Eladio Paz no es un jubilado de los que se quedan sentados viendo pasar los días desde el balcón. A sus 72 años, este veterano ciclista pontevedrés ha vuelto a calzarse las zapatillas para enfrentarse a una proeza que asusta solo con escucharla: 4.000 kilómetros a través de África hasta Pontevedra en apenas un mes. Como toda buena historia que se precie, el inicio de su viaje por tierras marroquíes ha tenido de todo, desde cumbres que rozan el cielo hasta tertulias improvisadas a pie de obra mientras se pica la montaña.

Sus primeras crónicas desde el otro lado del Estrecho dibujan a un Eladio fiel a su estilo, que valora el esfuerzo de siempre y la sencillez de los caminos menos transitados. Apenas a cien kilómetros de Marrakech, el lerezano ya dejaba ver la cara más auténtica de su periplo. 

Entre señales de tráfico que brillan por su ausencia, una cafetera en furgoneta y una botella pequeña de butano se han convertido en sus mejores aliados para el descanso. No hay nada como un café caliente al lado de un lago para recordar por qué uno se mete en estos líos de proporciones épicas. Sin embargo, no todo es calma y contemplación, pues el terreno no regala ni un solo metro.

Las desesperantes obras en carreteras interminables

Las carreteras marroquíes, inmersas en obras interminables durante decenas de kilómetros, le obligaron a echar pie a tierra y cargarse de paciencia. «Hicimos hasta tertulia«, comenta con naturalidad al referirse a las esperas de casi una hora parado mientras las máquinas trabajaban en la ladera para abrir paso. Es en esa pausa obligada donde Eladio encuentra la esencia del viaje, charlando con otros viajeros. 

Pero la aventura también tiene su vertiente más cruda. El ciclista no se corta al admitir que la economía del país a veces se traduce en noches complicadas, reconociendo que «a veces valía la pena pagar más porque ayer dormí en un sitio que, desde luego, distaba mucho de ser un alojamiento confortable».

El reto físico ya ha enseñado los dientes en el macizo del Atlas. Eladio ha logrado coronar los 2.100 metros de altitud, dejando atrás el tramo más duro de la cordillera para enfilar el rumbo hacia el sur. Ya muy cerca de Tan-Tan y con la mirada fija en su meta en El Aaiún, el viento le da un respiro al soplar a favor por el momento.

Él sabe, perro viejo en estas lides, que en cuanto le toque subir de nuevo las rachas vendrán de frente. Es la lucha eterna del hombre contra los elementos, un guion que Eladio Paz escribe cada día con el sudor de su frente y la fuerza de sus piernas. Pero el desafío continúa.