La próstata es una glándula exclusiva de los perros macho que, aunque pasa desapercibida para la mayoría de los cuidadores, juega un importante papel en su sistema reproductor. Se trata de una estructura pequeña, dividida en dos lóbulos, situada justo detrás de la vejiga y rodeando la uretra, el conducto por el que se expulsa la orina. Su función principal es producir parte del líquido seminal, aportando volumen al eyaculado durante la reproducción.
Las enfermedades prostáticas han quedado en un segundo plano dentro de la medicina veterinaria de pequeños animales, pero en la última década su abordaje ha mejorado de forma notable gracias a la ecografía y a un mayor conocimiento clínico. Aun así, siguen siendo muy frecuentes, especialmente en perros no castrados a partir de cierta edad, pero a menudo se detectan tarde o incluso de forma incidental.
Una glándula pequeña, pero muy activa con la edad
La próstata del perro no es una estructura estática, sino que su tamaño y actividad están directamente regulados por las hormonas sexuales masculinas, especialmente la testosterona y su derivado más activo, la dihidrotestosterona. Esto explica por qué los perros enteros (no castrados) son los más afectados por sus enfermedades, puesto que la estimulación hormonal constante mantiene la glándula activa y, con el tiempo, favorece su crecimiento.
Este crecimiento no siempre es patológico en sus primeras fases, de hecho, una de las enfermedades más comunes, la hiperplasia benigna de próstata (HBP), consiste precisamente en un aumento progresivo del tamaño de la glándula asociado a la edad y a la exposición hormonal. El problema aparece cuando ese crecimiento empieza a generar presión sobre las estructuras cercanas o se complica con otras patologías.
Enfermedades prostáticas más frecuentes
Las alteraciones de la próstata en perros no son nada raras. De hecho, en estudios epidemiológicos recientes se han detectado anomalías en casi la mitad de los animales analizados, con cifras que rondan el 47,5%.
Dentro de este conjunto, la hiperplasia benigna de próstata es, con diferencia, la más habitual. Se estima que afecta a alrededor del 80% de los perros macho enteros mayores de cinco años, aunque muchos no presentan síntomas evidentes en fases iniciales.
Junto a ella, los veterinarios también diagnostican con relativa frecuencia prostatitis (inflamación de la glándula, que puede ser aguda o crónica), quistes prostáticos y, en menor medida, tumores prostáticos. Estos últimos son mucho menos comunes que en medicina humana, pero cuando aparecen suelen tener un comportamiento más agresivo.
Cómo se manifiestan
Uno de los grandes problemas de estas enfermedades es que pueden evolucionar en silencio. Muchos perros con hiperplasia benigna no muestran síntomas durante mucho tiempo, lo que dificulta su detección precoz.
Cuando aparecen signos clínicos, pueden ser muy variados. Algunos de los más habituales incluyen dificultades para orinar, presencia de sangre en la orina, estreñimiento o cambios en la forma de las heces, además de molestias al defecar. También pueden observarse signos menos evidentes, como rigidez en las extremidades posteriores o cambios en la marcha.
En los casos más avanzados, especialmente cuando hay prostatitis, abscesos o tumores, pueden aparecer síntomas más generales como fiebre, apatía, pérdida de apetito o dolor abdominal. En situaciones graves, el aumento del tamaño prostático puede incluso llegar a dificultar el paso de la orina y afectar a estructuras óseas cercanas.
Por qué la castración tiene tanto peso en estas enfermedades
Uno de los factores más determinantes en la salud prostática del perro es su estado reproductivo. La evidencia clínica revela que los perros castrados tienen una incidencia mucho menor de enfermedades prostáticas, especialmente de hiperplasia benigna.
Esto se debe a que la castración reduce drásticamente los niveles hormonales que estimulan el crecimiento de la próstata. En muchos casos, no solo se previene el problema, sino que también se consigue una reducción significativa del tamaño de la glándula cuando ya existe hiperplasia.
Por este motivo, el tratamiento de elección en muchos trastornos prostáticos en perros no reproductores es precisamente la orquiectomía (castración quirúrgica), aunque existen alternativas en casos concretos o cuando la reproducción debe preservarse.
Tratamientos
El tratamiento depende directamente del tipo de enfermedad. En la hiperplasia benigna, la opción más eficaz suele ser la castración, ya que actúa sobre la causa hormonal del problema. En animales reproductores o en situaciones específicas, se puede optar por tratamientos que reducen la influencia hormonal sin necesidad de cirugía.
En el caso de quistes o abscesos, puede ser necesario el drenaje o incluso la cirugía, especialmente si existe riesgo de recidiva. Las prostatitis, por su parte, requieren tratamiento antibiótico en fases agudas y, en muchos casos, también castración para evitar recurrencias.
Los tumores prostáticos, aunque menos frecuentes, son los más complejos de tratar y suelen requerir un abordaje más agresivo, que puede incluir cirugía o técnicas mínimamente invasivas.
Un problema frecuente, pero todavía poco visible
A pesar de su alta prevalencia entre perros macho adultos, las enfermedades prostáticas siguen siendo relativamente desconocidas para muchos cuidadores. Parte del problema es que pueden no dar síntomas evidentes hasta fases avanzadas, y otra parte es que no siempre se incluyen en las revisiones rutinarias.
Sin embargo, algunos especialistas insisten en la importancia de incorporar y solicitar la evaluación prostática en los chequeos de perros macho enteros a partir de los cinco años. La detección precoz no solo mejora el pronóstico, sino que evita complicaciones que pueden afectar seriamente a la calidad de vida del animal.