
03/05/2026 a las 09:13h.
Sófocles afirmaba que «los niños son las anclas de la vida de una madre»; el amor por los hijos, en muchos casos, le sirve de sostén y de fuerza para seguir en el día a día. Incluso ese amor materno también sirve de inspiración para muchos hijos. Precisamente, uno de los estudios de Alberto Corbi Bellot, investigador de UNIR y miembro del Instituto de Investigación y Tecnología Educativas (iTED), nació tras observar cómo esa férrea unión en la relación que mantenía con su madre iba poco a poco disipándose a medida que la enfermedad que padecía su progenitora, alzheimer, iba ganando terreno.
«Mientras la cuidaba en las etapas iniciales de la demencia, me fijaba sobre todo en su sueño. Yo padezco un trastorno del sueño y estoy siempre atento a cómo duermo. Me autovigilo bastante y trasladé esa observación a ver cómo era el descanso de mi madre», aclara. Y tras varios meses de vigilancia, se percató de que se producían varias etapas. «Había meses que dormía de una manera, igual toda la noche seguida, y luego otros donde se levantaba mucho. No había una constancia, sino que los cambios en los patrones de sueño y del comportamiento en él eran muy abruptos».
A raíz de esa observación, inició la búsqueda de estudios relacionados con esa materia, que evidenciaban «que hay una conexión muy íntima entre el sueño y el alzheimer», pero no halló ninguna investigación «a gran escala» como la que él ha promovido, que ha estado capitaneada por UNIR y que acaba de ser publicada por la editorial científica Springer. En ella se ha constatado la conexión entre los patrones de sueño y el deterioro cognitivo en mujeres con alzheimer.
219
mujeres
han participadoen el proyecto investigador.
Un total de 219 mujeres han participado en esta investigación. La primera fue su madre y después fueron incorporándose otras personas de su confianza con esta enfermedad «para ver si tenía sentido seguir estudiando» y cuando comprobó que sí «lo planteé a UNIR». De ahí fueron abriendo el estudio a mujeres que se encontraban en centros, en residencias, «a personas que en principio no estaban diagnosticadas, pero que tenían un rango de edad similar».
Para medir sus movimientos de una forma no intrusiva recurrieron a unas pulseras especiales. El primer artículo que publicó al respecto contó con una muestra de 70 féminas, «porque es una enfermedad que afecta más a ellas». La irrupción de la pandemia detuvo por un tiempo la investigación, que se reactivó después. «Decidimos entonces utilizar herramientas de inteligencia artificial», lo que les permitió ampliar el grupo de trabajo. Se incluyó también al género masculino, pero la menor afectación y, por tanto, la menor presencia de hombres en el estudio no permitió extraer conclusiones científicas.
50
millones
es la cifra estimada de personas que viven conAlzheimer en todo el mundo actualmente.
916
noches de sueño analizadas
para asegurar que los resultados fueran sólidos.
De este modo se alcanzaron las 916 noches de estudio analizadas para asegurar que los resultados fuesen sólidos, con una media de 8,3 horas de sueño, lo que permitía capturar un ciclo de descanso completo. La IA –que ha sido entrenada para este cometido– fue capaz de detectar correctamente a casi nueve de cada diez personas que tenían la enfermedad basándose solo en cómo se movían en la cama. Su eficacia alcanza el 82,42% de precisión, lo que demuestra que el sistema es fiable a la hora de distinguir entre una persona sana y una con alzheimer. El sistema descubrió que los movimientos que duran unos cien segundos son los más reveladores para el diagnóstico, que posibilitaría a los médicos «ver» lo que ocurre en el cerebro sin tener que recurrir a pruebas invasivas –a día de hoy para detectar el alzheimer algunas de las pruebas que se realizan son incómodas, como punciones lumbares o escáneres cerebrales– o costosas.
«A partir de ahí ahora es la ciencia la que debe seguir, porque este estudio ni es una herramienta de diagnóstico como tal ni de tratamiento, sino de cuantificación y de certificación de que efectivamente hay una relación entre cómo se duerme y la enfermedad de Alzheimer», concluye.
Una manera «sencilla, barata, masiva y respetuosa» de obtener la información
El primer paso «fue tratar de medir y observar cómo dormía mi madre, sin estar allí con ella. Y descubrí unas pulseras con sensores de movimiento; un dispositivo portátil (actígrafo), que medía el movimiento, las aceleraciones. Gracias a él ya era capaz de conocer perfectamente cuánto había dormido, sin necesidad de cámaras, ni equipos complejos, respetando totalmente su intimidad y sin que fuera necesario que transmitiera en tiempo real por internet». De este modo, a la mañana siguiente o a los pocos días «podía vaciar los datos de la memoria interna de este dispositivo». Es una manera, reconoce Alberto Corbi, «de poder obtener esa información de forma sencilla, barata, masiva y transversal». Corbi recuerda que «tratamos con personas que a veces tienen un comportamiento agresivo, por lo que no se les pueden poner aparatos con cables o alterar demasiado su espacio».