Más allá de la consabida trifulca política, la última polémica en torno a la petición del Gobierno Vasco de préstamo del Guernica al Guggenheim de Bilbao puso de nuevo el foco en el frágil estado de conservación del emblemático cuadro de Picasso. Pero lo que todo el mundo obvió fue una necesaria reflexión sobre la conveniencia de que una obra encargada al artista por la Segunda República española para denunciar los horrores de la guerra y del fascismo acabara, siquiera temporalmente, en un museo que es una franquicia de una institución estadounidense apoyada por capital sionista.
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