La vida pública de Carlos Garaikoetxea describe una dilatada trayectoria que, según su propio testimonio, se volvió política a mediados de los años 70. Cuando … por insistencia de Manuel Irujo primero, y gracias a la confianza de Juan Ajuriaguerra después, pasó de simpatizar con el PNV a militar en ese partido hasta asumir sus primeras responsabilidades orgánicas. Aquella tierra de misiones que para los jeltzales era Navarra propició que, siendo convocada la primera Asamblea Nacional del PNV en Pamplona, en marzo de 1977, Garaikoetxea fuese designado presidente de una reunión que tuvo mucho de fundacional. Momento de notoriedad que le catapultó, seguido, a la presidencia del Euzkadi buru batzar (EBB). Cincuenta años más tarde, en febrero de 2025, el III Congreso de EH Bildu certificaría la desaparición política de Carlos Garaikoetxea. La conversión de la coalición en la que se había integrado Eusko Alkartasuna en un partido sin que sus socios iniciales pudieran reclamar su cuota de representatividad, acabó con ‘el partido de Garaiko’, después de un largo litigio interno y judicial. Ya el verano anterior no era fácil saber qué representaba políticamente aquella figura inconfundible que paseaba por la playa de Zarautz.
En su libro de memorias, ‘Euskadi: la transición inacabada’ (Planeta, 2002), Carlos Garaikoetxea, fallecido ayer a los 87 años a consecuencia de un infarto mientras practicaba natación en Pamplona, trató de desmentir, aunque sin demasiada convicción, que su desalojo de Ajuria Enea a finales de 1984 tras cuatro años y medio en el cargo fuese resultado de una incompatibilidad personal con Xabier Arzalluz. Alegando que respondió al distanciamiento mutuo entre la más alta responsabilidad institucional jeltzale -el Gobierno autonómico- y el partido. Especialmente, el partido en Bizkaia. Fue una crisis larvada durante tiempo, y a la vez una ruptura fulminante. Tanto que las noticias de prensa se adelantaron a la transmisión interna porque ésta estuvo vedada primero, restringida después y polarizada finalmente. Jeltzales que ponían el grito en el cielo ante la mera insinuación de que Garaikoetxea podía caer por decisión del partido eran capaces de justificarlo al día siguiente con argumentos llenos de descalificaciones personales.
La crisis se fue enconando entre mayo de 1983, cuando la dirección del partido fue desatendida por la organización navarra del PNV para facilitar que UPN y Coalición Popular se hicieran con el Gobierno foral. Mientras, en paralelo, tomaban cuerpo las tensiones en torno a la Ley de Territorios Históricos y la Ley de Aportaciones, con el Gabinete Garaikoetxea contrario a la discrecionalidad competencial y presupuestaria de las diputaciones. Esto último desembocó en diciembre de 1984 en la retirada de confianza del EBB sobre el lehendakari Garaikoetxea, y su posterior sustitución por José Antonio Ardanza. Lo que a su vez suscitó reacciones internas que desembocaron en procedimientos disciplinarios.
Todo ello se enconó con los meses hasta la inscripción en el registro de partidos de Eusko Alkartasuna y su concurrencia a las elecciones autonómicas de 1986 con el ya exlehendakari como cabeza de cartel. La crisis afectó electoralmente al PNV en los comicios generales que se celebraron aquel mismo año. Aunque los liderados por Ardanza ganaron en votos (271.208), perdieron en escaños (17 obtuvieron frente a los 19 del PSE de Txiki Benegas). EA se estrenaría con 181.175 papeletas y 13 parlamentarios, los mismos asientos que Herri Batasuna.
Circuló el relato de que Garaikoetxea era una persona difícil, imposible. Una persona poco fiable en cuanto a sus designios políticos, renuente a los acuerdos. Una persona tendente a un protagonismo excesivo. Retrato que él no pareció dispuesto a desmentir en ningún momento. Como cuando trascendió que el propio Rey hizo saber a Xabier Arzalluz que a la democracia y a Euskadi les interesaba cambiar de lehendakari. Mientras el Ejecutivo central de Felipe González daba largas al proceso de transferencias a cuenta de la inestabilidad que proyectaba la crisis entre los jeltzales, y Benegas estrechaba lazos con el presidente del EBB.
Catorce años después de aquella ruptura, en 1999, EA decidió concurrir con el PNV a los comicios locales y forales. Fórmula que repetiría tanto en las municipales y forales de 2003 como en las autonómicas de 2001 y las de 2005. EA no hubiera podido obtener en solitario los cargos públicos que logró junto al PNV.
Pero la dilución consiguiente de la marca abocaba a la disyuntiva de afrontar o no la convergencia con el partido matriz de hacía veinte años atrás. Un supuesto inasumible para Garaikoetxea. Tanto que resultaba difícil planteárselo en una conversación más o menos formal. A pesar de que tal salida pudiera contar con el favor de miembros de EA que no dudaron en situarse del lado del lehendakari en el primer minuto de la crisis. La resistencia a explorar una eventual confluencia con el PNV facilitó el viraje hacia una alianza con la izquierda abertzale impulsada especialmente por quienes nunca pertenecieron al PNV. A esas alturas Carlos Garaikoetxea no podía impedir que las vicisitudes de ‘su’ partido dieran lugar a una crisis interna judicializada durante años, mientras él desaparecía de escena.
La decisión del EBB de prescindir de Iñigo Urkullu como candidato a la reelección en la presidencia del Gobierno vasco y, meses más tarde, la obligada retirada de quien urdió aquella renovación, Andoni Ortuzar, de la carrera lanzada en el PNV para hacer lo propio en su presidencia acabó con un mito. El mito de que el PNV había aprendido tanto de lo que vino tras el relevo de Garaikoetxea como lehendakari, que nunca más se daría nada semejante. El mito era la presunción de que nunca más una crisis interna debía ser retransmitida en abierto.
Exiliado de los batzokis
Arzalluz cogió al vuelo media frase de José Antonio Ardanza, sugiriéndole que prefería no seguir de lehendakari, para apearlo y sustituirlo por Juan José Ibarretxe. El propio Arzalluz había anunciado que lo dejaba cuando los ‘jobubis’ -jóvenes burukides vizcaínos- decidieron quitárselo del todo de encima dándole un empujón cuando ya salía por la puerta. También Ibarretxe se volvió pesado para un PNV que reclamaba cintura. Pero nadie en la política vasca posterior a la Transición ha experimentado un exilio interior tan prolongado y tan en primera persona como el que vivió Garaikoetxea.
Exiliado de los batzokis diez años antes de que se inaugurara Sabin Etxea. Exiliado de una Ajuria Enea que estrenó él. Exiliado de Eusko Alkartasuna, el partido que llevaba su apellido en tanto que líder indiscutible de «los heterodoxos del PNV», mientras pedía infructuosamente que EH Bildu no se convirtiera en el proyecto de «la izquierda abertzale histórica». Hasta que en junio de 2025 el lehendakari Imanol Pradales decidió homenajearle, calificando a Garaikoetxea de «extraordinario arquitecto de Euskadi» en un acto que resultó «entrañable» para el agasajado. Aunque luego no tuvo más remedio que regresar a su exilio interior.