienta, o simplemente saber si algo de lo que nos está pasando aquí pasa también en otras partes.
P. ¿Y ocurre?
Eva Cruells. Hay cuestiones comunes. Por ejemplo, que las violencias digitales van más allá de lo virtual; el impacto puede estallar en diferentes áreas de la vida. Por eso no trabajamos solas, sino en red, coordinándonos con otros servicios. Trabajamos con todo el circuito de violencias en Cataluña, con entidades locales para activar todos los recursos posibles, con organizaciones antirracistas, feministas. Nos hemos especializado mucho en la parte digital, pero desde esta perspectiva interdisciplinar, porque no es solo el “ponte una contraseña fuerte”. Hay que entender la situación para elegir qué acciones son necesarias y cuándo.
P. ¿Cuándo?
N. V. El momento es importante: hay veces que cambiar una contraseña no es lo más adecuado, quizás estás conviviendo con el agresor y de lo que sí es momento es de compilar y documentar evidencia de cómo está vulnerando tus derechos. Nosotras vamos construyendo esta estrategia con la persona, dándole herramientas a nivel tecnológico para que tome el control de sus dispositivos, de sus cuentas, de sus parámetros de seguridad y privacidad, y sobre todo que entienda bien qué está pasando, cómo y por qué, para poder protegerse de la forma más efectiva y para que no le vuelva a pasar o que pueda detectarlo si sucede.
P. Han dicho “compilar y documentar evidencia”.
A. C. Es parte del análisis forense: el peritaje informático en este tipo de casos, que es un área en el que también detectamos que no había muchas mujeres. Ahora tenemos a dos personas del equipo que son peritas informáticas y tres compañeras están trabajando y capacitándose en análisis forense. El tema de la prueba digital es todavía un complejo: no hay mucha jurisprudencia ni normativa que te diga que esa prueba tiene que ser de una u otra manera determinada, y sí veíamos que se impugnaban, por ejemplo, capturas de pantalla alegando que estaban manipuladas. Así que también hemos generado un corpus de conocimiento con especialistas de la abogacía y la justicia sobre la prueba digital y sobre cómo certificarlas para que puedan ser válidas en un proceso legal.
Eva Cruells (d) y Alex Cadon, en Barcelona.GIANLUCA BATTISTA
P. ¿Qué otras cuestiones han detectado?
E. C. Entre ellas, que hay una brecha digital muy importante entre quienes trabajan en atención a violencia. Por ejemplo, una profesional nos cuenta que una mujer le relata que su ex la sigue, sabe dónde está y la controla, pero esta profesional no sabe cómo lo puede estar haciendo, si le tiene hackeado el móvil o si ha habido un acceso ilícito, por lo que no puede acompañar bien a esa víctima. Cuando vimos esta grieta, decidimos también preparar formación para esas otras profesionales.
P. ¿Hay algo que sea más habitual entre todo lo que les llega?
E. C. En las relaciones sexoafectivas hay mucho control, vigilancia digital, rastreo, interceptación de las cuentas, acceso ilícito a dispositivos y robo de información. A veces, porque en esta idea del amor romántico se ha normalizado tener acceso al móvil de la pareja, cuando no debería ser normal que nadie conozca tus contraseñas de correo, móvil o redes; a veces, porque se enlazan las cuentas, sobre todo cuando se convive. También sucede que ellos configuran los dispositivos por este estereotipo de que se manejan mejor con la tecnología, y acaban teniendo acceso a cosas como la cuenta de Apple o de Gmail, donde está tu geolocalización, el mail, las fotos o el drive. Entonces tú cambias el PIN del móvil, pero él sigue sabiendo dónde estás, que has hablado con tal persona o que le has escrito a tu abogada para preguntarle cómo empiezas los trámites de la separación. Y hemos visto también casos con seguimiento y vigilancia a través de airtags, que son dispositivos, por ejemplo, para encontrar las llaves o el móvil.
P. ¿Cambian mucho estas cuestiones fuera de las relaciones de pareja?
A. C. Hay sobre todo violencia sexual digital: compartir contenido sin consentimiento, sextorsión, falsificaciones digitales… Está también toda esa violencia machista digital a mujeres con voz pública, a colectivas feministas, y el discurso de odio contra profesionales, en el entorno institucional o de distintas comunidades. Y luego tenemos de repente casos que son transnacionales, una mujer que está en España pero cuyo agresor vive en otro país. A eso ayuda mucho la comunidad internacional de Líneas de Atención Feministas.
P. Han incidido en que la violencia se adapta muy rápido, ¿hay algo que hayan empezado a detectar hace poco?
A. C. Los programas de control parental, con los que también se lleva tiempo controlando a las mujeres, se están sofisticando cada vez más. Se pueden instalar sin que se vean en el dispositivo y se puede rastrear hasta lo que estás escribiendo en WhatsApp en tiempo real. Estamos empezando a ver cada vez más casos: por el fácil acceso a este tipo de tecnología, a su instalación y al control remoto que se puede hacer, que no es solo del dispositivo, sino de la vida de esa persona.
P. ¿Todo esto está relacionado con la escasa educación digital, en general, de la población, con cómo están creados y configurados los dispositivos, con cómo se desarrolla la tecnología?
N. V. Siempre decimos que nos merecemos una mejor tecnología y un internet mucho mejor de lo que nos están obligando a usar, que no respetan los derechos humanos, digitales, del planeta, de las mujeres, que están pensadas y desarrolladas por unos misóginos con una agenda neocon.
P. ¿Todavía se puede revertir esto?
E. C. Creemos que es un buen momento para darnos cuenta de cómo han confluido patriarcado y capitalismo para construir el mundo virtual en el que vivimos sin que haya una educación ciudadana, crítica, feminista, antirracista. Y eso no es normal. No es normal que las instituciones públicas no dediquen muchos más recursos a financiar una educación digital y alternativas no comerciales creadas y manejadas desde la economía social y solidaria, o desde las organizaciones civiles, para darnos la infraestructura que nos merecemos y necesitamos como sociedad en el ámbito digital.